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martes, 11 de julio de 2017

DYLAN AND THE DEAD: TREINTA AÑOS DEL INICIO DEL PRINCIPIO DEL FINAL


“A veces oyes hablar del glamour de las giras (…) pero eso lo dejas atrás muy rápido. En muchos aspectos no es tan distinto de levantarse para ir a trabajar todas las mañanas. De todas formas, o eres un músico o no lo eres. Eso no se me ocurrió hasta que hicimos esos conciertos con los Grateful Dead. Si solo sales cada tres años más o menos, como lo hice yo durante un tiempo, pierdes el contacto. Si vas a ser un  intérprete, tienes que hacerlo con todas tus fuerzas”.
Dylan a Robert Hilburn de The Angeles Times, al acabar un concierto en 1991.

Antes de que Dylan ganase el Nobel o el Óscar, antes de que fuese reconocido con Legiones de Honor, Príncipes de Asturias u Honoris Causa, antes incluso de que diese comienzo su Never Ending Tour o que crease la joya Time Out of Mind, Dylan llegó, al menos por una noche, a no ser nada. Seguro que entra dentro del mito, pero dicen que viendo lo que Grateful Dead le tenía preparado para los ensayos previos a la minigira del 87, Dylan salió despavorido refugiándose en un local de jazz de San Rafael, California, donde un triste cantante de jazz cantaba sus tristes canciones.
            Todo parece que empezó en el verano del 86, en los backstages de los conciertos de Estados Unidos con Tom Petty. Allí Jerry García empezó a ser un asiduo, manteniendo largas conversaciones con Dylan acerca de música e influencias.  Ante la invitación del líder de los Dead a que se sumase a una gira que iban a hacer al verano siguiente Dylan debió de pensar que nada podía ir ya tan mal como para terminar de arruinar su carrera, lo poco que quedaba ya de futuro para una carrera que había pasado del todo a rozar la nada. Así pues, aceptó despidiéndose hasta nuevo aviso.
Y ha decir verdad que las cosas iban calamitosamente mal. Desde el 82 hasta aquel verano del 87 Dylan había estado parado, sin más giras que las seis semanas del tour del 84 (la primera vez que vino a España) y otra seis en el 86 con Petty en la gira True Confessions. Y lo cierto es que esos en total 88 conciertos era lo único que se podía salvar de discos tan flojos como Empire Burlesque o Knocked Out Loaded y de bolos tan aciagos como el del 13 de julio del 85 donde con medio planeta viendo el Live Aid Dylan salió a escena en estado comatoso con Ron Wood y Keith Richards en estado más comatoso aún. Entre medias, cosas tan aciagas como la película Hearts of fire solo podían hacer subrayar el declive.


            Pero lo cierto es que Dylan andaba buscando alguna conexión, algo que le hiciese rememorar las razones por las que se había dedicado a cantar durante tanto tiempo. Pero no las encontraba. Como noqueado, iba de aquí para allá buscando, como diría su amigo Ginsberg, una “primigenia conexión celestial con la estrellada dinamo de la maquinaria de la noche”. En la primavera de aquel año, al tiempo que daba forma al paupérrimo disco Down in the Groove, Dylan participó en varios bolos y en los discos de algunos otros como por ejemplo el Rattle and Hum de U2. Según comentó, en ellos veía esa conexión con una determinada música, unas mismas raíces. Pero por mucho que lo intentaba las ocasiones cada vez eran menos y el hundimiento era tan generalizado que, según el mismo confesó tiempo después, sintió que “había llegado, en cierta forma, al final del camino. Tenía pensado retirarme”.
Y es ahí cuando sin otro horizonte más allá que el ir progresivamente desconectándose de todo aquello que le había encumbrado, desafectándose de todo un enjambre de conexiones musicales y vitales que habían hecho de él un artista fundamental para entender la segunda mitad del siglo XX, Dylan recibe la llamada de García para sumarse a un par de conciertos de la mítica banda californiana. Y es ahí donde comienza una extraña jugada maestra del destino para volver a poner a Dylan en la senda de la carretera. Y esta vez para siempre.
Con la idea de ensayar un par de canciones, Dylan acude a la cita en el Club Front San Rafael sin mucha mayor perspectiva que el seguir dejándose ir. Pero, sin embargo, los Dead estaban deseosos de tocar todo el cancionero del de Minessota. Tanto las más conocidas como las menos, los himnos generacionales y las que mecían olvidadas en el fondo de cualquier disco. El impacto fue brutal: Dylan se encontraba tan alejado de sus propias canciones que no podía enfrentarse a ellas. “Si hubiese sabido esto al empezar, no hubiese cogido las fechas”, apunta en Chronicles. Así que, después de un primer conato de ensayo, decide marcharse sin darse muchas explicaciones.
Y es ahí, de acuerdo siempre con el halo mitológico que recubre la vida y obra de Dylan, que acede a la epifanía definitiva: un cantante canta, un intérprete interpreta canciones. No hay más. “(El cantante) estaba relajado pero cantaba con un poder natural. De repente y sin aviso, fue como si el tipo tuviese una ventana abierta a mi alma. Era como si estuviese diciendo ‘Deberías hacerlo de esta manera’. De repente, comprendí algo mucho más rápido de lo que nunca antes lo había hecho” (escribe en sus Chronicles). Es decir, no hay música más allá de su interpretación y esa fina y delgada línea que la une con un origen, con un compromiso, con una raíz; se canta, se interpreta porque hay una poderosa razón para hacerlo, un compromiso con ellas y contigo mismo, un lugar al que volver y que rememorar, una implicación entre personas, gestos, historias, lugares y tiempos.


