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lunes, 27 de febrero de 2017

ANDRÉ ROMÃO: UN NUEVO AMANECER


ANDRÉ ROMÃO: SUNRISE
GARCÍA GALERÍA: 21/01/17-25/03/17
(texto original publicado en 'arte10': http://www.arte10.com/noticias/Andre-Romao.html)

Si las piedras hablasen: puede parecer algo obvio, pero si de dar una impresión general del trabajo de André Romão (Lisboa, 1984) se trata, sin duda que el dar vida y encarnar esta frase se encuentra en el epicentro de su labor artística. La razón es que es solo en la contextualización de esta premisa desde donde su labor estética empieza a tomar forma: ¿qué dicen las piedras?, ¿qué nos tienen que decir? Y más importante aún: ¿cómo hacerlas hablar?
Explicito estas preguntas para mostrar la seriedad argumentativa de Romão frente al bombardeo de una moda artística –benjaminiana, podríamos decir– que trata de hacer fortuna como continuadora de las tesis de la Historia del filósofo mesiánico. Basta un simple retrotraerse hacia alguna oscura historia del pasado, una reconsideración de la víctima y del olvido, para trazar un despliegue estético al que poner el rimbombante nombre de arte sin despeinarse demasiado por el camino. Y en parte, esta querencia hacia un pensamiento que trata de recuperar un pulso histórico diferente es normal: en una época en la que la Historia parece quedar sumida en un antagonismo de base –o fin de la historia o espera de la catástrofe global–, el arte se tiene que armar de valor para sacar a la propia Historia de su glacial silencio y mostrar cómo la catástrofe no es algo por llegar sino algo que sucede todos los días. 


La seriedad argumentativa y expositiva que hemos señalado queda reflejada en lo peculiar de un método de investigación estética del que solo cabe inferir una desacostumbrada profundización en el armazón conceptual diseñado por el propio Benjamin. Si lo común es fijarse en un fragmento de una historia para enhebrar desde ahí una ficción que logre sacar a la memoria de su olvido y que, como hemos dicho, haga hablar a las piedras, Romão procede a la inversa: busca una secuencia lógica e histórica completa, la misma secuencia que la historia y el tiempo se ha encargado de borrar y olvidar. Bajo esta premisa, el montaje por él llevado a cabo no descontextualiza ninguna narración canónica sino que trata de reconstruirla a partir de los vestigios y las huellas que quedan. Si bien podemos señalar que lo más común es dislocar la narración lineal que nos ha llegado para mostrar los momentos de so(m)bra que la vertebran, para auscultar una lógica del sentido sepultada por la virulencia de la razón del vencedor, André Romão opta en este caso por, a la inversa, reconstruir la historia que nos ha llegado fragmentada, troceada, casi borrada. Es decir: no recompone a partir de los objetos residuales de un tiempo pasado, de los harapos y ruinas del pasado sino que Romão busca las fuentes mismas, la narración original.
En este sentido, su labor no es la del coleccionista o la del trapero sino la de un serio arqueólogo: no busca una dislocación de la historia que muestre la angulosidad poliédrica de una narración que siempre tiene más de olvido ideológico que de certeza del pasado sino que, al contrario, busca los textos fundacionales perdidos para volver a reconstruir la historia, la misma –supuestamente– que se nos ha trasmitido. En concreto, Romão busca los fragmentos “perdidos” en varios museos del friso occidental del Partenón de Atenas y los reanima a través de un montaje digital que los reúne de nuevo en una secuencia lineal, en una  narración que vuelve a ser contada: los atenienses se reúnen otra vez y vuelven a desfilar juntos. 


Lo que logra con este montaje, con esta reconexión de la Historia, es más de lo que pudiera parecer: es un nuevo amanecer. No es ya la remisión a una historia diezmada por una razón que invisibiliza todo atisbo de derrota sino que enfatiza el carácter mítico del sentido que toda Historia pudiera presumiblemente poseer. Porque, ¿qué podemos llegar a saber frente a este video que rearticula un sentido perdido al mismo tiempo que trasmitido? Frente a la nostalgia por un pasado fragmentado y diseminado, ¿qué plus podemos sacar frente a la rearticulación de este nuevo amanecer, de este nuevo desfile? Creo que ninguno. No hay nada en esta obra que nos acerque más a los griegos, nada que tuviésemos que saber y que hasta ahora estaba perdido. Es más, cada golpe de la batería de Quim Albergaria no es sino la constatación de un ritmo al que no somos invitados.
            Pero eso, sin duda, es el máximo acierto de esta pieza: que la Historia no trasmite un saber, que lo que las piedras nos dicen no es de orden epistemológico. La razón es que, como dice Reyes Mate, “lo realmente olvidado no hay forma de recordarlo porque no somos conscientes de que lo tenemos olvidado (…) El ideal de la redención escapa a la política”. Lo que nos dicen las piedras, lo que cada historia lega al porvenir, es la certeza faústica de que, como señala el poema de la hojita de sala, “otro fin del mundo es posible”: que no hay más que un constante fin del mundo reactulizándose en todas las tragedias y catástrofes que nos asolan a cada instante, que no hay más que un grito de socorro que se trasmite de generación en generación, de civilización en civilización, de tragedia en tragedia. Un grito que nos pone sobre preaviso de que, como señalaba Benjamin, “que esto ‘siga sucediendo’ es la catástrofe”.


