IGNACIO URIARTE: TIPOLOGÍA DE DIBUJO ESCULTÓRICO
GALERÍA NOGUERAS BLANCHARD: 21/01/17-18/03/17
Del trabajo de Ignacio Uriarte ya hemos dado cuenta en este blog y, hemos
de decir, que siempre nos ha interesado. No obstante, he de reconocer que
cuando supe de su nueva exposición dudé bastante: extrapolando al común de los
mortales la poca imaginación que tengo, dudaba de que el nuevo trabajo de
Uriarte pudiera encandilarme. La razón es que –y entono aquí el mea culpa– uno
siempre tiende a cerrar tras de sí una fina capa de seguridad con la que emitir
juicios tan solventes y rápidos como el mundo actual requiere de nosotros.
Vista la presente exposición, solo podemos decir que Uriarte ha hecho, como
suele decirse, de la necesidad virtud. La senda por él inaugurada, saluda con
éxito por muchos, era tan proclive al aplauso como difícil de sortear el escaso
recorrido temático que parecía tener. Y es que, por mucha novedad y aire fresco
que trajese, el aburrido mundo de la oficina no podía surtir eternamente a una
práctica artística que no puede eludir la toma de riesgos.
Digo todo esto, obviamente,
porque sus nuevos trabajos, sin como suele decirse un tanto místicamente
traicionarse, remontan el vuelo en un horizonte
que uno imaginaba cerrado. Sin dejar de ser fiel a la aparente simpleza
de sus propuestas ni al reducido espectro de estrategias y material utilizado,
Uriarte reactualiza su trabajo para ofrecernos obras más meditadas, más
concentradas en el legado heredado, enfatizando más su carácter de obra de
arte, más atentas a las preocupaciones estéticamente formales de su trabajo.
Sin dejar de utilizar
sus dos únicos medios materiales –el bolígrafo y el folio en blanco– el display
de estrategias dispuestas en esta nueva exposición dan cuenta de una honda
preocupación por el devenir estético de la propia obra. El gesto en el trazo y
la velocidad imprimida van creando una malla de sentido, una tupida red de
diferencias y repeticiones a partir de los conceptos de lleno y vacío, que crean espectros
tridimensionales donde prima el carácter escultórico y donde, sobre todo, es el
juego entre visibilidad e invisibilidad, entre marca y huella, lo que sustenta
la lógica representativa empleada.
En un mundo saturado
por una hipervisibilidad esférica que no deja espacio de sombra alguno, la
simpleza programática de Uriarte nos enfrentan con nuestros más primarios
monstruos: si para algo seguimos necesitando del arte es para crear el
sortilegio de que aún quedan espacios en blanco que recorrer, que aún guardamos
la posibilidad de un desfase entre la mirada administrada que lo ve todo y una
mirada estética preocupada en generar antagonismos y vibraciones, puntos de
fricción donde se muestre que todo ver descansa en una capacidad que hay que
mantener pese a todo: la de no-ver.
Como resultado, de su
trabajo emana una sensación misteriosa, una lógica inaudita donde la nada y el
vacío protagonizan el gesto inaprensible de la representación. Y ello, sin
emplear fuerza alguna, dejando todo aparentemente en el más desconcertante de
los azares y de las aleatoriedades, sin imposición de registros ni de códigos. Y
es que la ausencia tiene esa característica: que solo cabe ser mostrada en la
falta de finalidad inferida de la presencia despótica de la tinta, del dibujo
del trazo, del gesto repetitivo.
En suma, y para no
reiterarnos en una conceptología incapaz de dar cuanta de todo el potencial
perceptivo que solo puede ser vivenciado en directo, bien podemos decir que
aunque Uriarte podía haber hecho horas extra, ha preferido salir de la oficina
y, sin dejar de ser él mismo, eso le ha sentado muy bien. Y a quién no,
podríamos irónicamente preguntarnos. Pero no es tan fácil: ante el riesgo ante
una tarde sin nada que hacer, hay quien opta por llevarse el trabajo a casa.
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