miércoles, 8 de enero de 2014

EL GRECO Y CERVANTES: UNIDOS EN EL DESAFUERO (O LA EFEMÉRIDE INFINITA COMO COLAPSO ARTÍSTICO)

                                          La Cospe, la Fundación Greco 2014 y el grupo García Baquero.  

EL GRECO 2014: IV CENTENARIO MUERTE DE EL GRECO
EL QUIJOTE 2015: IV CENTENARIO PUBLICACIÓN 2º PARTE DE ‘EL QUIJOTE’.
TOLEDO, CASTILLA LA MANCHA (2014-2015)
Durante los próximos dos años la actividad cultural en Castilla La Mancha (y en concreto en Toledo) estará focalizada en dos conmemoraciones: 400 años de al muerte de EL Greco, y 400 años de la publicación de la segunda parte de 'El Quijote'. Desde los diferentes gobiernos regionales se repite las mismas claves de éxito para la región de Castilla La Mancha. Pero, ¿tiene esto algo que ver con el arte o es más bien su propio reverso y olvido? 

 
            I – Sobre el arte y la política

Es curioso que al tiempo que el hastío y la mediocridad arrasan parcelas enteras de arte y cultura, es mentar cualquier tufillo aristocrático y las hostias te caen de todas partes. Conclusión obvia: esperamos la nada, pero todos juntitos. El momento de la liquidación total se acerca pero ni moverse. Es decir: hacemos que creemos en que la salvación será un acontecimiento que saldrá cualquier día en el Telediario de las 3, pero el pánico a no salir con nuestro mejor perfil en la foto nos invita a jodernos cada uno en nuestro sofá, y chitón.
Vivimos de pleno en la era de los grandes dispositivos tecnológicos de la cultura de masas y, a pesar del esfuerzo de muchos (entre los que, he de decir, tímidamente me encuentro), todavía coqueteamos con una candorosa inocencia de que “our time is gonna come” cuando, a decir verdad, el tiempo, desde hace ya un buen rato, ha mutado el decir rememorante que circunvale al Ereignis, por el devenir mero simulacro fetichista instalándose a tiempo completo en la hiperpresencia de ser, él también, él más que ni ningún otro –el tiempo–, nuestra mercancía favorita.
Como bien se podía esperar, el trocar el sentido de comunidad amparado en el “sentido común” kantiano por la construcción de un nuevo sujeto histórico, la masa, no ha deparado siquiera un quantum de esa emancipación que tan fastuosamente prometía. El futuro, de tan tenerlo pegado a nuestra piel, no termina de llegar nunca. Es decir, las posibilidades se cuentan por derrotas y ya, aunque estemos a principio de año y tal y tal, el fracaso es nuestro único pathos mínimamente digno.
            Incluso: hemos descubierto la trama pero, instalados en nuestro bien aquilatado cinismo, nos creemos a pies juntillas el papel que nos ha tocado representar. Así pues, la masa, ese constructo fascista que todavía es digno de veneración: y es que, aún en el voyeurismo ególatro de nuestras redes sociales, la conducta es tribal y mancomunada, automatizada según los dictados de la progresía más infame.
Por mucho desasosiego que nos cause las conclusiones de la Escuela de Frankfurt, no hemos hecho sino embellecerlas para nuestros intereses. Dígase “hay esperanza, pero no para nosotros”, y en la ilación del ‘pero’, en la fractura de la continuidad de sentido que remarca ese ‘pero’, se ha instalado la intelligentsia del cinismo postmoderno, el postureo de lo archisabido pero que, pese a todo, nos hemos de tragar como puños para no ser pasto del ninguneo. La segunda parte de la sentencia queda mascullada entre dientes, aplacada por la sorna bobalicona de quien sabe –como todos nosotros que o seguimos contemplando con amplia sonrisa de mameluco el espectáculo o tendremos que enfrentarnos a cara descubierta con ese ‘pero’.
Quiero decir: hay una fina pátina que separa las estrategias artísticas desde las vanguardias, y todos aquellos agenciamientos tecnológicos del capital que, ya en nuestra postmodernidad, se han instalado como dispositivos administrados de construcción de identidad. Tamaña impostura no la digo yo, sino que viene pensándose desde que el actualmente en “vías de canonización” Benjamin viese la articulación entre las vanguardias minoritarias y las masificadas mayorías. El dadaísmo le sirvió al bueno de Benjamin para sugerir que los movimientos de vanguardia son anticipaciones de lo que al cabo de unos pocos años serán grandes dispositivos tecnológicos de la cultura de masas.

                              Fundación El Greco 2014 debatiendo sus cosas.