En algunas ruedas de prensa dadas más tarde el propio Dylan relata lo sucedido pero sin entrar en demasiados detalles: “En la época de aquella gira ni siquiera podía cantar mis propias canciones”, para añadir que “tocar con los Dead me enseñó a mirar el interior de esas canciones que yo cantaba (…). Me costaba captar su significado, aunque a los Dead no”. Oyendo los conciertos y los ensayos bien puede decirse que no es del todo cierto o que la menos no es toda la verdad. Oyendo lo mal que sonaban, lo arrastrado del fraseo dylaniano, las entradas a destiempo y el dejar yéndose la canción como un globo desinflándose, no creemos que la razón del resurgir esté sin más en la fuerza entrópica y ligérsica de los Dead. Pero tampoco es mentira: los Grateful Dead, con su modo de operar como una gran familia y con unos seguidores fieles hasta el final, fue la escuela perfecta donde Dylan terminó de aprender todo lo que había desaprendido. Y de eso, como el propio Dylan ha apuntado varias veces, Jerry García tuvo mucha culpa: “para mí no fue solo un músico y un amigo; fue en realidad como un hermano mayor  que me enseñó y me mostró más que lo que él mismo llegó a saber”, declaró tras la muerte del carismático líder.  
Aunque la gira con los Dead fue un desastre (“fascinante por las expectativas que plantea y frustrante por la forma con que sigue perdiendo la marca”, decía la crónica de Rolling Stone con ocasión de la publicación del disco Dylan & The Dead) a partir de ahí todo cambió. Terminó en el otoño su gira con Tom Petty and the Heartbreakers y después llamó a su agente para que le programase una media de doscientos conciertos por año, dando comienzo a la Never Ending Tour. A partir de ahí Dylan se reencontró con sus canciones, siendo ahora capaz de cambiar el setlist de concierto en concierto, de modificar los arreglos de gira en gira, de sentirse, otra vez, cantante.
Pero la moraleja de esta historia no puede quedar aquí. La moraleja apunta a aquel que sin llenar estadios, sin ser famoso ni reconocido, sin ser saludado con los vítores de quien removió conciencias o cambió la música popular para siempre, lo sabía todo: ese viejo cantante de jazz que reveló a Dylan la verdad intrínseca al ser humano y al artista. Que no hay ídolos ni mitos, que simplemente cada uno debe hacer lo que debe hacer, que el mundo está hecho de compromisos y fidelidades, para consigo mismo y para demás. Que si se hace así no hay mucha diferencia entre aquel que coge todas las mañanas un autobús para ir a trabajar y aquel que coge otro autobús para llegar a la siguiente ciudad y cantar allí, en un estadio, polideportivo, festival, en las fiestas del condado o, como ha llegado a hacer Dylan, en la feria de ganado de la comarca. Es una verdad incómoda –pues nos sigue molando la fascinación del genio– pero es la única manera. En el cantante de jazz,  y no en Dylan, está la lección: que la vida trata de, hagamos lo que hagamos, “cargar”, de día en día, de ciudad en ciudad, con nuestra verdad. 

