Sé que soy injusto y que lo más seguro
es que me podría guardar ese comentario para mí solito. Me consta también del
esfuerzo que están realizando los galeristas para dinamizar un mercado
enterrado por lo menos ya hasta media altura. Y sé, porque no hay que ser un
lince, que la subida del IVA, junto con la falta de ventajas fiscales en la
compra de arte contemporáneo, puede terminar por mandar al hoyo al entramado
galerístico en un plazo más que corto.
También se, y sabemos, que los
ánimos están más que quemados y que todas las promesas que quisimos ver hará unos
cuantos años no hacen más que darse de bruces contra una realidad tan sabida y
resabida y que poco más me queda por decir.
Frente a esta situación de gameover
generalizado, es de aplaudir iniciativas como esta del pasado fin de semana de “Apertura”.
Ganar espacio, ganar en publicidad, concentrar para ser más fuertes, aunar esfuerzos
en pro de un beneficio común. Todo lo que tú quieras.
Parto de que es una iniciativa
del todo necesaria y que este texto no trata de diseccionar los efectos del
arte en el ciudadano medio –del desconocimiento a la ira en segundos- ni en reflexionar
acerca de las escasas playas de libertad que no están ya conquistadas por el entertainment
más burdo y por el ya más que incipiente capitalismo inmaterial que se nos
viene encima en nada de tiempo.
Todo esto lo sé y lo sabemos, y
desde aquí pocas veces hemos hecho una mala crítica de un artista novel, de una
galería que lucha por levantar el vuelo, o de una aventura incierta. Pero lo
cierto es que, igual es que fue coincidencia en la programación de las
galerías, pero yo me aburrí soberanamente. Y me dirán, y me diréis, ¿y a mí qué? Si la
situación es difícil, si hay que tener un ojo mirando al artista y otra mirando
al mercado, lo normal es que el riesgo sea mínimo. El riesgo y la aventura. Pasar
el trago, apretar el culo, y que pase esto cuanto antes.
Si ya. Pero estando aquí para lo
que estamos, no creo que pase nada si uno levanta la mano, y con mucha timidez,
dice que hacía tiempo que no se aburría tanto en las galerías. Y no se trata de
cargar las tintas, insisto, ni contra nada ni contra nadie. Es más, somos más que
conscientes que el esfuerzo es mucho. Quizá mi apunte valga solo para constatar
un hecho: que, una vez más, conocemos el problema pero ni idea de cuál es la
solución.
Gustarme solo me ha gustado la de
Jacobo Castellano en Fúcares (aunque me gusto mucho más la
de hace tres años), y la de Luis Úrculo
en la Galería Eva Ruíz (aunque lo
que de verdad me ha gustado ha sido la ampliación de la antigua Fernando Latorre). David Lamelas en Parra &
Romero y José Dávila en Travesía 4 pasen. Y no, no me gustan ni
Sicilia ni Goldblatt (al menos no en los trabajos presentados). Lo demás, en general,
va de lo hiperprevisible a lo trillado, de lo banal a lo singracia.
En fin, no es cuestión de
ponernos a divagar acerca de las razones. Se trata solo de una impresión, de un
dato “medioambiental”, de un extraño aire de familia, de la prueba –una más- de
que el arte se nos está escapando de las manos. Museos, bienales, galerías, etc:
y el tedio es mortal.
Y es que el arte -lo que resulte que sea el arte- funciona siempre igual: cuanto más reconcentrado, más muestra sus heridas de guerra, la idiosincrasia de su futilidad; cuanto más se le pide, menos da; cuanto más orgullosos estamos de él, más sonoras son sus carcajados. Y lo peor es que no sabemos ya que hacer con él, aunque nos gustaría matarlo.