Es en ese comprender el arte como magno laboratorio de administración de tecnología donde Benjamin estipula los dos productos históricos donde arte y capital se van a jugar el todo por el todo: la “estetización de la política” y la “politización del arte”.
La primera remite al diluirse de todo juego político en unas trazas culturales reaccionarias y un disolver todo el caudal crítico en la contemplación majestuosa del líder vía mediación de un dispositivo tecnológico a la altura de las circunstancias. Esta estetización es la voluntad de la masa de desearse a sí misma, de contemplarse cada vez más espectacularmente en el espejo ideológico del líder. En este estado de sincronía perfectamente administrada entre los estamentos regulativos del poder, la barbarie, el olvido de cuales sean las razones del otro, campa a sus anchas.
La segunda, por el contrario, remite a una devaluación de toda experiencia vital, de un ponerse al servicio de la política y, sobre todo, ponerse en el ínterin que crea la diferencia de la masa consigo misma (de la sociedad consigo misma) para administrar una ecualización de grado donde el pueblo, la comunidad, etc., sea impunemente asaeteada hasta su exterminio. La teoría de Rancière se sitúa aquí mismo: establecer en esa diferencia de la sociedad consigo misma una razón del otro, del que no forma parte de la masa y es expulsado, para sopesar las posibilidades de emancipación que todavía pudieran anidar en la práctica artística.
 Pero el mayor alto grado de perfección y abstracción en el leitmotiv del fin del arte inaugurado por Hegel tiene lugar aquí: en la eliminación de, precisamente, el enclave que mantenía al arte como depositario de una tradición comunal concreta. Sin comunidad, eliminado su régimen cultural aurático, solo caben dos posibilidades: o tirar para adelante esperando que el cambio de función en el arte fructifique y eche raíces en una sociedad sin sociedad, en una sociedad de los que no pertenecen ya a ninguna sociedad (Benjamin) o, bien por el contrario (aunque las consecuencias son bien parecidas), hacer palpable esta deshumanización del arte (Ortega), pensar la negatividad de un arte que ya está en su era posthistórica (Adorno), cantar la rememoriación de lo nunca todavía dicho (Heidegger).
Y, ¿qué pasa ahora? Pasa que somos los supervivientes de ambas formas de barbarie: la barbarie de quien diluye todo poso crítico en la construcción de una sociedad ante cuyo proyecto no cabe duda alguna, y la barbarie de quien se sabe ya desarraigado por completo, defenestrado a una deshumanización de su propio régimen vivencial. Y pasa que el arte debería ser, precisamente, eso: establecer las condiciones para una “humanidad obligada a vivir en un estadio de barbarie post-cultural” (José Luis Pardo), darnos a pensar nuestra propia existencia como enfangada a una culpa heredada, reflexionar sobre cómo llevar nuestra vida adelante en un escenario de desolación perpetua.
Pero lo que ocurre es que es ese pensar, el eminentemente es´teico, el que nos está vedado, el que se nos sitúa más acá siempre de esa tachadura de snrirdo que supone lo posthistórico. Entre la “estetización de la política” y la “politización del arte”, a medida que por una parte el arte simula recargarse de sobrecodificación llamada a llevar a cabo la emancipación radical de la humanidad, a medida que su obscenidad no duda en proclamarse la salvación a todos los males, por otra parte el arte no duda en servir de coartada a una juego político que sabe que todo ha de servirse en imágenes, que todo depende de márgenes y cuotas de visibilidad, y que ‘ser’ remite a ‘ser visto’. 
 Arte y política, arte y capital, coquetean obscenamente en un círculo viciosos cuya misión es incrementar el poder de exhibición, el poder de digresión sobre una nada que nos tiene cogido de donde más duele. Y es que, en el hecho de que nada adquiere relevancia si no es reflejado en los mass media, el espectáculo se torna la encarnación de la obscenidad: el espectáculo, epígono perfecto de la ilación entre capital y estética, entre imagen y poder, secuencia que nuestra última posibilidad es el cinismo. Desterrados, el sentido es siempre y en cada caso una tachadura, un borrón en el margen deconstructivo de un decir originario: pero es precisamente esa tachadura la que no soportamos y cuyo silencio somos capaces de comprar al mejor postor. Agonía por lo real se llama nuestra época: sabemos que lo real es un juego cavernosos sin final feliz alguno pero preferimos sobrellevar el engaño que elevar la voz y decir que el emperador está desnudo.

                  Y aquí el Senado aprobando que el Gobierno impulse la conmemoración.

En definitiva, arte y política se alían para llevar a efecto este trampantojo de la nada; arte y política se conjugan para crear el sortilegio perfecto: hacernos creer que nada todavía ha sucedido, que la historia sigue su progreso lineal ad infinitum y que aquí estamos nosotros para verlo todo en prime time. Arte y política crean la conjugación perfecta para seguir alimentando el señuelo de que aún estamos jugando a ser alguien, a ser civilizados y no unos barbaros pretenciosos condenados al latrocinio.
Arte y política se intercambian las cartas buscando solo una cosa: que nos sea imposible pensar nuestra actual situación de desposeídos. El arte y la política, entre ese juego de polaridades ensayado por Benjamin (donde, si por una parte, la estetización de la política hace viable la identificación con la masa en la búsqueda de un empeño común, por otra parte, la politización del arte fragmenta todo posible lazo común postulando una comunidad de los anónimos) ha encontrado la fórmula perfecta para seguir dándonos gato por liebre y, como ya hemos dicho, hacer inviable la única pregunta verdaderamente urgente: ¿qué narración es la que todavía nos une?, ¿cómo poder seguir refiriéndonos a un futuro común si el presente está ya a puntito de ser pasto de una deflagración implosiva que no dejará títere con cabeza?
Si el arte tiene alguna función en esta época nuestra del cinismo post es responder a estas preguntas; pero, sin embargo, arte y política se dan la mano para no solo dar la callada por respuesta sino para hacernos comulgar con ruedas de molino y ser adoctrinados no ya en el juego disensual estético, sino en la más ramplona ideología estética.