Pre-ensayos:
Ensayos


lunes, 23 de febrero de 2015

THE BASEMENT TAPES: BOB DYLAN REVELADO


El misterio, aunque conocido por todos, ha terminado por revelarse. Igual que Jesucristo es el único fundador de religiones que primero fundó la religión y después se marchó al desierto, Dylan hizo lo propio con la música. Primero la dio plenitud y, después, se retiró a ser tentado, a rumiar en silencio un descubrimiento que cambió para siempre la historia de la música popular.
Primero se reveló como el mesías y después, cuando hubo dado cuenta de a qué nos teníamos que convertir, se escondió, cuarenta días y cuarenta noches, en un desierto muy especial y muy concreto: Big Pink.
Allí, sin focos ni cámaras, sin necesidad alguna de cubrir expectativas, dio alas a su libertad. Una libertad que supera con mucho la pose pseudo adolescente del “hacer lo que le dio la gana”. Porque de ninguna manera fue así. Fue, si cabe, todo lo contrario: fue, una vez dicho todo lo que tenía que decir –¿cabe decir algo más que todo lo dicho en Blonde on Blonde?–, obedecer al mandato de la tradición, ese mandato que dicta que “lo que no es tradición es plagio”. Tuvo que hacerlo para descubrir todo el poso revelado, toda la profundidad de un mensaje que caló hasta los huesos. Tuvo que hacerlo para, en definitiva, conocerse y verse reflejado en su obra.
Tuvo que hacerlo porque, además, nadie le escuchaba, nadie le comprendía: de tanto ya dorarle la píldora, el mensaje dylaniano se estaba quedando hueco. Las rueda de prensa en la gira del 66 dan fe de esta involución que han sufrido todos los enviados: de tanto oírle, de tanta genta a la que llega y que le escucha, su mensaje era confundido o malinterpretado.


Tuvo que hacerlo para, en definitiva, hablarnos de otra manera: dejar que los otros hablasen por él. Peter, Paul and Mary, Manfred Mann, The Byrds, incluso The Band…. ¿de dónde provenía todo ese material firmado por el oculto Dylan, por un hombre que se le creía incluso muerto?  
 La tradición, decimos, obedecer la tradición. El folk, el blues, el country, el hilbilly, el bluegrass, … esa es la tradición de la música. Y si: son los Estados Unidos de Norteamérica. Todo lo que quede fuera de esa línea vertical que va de Texas a Detroit pasando por Lousiana, Mississippi, Memphis y Chicago nada tiene que ver con esta historia. 
                En una rueda de prensa de aquel mistérico 66 está la clave. Fue, creo, en París. Un periodista señala que los últimos discos no son tan buenos como los primeros. Dylan, anfetamínico perdido, pregunta quien ha dicho eso. Y, una vez descubierto el personaje. Dylan no se esconde: “pregúntale si es americano”. Ahí está la clave de toda su música. Y, sobre todo, la clave de la música de los siguientes tres años. La clave para entender el silencio de más de tres años, para entender discos como el John Wesley Harding, Nashville Skyline y, sobre todo, esa joya de la música llamada Selfportrait.
Y es que una cosa es que el público te señale como la voz de una generación y otra, bien distinta, ser un cantante a la altura de lo que los tiempos demandan. Y saber si sí o si no, si uno es una marioneta en manos del marketing o si es de veras el elegido, solo la puede dar el medirse con la tradición, con la fuente, con el origen. Porque la cuestión no es llegar a saber que la respuesta está en el viento, sino entablar con el pasado el diálogo necesario como para hacerse, continuamente, la pregunta.