II – Sobre la necedad de nuestra época

Para tal fin, de un tiempo a esta parte, el calendario de efemérides se ha convertido en la regla de oro de cualquier politicastro del tres al cuarto con ganas de dar a sus conciudadanos su dosis necesaria de ideología estética; ideología muy necesaria para mantener a la ciudad, a la comarca, al municipio, a lo-que-sea, dentro de esa simulación espectral tan especial: el saberse observado por aquellos a los que les importamos un pito.
Arte y política, en un último movimiento genial, se alían con el capital para crear el acontecimiento estético por antonomasia, el acontecimiento capaz de remendar la desidia, la incultura y la más que manifiesta incapacidad de unos políticos para los que todo lo que suena a cultura debe ser llevado a cabo con arreglo a tener su cuota de Telediario: la efeméride, ese momento álgido donde, ahíto de cualquier vitalidad, se conjugan lso fantasmas del pasado para que hagan su enésimo cameo.   
El arte, renegando de sí mismo, se encuentra en la encrucijada de no ya solo no movilizar potencialidad futura alguna, sino de acartonar cosechas del pasado para ofrecerlas en refritos digeribles a una ciudadanía que confunde arte con cultura y que es capaz de cualquier cosa con tal de pasar una tarde de sábado fuera de casa. Reconocimiento, revalorización, traer a la memoria un legado que no hay que olvidar, saber de dónde venimos, etc, etc: el arte, simplemente, blasfemia contra sí mismo.  
El arte se traiciona a sí mismo y no solo no trata de responder acerca de la situación actual de nuestro existir, sino que acalla cualquier posibilidad de que la pregunta emerja travistiéndose de acontecimiento circense, de bien de interés incluso supranacional (todo depende del grado de subvenciones que logre atesorar entre los mercachifles de la cosa cultureta). El arte le hace la corte a sus propios enemigos esperando, quizá, el momento salvífico de que del arte, por fin, ya no quede nada. 
En los próximo dos años la cosa cultural en Castilla la Mancha va a dar mucho juego: es decir, a pesar de tener un nivel cultural que si no es infame es solo porque es –simplemente- inexistente, los políticos, la Cospe & Cía, van a salir mucho en los medios en relación a esta cosa llamada arte. ¿Qué como puede ser eso? Porque aprovechando que El Greco murió hace 400 años y que ‘El Quijote’, la segunda parte, fue publicado hace también 400 años, la cosa se les ha puesto que ni pintada para, con bombo y platillo, anunciar dos ‘eventos culturales’ de esos que tanto molan: que pongan a la región en el mapa, que muchos turistas despistados se dejen caer y que, como no, ayude al despegue económico. Miel sobre hojuelas y el arte, mientras tanto, encantado de haber encontrado compañeros de viaje tan animosos como estos.
 Se me dirá, claro está, que tales fastos no tienen que ver con el arte en sí mismo y que, aún a las malas, es positivo cuotas de visibilidad aunque sea para sacar de paseo a figuras tan ‘desconocidas’ como Cervantes y El Greco. Niego, con rotundidad, ambas. También se me dirá que para progresar es necesario un diálogo incesante con la tradición, no solo para saber de dónde venimos ni para el archisabido ‘no repetirnos’, sino para captar con toda la intensionalidad posible el momento presente. También lo niego, por supuesto.
Y es que tales fastos tiene por misión justo lo contrario: objetivar el pasado, encasillarlo, dárnoslo digerido para que no tengamos que preocuparnos más por él y poder poner la vista, cada día con mayor desfachatez y nihilidad, en el ‘esplendoroso’ futuro que tenemos. Es decir, tales fastos sirven para hacer papilla nuestra existencia y que puede ser efecto de una recanalización según los intereses más en boga: los del capital.
Así pues, El Greco y Cervantes se unen para celebrar la desidia de una región dejada de la mano de Dios, para celebrar como, aquí como en todas partes, la única tabla de salvación para el arte es aunarse con el capital y crear estas parques de atracciones temáticos; El Greco y Cervantes son celebrados precisamente para, al momento siguiente, volver a ser enterrados en sus respectivas tumbas y no acordarnos más de ellos durante los próximos cien años; para, en un par de tardes, en una si me apuran, darles por sabidos, por comprendidos, por asimilados. Y, sobre todo, son celebrados para que el arte siga incomprendido, secuestrado en manos de estos políticos y de, todo hay que decirlo, una ciudadanía que no quiere despertar de su placentero sueño: seguir creyendo que seguimos teniendo algo en común y que los políticos son los encargados de hacer efectivo ese futuro común que tenemos entre las manos.
Porque, insisto y ya acabo, no hay mentira y falsedad más atroz que seguir creyendo ese patrón del régimen decimonónico: ni hay comunidad alguna ni destino común que libremso juntos; y, por ende, no hay político capaz de aunar en torno a sí poder alguno. Si el régimen democrático se afana una y otra vez por seguir manteniendo viva la ilusión es cosa suya. Pero el arte, de seguir existiendo, solo puede orientar su praxis hacia una meta: hacer pertinente la pregunta silenciada: ¿qué narración traernos entre manos para seguir haciendo comunidad?
Cervantes y El Greco seguro tienen aún muchas cosas que contarnos y decirnos, hoy y dentro de otros cien años. Pero ninguna de esas cosas serán dichas por las preguntas que se les hagan dentro de aquelarres festivos como los que inundaran Castilla la Mancha durante los próximos dos años. Preguntar al arte desde el arte es, quizá, la pregunta más urgente: aquella precisamente que sigue no solo olvidada, sino imposible de hacerse por mor de una equívoca comprensión del arte y, por supuesto, de nuestra tradición y de nosotros mismos

lunes, 30 de diciembre de 2013

LAS DIEZ MEJORES EXPOSICIONES DEL 2013


                                             Slater Bradley, She was my La jetée

          No, no se puede decir que este haya sido un buen año para el galerismo madrileño. El arte está de capa caída y, por mucho que nos esforcemos, la cosa pinta chunga. Movimientos los ha habido. Y cosas muy destacables, también. Trazar siquiera un boceto de aproximación a lo que ha dado de sí este año 2013 es harto complejo; pero como uno de los pasatiempos preferidos de estos días es el elaborar listas de toda clase y condición, nosotros, para sumarnos al espíritu de celebración de estos días y no quedar de rancios, haremos lo que toca.
Pero antes, un somero repaso general al estado de la cuestión. ¿Qué cuestión? La del arte en las galerías madrileñas. ¿Qué estado? En la UVI: entre la situación generalizada de pánico por esto de la crisis y el desprecio supino del ciudadano medio, los expertos oficiales en el trinque (es decir, los políticos) no han convenido otra acción más dinamizadora que subir el IVA a la cosa cultural hasta límites obscenos.
Efecto concomitante de este estado de calamidad perpetuo ha sido el repliegue del sector galerístico en una calle: doctor Fourquet, al ladito del MNCARS, como buscando protección del fuerte de la clase. Como si todo fuese cuestión de gritar al unísono el no nos moverán, entre las que estaban, las que han abierto plaza, y las que han trasladado su sede, el DF se ha convertido en el escaparate galerístico de Madrid. Claro que, como todo tiene en su mismo reverso su propia perdición, el DF puede morir, precisamente, de éxito: el convertir la calle en algo parecido a un parque de atracciones artístico puede tener buenos réditos en un primer momento, pero puede no ser más que un parche del que no saber cómo salir. Pero en fin, por el momento, y como todo va de copar cuotas de visibilidad, la idea puede funcionar. 
Mismos intentos de presencia bruta en los medios son el Jugada a 3 bandas, el Apertura y –me da que lo principal– el aprovechar la semana de ARCO todo lo que se pueda. Los tres eventos, como años anteriores, muy bien traídos y pensados. Y poco más. La fusión de José Robles y Raquel Ponce lo más interesante y esperanzador del panorama. Ah, y según he leído por ahí la más que inminente reapertura de Oliva Arauna. ¡¡Esperemos sea cierto!!

                                              Laida Lertxundi, Ladscape Plus


A todo esto, curioso la proliferación de ferias. Curioso y, si cabe, inexplicable. Yo, por lo menos, no lo logro pillar del todo. Ya no solo ARCO (obvio) ni su hermano pequeña, JustMad. Ahora es que están también, y seguro me dejo alguna, Summa Fair, Casa//Arte, artMadrid y Room Art Fair. Si están es porque hay mercado, digo yo… ¡Ah! Que no se me olvide una estupenda exposición que surgió a colación de ARCO: Dúplex. Aquí les dejo la crítica por si se les escapó.  
Dicho lo cual: al lío. ¿Qué hemos podido ver en este año? Estando como estamos en época de vacas flacas grandes “locuras” no hemos visto, la verdad sea dicha. Quizá la exposición más comentada haya sido la de Sierra y Galindo en Helga de Alvear, “Los encargados”, pero cómo no nos convenció no la hemos incluido entre las diez mejore. Sierra también repitió en Ivory Press con una acción interesante: “El trabajo es la dictadura”.
Por lo demás, y empezando por la cosa patria, reseñemos por ejemplo una soberbia exposición de Juan del Junco en Magda Belloti; Maisterravalbuena facturó tres expos de primer nivel: Regina de Miguel, Antonio Ballester, Nestor Sanmiguel Diest; Enrique Radigales en The Goma; Louis 21 inauguró su sede madrileña con una jovencísima Bel Fullana; Moisés Pérez Albeniz tuvo a un mediocre –pero aún así interesante- Antoni Muntadas y a un muy buen escultor, Ángel Bados; Max Estrella a Aitor Ortiz  y Jorge Perianes; Travesia 4 cumplió con la de Juan de Sande a principios de año; Juana de Aizpuru tuvo a Montserrat Soto (no nos convenció del todo) y Helga de Alvear a Prudencio Irazabal.
También interesantes, Casado Santapau con los últimos trabajos de Alain Urrutia; Lucía Vallejo y Iñaki Gracenea en Distrito 4; García Galería con una muy inteligente propuesta de David Mutiloa; y en Fúcares la exposición de Lluís Hortalà. No olvidar la propuesta Emerge’12 en Rafael Pérez Hernando.