En el núcleo, una paradoja: si Dylan se hizo famoso dando una respuesta, lo cierto es que lo suyo no es sino plantear una pregunta de todas las formas imaginables, una pregunta para la que, desde luego, no hay respuesta. Porque ser artista es eso: ser capaz de repetir una pregunta sin quedarse inamovible en cualquiera de las respuestas. Ser artista es reelaborar continuamente una pregunta que, por otra parte, ya está hecha desde el principio.
La pregunta que se hacían los esclavos negros recogiendo algodón día y noche, la pregunta que se hacían los vaqueros guiando ganado un mes detrás de otro, la pregunta que se hacían los habitantes de una américa profunda que no contaba para nada ni para nadie, … él simplemente la recoge para darle una nueva profundidad, para permitir que una nueva generación –desilusionada como todas– se uniese a la pregunta.
Pero en esa época, año 67 y siguientes, muchos creían tener no ya la pregunta sino la respuesta, pues, incluso, el propio Dylan se la había dado. Los Beatles tenían su respuesta –solo Harrison intuyó donde habita la verdad y estuvo en Big Pink varias semanas–, los Rolling Stones la suya. Todos y cada uno de los que fueron a Woodstock se unieron para dar una respuesta. Era una nueva época y había que estar juntos. Era, como decían los Who, “nuestra generación”.
Si Dylan no fue a Woodstock es, precisamente, por esto: para no ser malinterpretado de nuevo, para que su voz no se sumase a la de aquellos que estaban ahí simplemente para unirse al coro que grita al unísono una misma respuesta que, por no ser personal, por no nacer de una vida que ama la belleza de lo que hace, solo puede ser un grito de furia, quizá necesario, pero atrofiado desde el principio.


Dylan, en las sesiones del sótano de aquel verano del 67, hizo una labor de apostolado que llega hasta nuestros días para quien quiera oírle. El propio Robbie Robertson ha señalado que Bob, sobre todo al inicio de las sesiones, les estaba educando, enseñando a amar ese material que venía de esa encrucijada de caminos donde blues, folk y country serpentean creando un espectro músico-social casi inabarcable. Pero, ¿no es la carrera entera del bardo un intento de educar, de mostrar al ciudadano norteamericano la rica tradición que les une y vertebra? Sus programas de radio rescatando clásicos tradicionales del olvido, su último disco de versiones, no son sino guindas a un pastel que estará ahí durante un tiempo inmemorial.
Curioso que cuando ya las sesiones tocasen a su fin Woody Guthrie muriese; y curioso que la primera aparición post-mortem dylaniana fuese con ocasión de un concierto en su memoria. El hijo alabando al padre, guardando su memoria; el hijo dando cumplimiento a la revelación del padre y ampliando su sentido, el hijo haciéndose de nuevo presente como memorial del padre. Y, como al Hijo, la gente no lo comprendió; y, también como al Hijo, a Dylan ahora se le sigue casi en silencio, como pidiendo perdón por acoger semejante escándalo: el de un tipo que no sabe ni cantar ni tocar ni bailar, ni es guapo ni simpático, pero que, se cree –creemos–, tiene la verdad de su parte.

En definitiva, si a algún lugar habría que peregrinar para descubrir la verdad de la música moderna sería ahí, a Big Pink, West Saugerties, Nueva York, Estados Unidos de América. Y si algún disco tendría que ser oído para rescatar de la ignominia presente a una música que ha trascendido el espacio vital del Medio Oeste ese es sin duda The Basement Tapes. Oírlas, una y otra vez, es estar lo más cerca posible del misterio revelado. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

WILL BE TONIGHT THE LAST BOB DYLAN’S EVER CONCERT??



De acuerdo: no pensamos que se trate del último concierto. Y, también de acuerdo, no fue en el Royal Albert Hall donde sucedió todo. Pero, sucediendo que la confusión no ha hecho sino incrementar la mitología, lo de esta noche bien puede ser comprendido como el regreso de los dioses en busca de su fuego. Sí: Bob vuelve 47 años después al escenario donde no sucedió nada pero, al mismo tiempo, sucedió todo.
Porque, a decir verdad, fue un par de días antes (diez en concreto) cuando en Manchester, en el Free Trade Hall, y no en el Royal Albert Hall londinense, alguien llamó a Dylan Judas. Pero como la realidad no está hecha sino de girones de ficción debidamente recosidos para que no se noten mucho las costuras, lo mismo da que da lo mismo. Fue el 27 de mayo de 1966. Y punto.
La cosa (lo comprendemos) puede quedar en absoluta nimiedad para el común de los mortales. Pero para nosotros, los carcas, los que pensamos (y el tiempo nos ha dado la razón) que la música popular murió con Elvis, el asunto reviste la mayor importancia. Porque, de haber un sitio donde desease estar esta noche (y no solo esta noche sino que lo cambiaría de buen grado con cualquier acontecimiento de los próximos diez años sin pestañear) será en el, ahora sí, Royal Albert Hall.
Porque, otra vez, no pasará nada. Pero el ambiente estará electrificado. No solo una guitarra (que por cierto, ya casi no usa) sino todo el ambiente, toda la atmósfera. Y es que Bob vuelve para reclamar su cetro y para hacernos saber que la historia, y no solo Dios, siempre han estado de su lado. Sí: no pasará nada y, de nuevo, todo estará desarrollándose ante los ojos se esos pocos de miles que abarroten el recinto.