                                                Pablo Valbuena, Crono-grafía

Artistas extranjeros, y que me hayan podido interesar, no muchos, la verdad. Quizá el que más (exceptuando el top ten) haya sido la expo de Nicolás Guagnini en Marta Cervera y Marine Hugonnier en Nogueras Blanchard. Ésta galería también acertó con uno de los grandes: el argentino Leandro Erlich y su ‘jardín perdido’. Señalar también en Fúcares al fotógrafo Vincenzo Castella, en la remozada (premio al despropósito del año) La Fábrica a Nobuyoshi Araki, a Sandra Gamarra en Juana de Aizpuru, Dánica Phelps en Nieves Fernández y Luis Camnitzer en Parra & Romero.
También de justicia acordarnos de dos exposiciones comisariadas para el Jugada a 3 bandas: el proyecto Werker Sweatshop de Marc Roig Blesa y Rogier Delfos en García Galería, y las “Tecnologías de lo sublime” en Cámara Oscura.
Y ahora sí, lo que todos estabais esperando: las 10 mejores exposiciones de este año. Más o menos están d emejor a menos mejor…pero solo más  menos:


     1- SLATER BRADLEY (Helga de Alvear)  

     2- LAIDA LERTXUNDI (Marta Cervera)   

     3- PABLO VALBUENA (Max Estrella)   

      4- KARMELO BERMEJO (Maisterravalbuena) 
        http://www.blogearte.com/2013/03/karmelo-bermejo-dialectica-del-fracaso.html


      5- ANTONIO ROVALDI (The Goma) 

      6- ALEJANDRO CESARCO (Parra & Romero)  
 
      7- Soportes(s) de resistencia (Magda Belloti) comisariada por María Antonia De Castro          

      8 MAÍLLO (Ponce+Robles)
 
      9 SECUNDINO HERNÁNDEZ (Heinrich ehrhardt)

     10 ALICIA FRAMIS (Juana de Aizpuru) 
  


De regalo les dejo el top 10 de años pasados, para que vean y comparen.
Año 2009: http://blogeartemadrid.blogspot.com/search?updated-min=2009-01-01T00:00:00%2B01:00&updated-max=2010-01-01T00:00:00%2B01:00&max-results=50

Cinco añitos y parece que fue ayer.... 

sábado, 28 de diciembre de 2013

BRIAN ENO O LA BROMA INFINITA

  
BRIAN ENO: 77 MILLION PAINTINGS
SALA ALCALÁ 31: 18/12/13-30/03/14

Cuando en 1976, en la célebre entrevista post-mortem del “Der Spiegel”, Heidegger acaba su legado filosófico bajo el famoso epígrafe de que “solo un Dios puede salvarnos todavía”, no creo que siquiera intuyese lo negro que se iba a poner todo. Pero, claro está, una vueltecita por esta inmensa broma y, sin duda alguna, se le iban a caer los palos del sombrajo. Me le imagino sentado en unos de eso sillones y, creo sin duda, que el epitafio sería bien diferente: “esto ya no lo salva ni Dios”.  
Esa debe de ser la “experiencia única e irrepetible” que la publicidad promocional de la obra promete: el ser testigo de cómo el arte ha encallado en su propia nadería y no ofrece sino su negatividad más esencial. Y es que uno, nada más salir de contemplar esta manifiesta insustancialidad, solo puede pensar una cosa: que a peor, desde luego, no podemos ir. Es tanta la estupidez que se concentra en una única sala de exposiciones que, espectadores atónitos de una broma infinita, apenas atinamos a balbucear algo con un mínimo de sensatez.
Para quien no sepa de qué va la cosa aquí les dejo un resumen: hay 12 monitores de pantalla plana, hay un sonido ambiente (relajante, atmosférico), hay sillones a ambos lados de un pasillo central donde sentarse y “dejarse llevar”, hay –casi junto a las pantallas– un montoncito como de arena que funciona, pensamos, como burda metáfora del tiempo, y hay –en fin– un software generativo a base de algoritmos que va combinando aleatoriamente los –agárrense los machos– 300 elementos visuales y sonoros que el señor Eno ha ido creando en los últimos 25 años. Total y resumiendo: pónganse cómodos en sus butacones porque van a contemplar una obra que, para 7 millones de combinaciones, dura 400 años. Tal inmensidad hace que yo, que apenas aguanté cinco minutitos dentro, no pueda por menos que sentirme culpable.
El propio presidente de la Comunidad, el ínclito Ignacio Camacho, solo ha podido mascullar un inexpresivo "una exposición singular, (…), es algo que probablemente no hayamos tenido la oportunidad de ver anteriormente". Si lo hubiese dejado ahí, perfecto. Pero no, tuvo que apostillar que "la presencia de Brian Eno en Madrid representa un acontecimiento cultural de primer orden". Que Eno y sus secuaces hayan tomado el pelo a ciudades como México DF, Sidney, Venecia, Milán Abu Dhabi, Tokio, entre otras, no significa que aquí, que nos las vemos y deseamos para que el arte adquiera la significancia que merece, tengamos que también tragárnoslas como puños.


Pero, volviendo a una posible exégesis de esta obra imposible, he de decir, antes que nada, que nos merecemos lo que tenemos: nos merecemos aplaudir a quien aplaudimos. En un mundo donde la crítica es sin más arrojada a la papelera, somos caldo de cultivo para repetir poses ya aprendidas desde hace siglos y que ahora, enmarcadas desde el paradigma tecnológico que nos asola, saludamos como la quintaesencia de lo novedoso y a las que no dudamos ni un instante en catalogar como arte.
Dicho lo cual, solo nos cabe la seriedad de nuestros juicios y, si se me apura, su violencia. Lo que nos ofrece el bueno de Eno no es sino un refrito de aquel arte pretérito de las vidrieras góticas las cuales modificaban el haz lumínico según la luz que en ellas incidía, simulando así por analogía el entroncamiento humano con la divinidad. Y es que aunque mucho tiempo haya pasado desde entonces, la imagen sigue perteneciendo a esa misma ascendencia: la figurabilidad de la imagen es un misterio referido a una apertura en el campo de lo visible. El propio George Didi-Huberman lo dice mejor que yo: “figurar consiste no en reproducir o inventar figuras, sino en modificar unas figuras y, por lo tanto, en llevar el trabajo insistente de una desfiguración en lo visible”.
Lo que sí que ha cambiado es el sesgo de esa apertura que como indicio despierta y señala la imagen. Si antes estaba referida a servir de huellas de lo divino, ahora ha de estar llamada a operar –frente a la tiranía de lo visible siempre referido a un régimen escópico hegemónico– una interferencia, un desgarro en el propio tejido visible de lo que se nos ofrece. Es decir, la imagen ha de estar llamada a hacer operativo el síntoma: ahí donde lo simbolizado es puesto en crisis; el saber que, pese a la inmanencia actual de lo visible, existe siempre un point de capiton lacaniano que, aunque precario, evita el total desorden, la psicosis, el desanudamiento total de la realidad.


Así pues, toda imagen es un pensar el no-saber, es un discernimiento sobre la bisagra que modula las dos únicas posibilidades: o comprendemos y estamos en el mundo de lo visible, o no comprendemos y estamos en el mundo de lo invisible. Y si hoy en día la realidad no está sacramentada, sí que está construida según los dictados de una razón inhumana y dogmática: la imagen, su pensatividad, si bien ya no descansa en el matriz de relaciones renacentista, si que ha de ser referida a un mismo paradigma: la de correr el riesgo de lo impensable. Lo simbólico, aún en la inmanencia de la imagen-mercancía, todavía precede e inventa la realidad.
La obra de Brian Eno, por mucha estética generativa que nos trate de dorar la píldora, no es sino un ejercicio de anacronismo sin paliativo alguno. Es un tirar de tecnología para referirse a un mirar que no descubre nada nuevo sino que, más bien, se contenta ciñéndose a la lógica de la presentabilidad absoluta del hipercapital. Una imagen –siempre– es un acontecimiento, no un refrito computacional.
En la misma entrevista con la que hemos comenzado, Heidegger continúa: “todo funciona, esto es lo inquietante, que funcione y que el funcionamiento nos impele siempre a un mayor funcionamiento”. A esta misión de hiperfuncionamiento se suma, sin duda alguna, esta broma infinita de Eno: 400 años mirando justamente aquello que se nos da a la vista, un mirar desacramentado, despolitizado, acrítico, fungido con la praxis de esta aldea global, de esta panosfera donde todo se ve, donde todo funciona.
Tamaña sinvergonzonería no cabe.  