Pertenecer a una secta siempre es pernicioso para la salud, pero para los dylanitas es nuestra única razón de ser. Odiándole, existimos. Porque nadie ingresa en el selecto club de los dylanólogos si no se le odia un poco. Se le odia por no cantar un poco mejor o por no tocar la guitarra un poco mejor; se le odia por seguir dando giras o por no venir a nuestra ciudad con suficiente regularidad; se le odia por no cuidar un poco más sus discos; por dejar material difuminado en casetes que ahora estarán cogiendo polvo en cualquier desván o sótano; por dar conciertos tan terriblemente malos como (y cito solo dos de una lista casi infinita) el del Live Aid del 85 o el de Sevilla en el 91; por pasarse del folk al rock, y de este al country, y de este al gospel; por no ser un poco más cristiano y un poco menos judío o al revés o ninguna de las anteriores; por hacer patente su poca adhesión a los movimientos contraculturales de mediados de los 60; por no ser profeta de lo que se le exigía y por pretender serlo de lo que nadie le pedía; por no pasarse por Woodstock aunque solo hubiese sido para saludar cuando vivía a un par de kilómetros; por acudir a la Isla de Wight a enterrar definitivamente su apócrifo legado hippie; y por, en definitiva, dedicarse únicamente a tocar música norteamericana y ser capaz de –justo cuando estás a punto de desahuciarle y pasarte a las filas de Springsteen (esa máquina perfectamente engrasada pero incapaz)- trasportarte a lugares de tu mente que ni siquiera sabías que existían.
Cómo soñaban los jóvenes marxistas de entonces, hoy la historia acudirá fiel a su cita; porque, claro, no es ya solo que la historia pase siempre dos veces, una como tragedia y otra como farsa, sino que está construida por extrañas mitologías que, pese a oler para muchos a rancio, son lo único que nos queda. Y si el rock era algo, si significaba algo, era precisamente por establecer una escenificación de la rebeldía fuera de los cauces organizados encargados de dotar de visibilidad a aquello precisamente que convenía ser visto por la ciudadanía. Las caderas de Elvis, la obscenidad de Morrison, la guitarra chamuscada de Hendrix, el “judas” de Dylan, y un (no muy largo) etcétera, administraban los cauces para una nueva épica. Es decir: unos nuevos reguladores de la identidad, una cultura desligada de los resortes administrados del mainstream bien pensante, unas nuevas maneras de socialización, distribución y consumo alejados de aquello para lo que el capital, por aquella época, estaba programado.


Ya de eso poco o nada queda. Y, aún teniendo importancia en sí mismo, lo de hoy atiende a ser una de las pocas ocasiones en que el pasado y el presente se fusionan para verse las caras en persona. Cuando lo más aplaudido del panorama musical es una gatuna Miley Circus luchando a brazo partido por ser más escandalosamente soez que cualquier otro (sobre todo, hay que decirlo, cualquier otra), a uno se le cae una lagrimita cuando no hace mucho la música –lejos de los shares y de las MTV- hacía historia, pero historia de verdad y con mayúsculas.
Hoy, en definitiva, el poeta de la canción regresa para hacernos saber que por mucho que nos conquisten, solo queda la conciencia clara de lo que él mismo dice aprendió a finales de los 80, justo cuando después de otra calamitosa gira (esta vez con The Grateful Dead) estuviera a punto de tirar la toalla: que un cantante, simplemente, canta canciones.
Y sí, en cierta manera no estaría mal que estos tres conciertos en el Royal Albert Hall fuesen los últimos. Quizá así nos aseguraríamso que el fuego sigue encendido. ¡¡Pero seguro (al menos eso esperamos) que nos traicionará de nuevo!!