martes, 24 de diciembre de 2013

ARTE Y ABORTO: UNA (OTRA) POSIBILIDAD

               Paloma Checa ha escrito en a-Desk un muy interesante artículo donde, a colación de una “genial pieza” de Teresa Margolles, traza la pertinencia de que la mujer tenga derecho a interrumpir su embarazo cuando ella lo considere. Habiéndose producido mucho debate en torno a este tema, y al haber sido éste enfocado por la autora desde el arte, me he decidido a establecer, también desde el ámbito artístico, otra posibilidad. Sólo una posibilidad.
El artículo es, en sí mismo, perfecto; rezuma una lógica aplastante. Toda praxis no es sino una tirada de dados lanzada dentro de un marco legal cuyo fundamento no es otro que el que la propia sociedad se ha dispuesto como tal. De ahí que, muy pertinentemente dice la autora, toda mujer que a partir de unos meses desee abortar, no tendrá más que renegociar los límites fronterizos desde donde su praxis pueda ser considerada como lícita. Todo queda referido a una lucha por el marco, por el discurso capaz de enarbolar un específico ámbito de legalidad o de, en su defecto, ilegalidad.
El arte, como no, con ese cariz crítico-político con el que ha atravesado el final del siglo XX y lo que llevamos de XXI, se erige en dispositivo disensual respecto de ese status quo que, se mire por donde se mire, en cualquier época y lugar, no es sino una estructura de poder levantada sobre precisos valores de las clases hegemónicas. Arte y lucha van de la mano para reconfigurar, a su modo, el marco: para subvertir la legalidad desde el fundamento que supuestamente cada uno se arroga para sí.
Obviamente, para Paloma Checa –y para una inmensa mayoría, parece ser– es de lamentar que el juego legal, ahí donde los discursos se erigen por sí mismos en verdaderos, halla trazado una intersección con la esfera social –con la pluralidad de sensibilidades que conforman el procomún– de forma tal que se haya dejado fuera un buen número de casos que antes sí entraban dentro del subconjunto legalmente dispuesto para poder abortar.
Dicho lo cual, y bajo mi punto de vista, ¿cuánta teoría postestructuralista estamos dispuestos a tragarnos sin esfuerzo alguno? Lo digo más que nada porque tal paradigma se me antoja, en esta fase del capitalismo tardomoderno en que estamos, algo impotente e inane frente a la que se nos está cayendo encima. Es más: el comprender el espacio común como un entramado de juegos de lenguaje en busca de su efecto de poder correspondiente, el cifrar toda lucha en encuadrar el ámbito público dentro de un polvorín donde cada uno busca su mecha, no ha hecho sino dar sus frutos y ganancias…con cargo, eso sí, al propio capital.
Multiplicar los afectos, reproducir los efectos de reverberación de los discursos, desenmascarar cada valor como momento de máximo poder ideológico, no ha hecho –pienso yo, que puedo estar muy equivocado- sino realizarle el juego sucio a un capital que no sabía cómo entrar en ámbitos hasta entonces infranqueables. Me refiero, como espero pueda imaginarse fácilmente, a que una vez el capital moldeó a su antojo el mundo de la producción material de la existencia, tiró de lucha por el lenguaje, asumió la microfísica del poder para lanzarse a opinar también sobre la producción inmaterial de la existencia: el título igual no me ha quedado muy trasparente, pero aludo a ese ámbito privativo de la identidad, la intimidad cuartelaría de cada subjetividad.
Obviamente que dicha intimidad estaba anteriormente moldeada por unas ordenaciones morales que no dejaban resquicio alguno desde donde operar siquiera una mínima resistencia. Pero, siendo a mi juicio, insisto, más que clara la infiltración de las lógicas maquínicas del capital en la fracturación permisiva de lo social, no encuentro razón alguna por la cual esa posibilidad de trazar cada uno su jugada ganadora ha de ir parejo de una eficiente emancipación. Todavía estamos a la espera que la desublimación de un significante –sí, de esos patriarcales, eclesiales, etc- haya acarreado siquiera un mínimo efecto liberalizador.
Lo que quiero decir, y aunque quede muy mal decirlo: me parece que el efecto postestructural, de tanto que dura, se ha solapado definitivamente (de hecho siempre ha sido así, aunque al principio pudieran, eso sí, inferirse algunos desenmascaramientos más que interesantes) con un positivismo capitalista que tira por la calle del medio para sacarle todo el jugo necesario a esta refracción discursiva de disensos que poco, o más bien nada, tiene ya de disensual. 
“Los cuerpos de las mujeres –no solo las embarazadas– son en este caso ese campo de batalla”, dice de nuevo la autora. Totalmente de acuerdo. Todo cuerpo es un campo de lucha y de batalla, un recinto desde donde desplegar una praxis encaminada a hacer efectiva la libertad. Pero la pregunta creo debe ser (una vez aclarado que las ideas hegemónicas no son, ni directa ni aparentemente, las de la clase hegemónica; una vez que, a estas alturas del partido, tenemos más que serios indicios de que, después de toda praxis revolucionaria, resulta siempre que “el capital ya estaba allí”, dispuesto a ofrecernos la siguiente salida al mar): ¿de qué superación estamos hablando?
En la obra de Manuel Saiz que actualmente puede verse en el MNCARS (One True Art-16 respuestas a la pregunta qué es el arte), Renzo Martens a colación del libro “This is Not Art: Activism and other not-art” de Alana Jelineck, establece unas coordenadas muy concretas para el arte crítico, intentándose alejar del cliché de arte político. El ejemplo que pone es bien claro. Es bien sabido que petrolíferas como, por ejemplo, Shell, comete barbaridades en lugares cómo Nigeria; es también conocido que ese mismo petróleo es el que necesitamos no ya solo para nuestra vida diaria sino para acudir en vuelo a cualquier Bienal de las que colapsan el globo y donde, seguramente, existirá una obra “crítica” sobre el modelo de producción del petróleo. A poco que uno tome distancia, la burda broma sobre la que se cimienta el arte no hay por donde pillarla del putrefacto olor que expele.
¿Qué deberíamos hacer, dice Renzo Martens? Obviamente no dejar de ir a tal o cual Bienal, sino tener plena conciencia de donde ha de moverse la práctica artística y dejar de reflejar, repetir, las propias estructuras de dominación capitalista. En un régimen espectacular como el que vivimos, el capital goza como un enano de estas muestras “cariñosas” de denuncia que no hacen sino hacer de todo ámbito de crítica un modo de exhibición y de mercantilización.
Lo que expone Renzo Martens es que la práctica artística debe encaminarse no ha denunciar las formas deshumanizadas de producción, sino a evidenciar como cualquier forma de vida, sin ese petróleo Shell, está llamada al fracaso. Es decir, la práctica artística es la del fracaso: hacer evidente cómo, según los parámetros materiales y productivos desde los que nos movemos, no hay manera de escapar de nuestras vidas alienadas, que estamos de lleno circunscritas a las prácticas alienadoras que denunciamos y que, el simple hecho de denunciarlas, no nos saca de ningún atolladero sino que, más bien, nos remite a una mercantilización obscena de la protesta. Paradójicamente, es en esa experiencia del fracaso donde el arte se levanta un par de palmos de su inane capacidad disensual: no ya denunciando la praxis neoliberal sino haciendo visible nuestra oscura participación en todo el tinglado.
Dicho lo cual, de entre todas las interpretaciones a la pieza de Margolles, la única que a mi entender no replica las condiciones de violencia sobre las que se erige cualquier vida, sería la de que tal bloque de cemento evidencia no ya una violencia ideológica en concreto sino el hecho universal de que no podemos existir si no es en referencia a una –cual sea– forma de violencia, de la que nosotros, de una forma u otra, queramos o no queramos, participamos.
Solo así, sabiéndonos como participantes en el juego de la cosificación y alienación humanas, podemos tomar parte en la escena primigenia: no aquella que señala al culpable, sino que nos señala a nosotros mismos como lugar de la tragedia. Sólo así el otro se nos descubre no ya solo como un nódulo discursivo de poder sino como otro al que, simplemente, socorrer. El otro no es sobre quien ejercemos la denuncia de señalar la violencia que lo destina al silencio, sino que el otro es a quien dotar de palabra, de mi palabra, ya que el culpable siempre soy yo. Es decir, quiero decir, no hay márgenes para la inocencia. Desenmascarar un discurso como ideológico no conlleva en modo alguno emplazamiento para la emancipación. El arte es el dispositivo que hace aparecer mi subjetividad como participante en el juego de los intereses, que me descubre como isla a la deriva solo capaz de identidad desde un decir que, de una u otra manera, ningunea al otro, a quien sea en cada caso el otro.
Pero, y digo yo, ¿no ha sido el arte en la modernidad ese dispositivo desde el que dar la palabra a lo que no soy yo? Antes justo de matar a Dios, cuando ya gozaba de bastante mala salud, Kant realizó el bosquejo para una teoría del arte que, a mi modo de ver, todavía no ha sido superada. Destruida toda posible apelación a la trascendencia, el arte moderno seculariza la posibilidad íntima que alienta debajo de toda posibilidad de lenguaje: el ser capaces de referirnos a un mismo juicio de valor. El “sentido común” kantiano no es una figura retórica: es el eufemismo con el que llamar a la posibilidad de convenir una misma valoración, sean cuales sean los condicionantes. Es más: descubierto el sesgo ideológico con que Kant hacía referir esa posibilidad (el valorar era una capacidad del nuevo sujeto burgués), el arte muy pronto se vio en la necesidad no solo de establecer las condiciones para un mismo valorar intrasubjetivo, sino que también ese valorar había de ser despejado de cualquier incursión ideológica.
Si el arte existe, el arte tal y como lo conocemos aún, es porque de una u otra manera seguimos creyendo en la posibilidad de hallar un sustrato donde toda apelación al otro sea hecha sin interés alguno, sin mediación ideológica que lo cosifique. Thierry de Duve, en “Kant after Duchamp” lo dice bastante claramente: arte es la posibilidad de decirle a otro “esto es arte”.
Creo que seguir creyendo en el arte (cosa que, a las pruebas de nuestra realidad diaria, poca gente hace ya) es creer en la posibilidad de un decir previo incluso al sentido, un decir que nos señale a todos como seres humanos en nuestra insondable dignidad. Creo que esa es la única posibilidad de caer del otro lado del sentido y, por ende, superar la infranqueable frontera de las ideologías.
Así las cosas, creo también que el paradigma postestructuralista sobre el que descansa la casi totalidad de discursos emancipatorios no son otra cosa que una fractura impotente del procomún, llamada únicamente a establecer polos de discursividad con el suficiente poder de consenso para oponerse a una valoración hegemónica que, de tan diluida que está en la esfera común, hace ya imposible su efectiva confrontación.
La culpa es de Nietzsche, que nos dejo una labor a medio hacer y de la que no terminamos de ver la salida. Pensábamos que el superhombre ya estaba aquí, entre nosotros, que éramos nosotros mismos, y no nos descubrimos sino como decadentes ‘últimos hombres’ en busca de un sí afirmativo y dionisiaco a la vida imposible de realizar. Pensábamos que éramos sus más directos herederos y no vimos la trampa de que el nihilismo reactivo está aquí para quedarse. Pensábamos que con buscar dentro de nosotros la lógica afirmativa particular estaba todo hecho: mis intereses, con ser solo míos, remiten ad hoc a una esfera de emancipación de la que yo soy el único legislador y beneficiario. Pero el que no haya fundamentos ya sólidos no significa que no haya fundamentos: existe siempre un otro a quien la violencia ideológica impide afirmarse, impide crecer en voluntad de poder, impide decir sí. El drama está en que nosotros no somos nuestras propias fronteras. Formar parte del coro ditirámbico con el que celebrar dionisiacamente la vida no supone bailar según nuestro propio ritmo: nadie ha visto nunca un coro individual. El ‘amor fati’ no es sino salir a bailar nosotros y, sobre todo, sacar a bailar a otro: aquel que aún solo puede construir su identidad en relación a la máquina ideológica.
En definitiva, no terminamos de asentar el sentido en el sinsentido más que nada porque no encontramos salida ideológica alguna. La superación como disolución es una tarea que no se realiza solo con el martillo. No dejamos de estar enfermos de historia: todo discurso no hace sino reproducir hasta el infinito sus propias consignas.