Oír a las piedras, auscultar la Historia, ha de significar modular la escucha para poder oír este murmullo sordo, este aviso a navegantes. Oír a las piedras ha de significar proponer otro saber, no ya el que nos diga cómo fueron las cosas sino cómo siguen siendo, cómo continuamos afanados en la tarea de proponer otro final del mundo. Esperamos un golpe de batería que escape de la lógica rítmica, que salte por encima de ella y que nos sitúe frente a lo inacabado de nuestra tarea, de nuestro legado: un golpe de ritmo que nos remita a un destino más alto que el insertarnos dentro de un desfile que sabemos va a la derrota.
            Estamos, en suma, a una distancia infinitesimalmente lejos de los griegos: a distancia abismal pues sus Historias nos son desconocidas pues no hay reconstrucción de la que podamos inferir un sentido único; y a distancia al mismo tiempo mínima pues esa misma Historia de la que podemos llegar a saber es, paradójicamente, la nuestra. Un mismo anhelo auroral, un mismo deseo de que este amanecer sea otro.
            Nosotros y los griegos o, en la otra obra, los insectos y las esculturas de Henry Moore o John Chamberlain –¿no son nuestras esculturas también piedras que tendrán que hablar en un futuro?–; la historia hacia atrás o hacia adelante, señalando la convergencia distópica de un futuro catastrófico. Esta exposición de Romão nos interroga en profundidad: qué capacidad de diálogo tenemos, qué capacidad para recoger el testigo de civilizaciones pasadas –qué capacidad tenemos de resintonizar no con su presumible grandeza sino con la ruina en que todo pasado se convierte–, y qué capacidad, también, de proponer al futuro obras que en su devenir-ruina, en su catastrófica desolación, tengan algo que decir a las generaciones futuras.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

DE LA DIFICIL TAREA PARA EL ARTE CONTEMPORÁNEO DE SER CONTEMPORÁNEO

 

ELENA BAJO: THROWING CAR PARTS FROM A CLIFF BEFORE SUNRISE
          GARCÍA GALERÍA: 15/09/16-12/11/16

Sin duda, es en el calificativo de contemporáneo donde el arte se juega el todo por el todo. Y en parte pudiéramos decir que es redundante: para un arte como el actual, que queda definido en cada caso por el desplazamiento fronterizo que cada obra de arte provoca, la referencia al tiempo actual en el que la obra imprime su sello es algo que va de suyo. Pero al mismo tiempo, sometido bajo dos frentes –el de su inminente ingreso pleno en la institucionalización y el de la narración de su acabamiento– el adjetivo de contemporáneo es lo que le empuja a salir de sí mismo y rebelarse ante estas dos tectónicas que amenazan con su disolución.
Contemporáneo sería entonces el arte que se sabe hijo del tiempo presente, que lucha frente a estos dos destinos que hemos señalado y que le asignan ya una máscara funeraria, pero que al mismo tiempo –y como efecto de tal lucha– supera por elevación las condiciones temporales de su propia producción. Contemporáneo sería el arte que nace en el seno de la paradoja temporal, aquella que si por una parte lo esclaviza al tiempo-ahora, por otra señala a un tiempo otro, un tiempo diferente. 
Agamben, en su texto ¿Qué es lo contemporáneo? da todas las pistas. Tirando del hilo de las Consideraciones intempestivas, donde Nietzsche señala que “lo contemporáneo es lo intempestivo”, el filósofo italiano concluye que “pertenece verdaderamente a su tiempo, es verdaderamente contemporáneo aquel que no coincide perfectamente con él ni se adecua a sus pretensiones y es por ello, en este sentido, inactual; pero, justamente por esta razón, a través de este desvío y este anacronismo, él es capaz, más que el resto, de percibir y aferrar su tiempo”. Una vez dicho esto es fácil entender que la función primordial de la crítica de arte no es ya valorar tal o cual obra de arte desde los parámetros del gusto sino el entablar un diálogo con la obra capaz de sacar a la luz sus diacronías, su capacidad para conjugar temporalidad diferentes y que consigan arrojar luz sobre el tiempo presente.
Así las cosas, y en conclusión, no es contemporáneo el arte por el hecho de ser producido en la actualidad, sino por mediar con su propio tiempo una relación paradójica, disyuntiva y, por ende, disensual. Y, también en conclusión, muy poco arte que goza del adjetivo de contemporáneo es real y verdaderamente contemporáneo. A lo sumo es contemporáneo en la acepción primera y un tanto descolorida de ser producido en el tiempo actual, pero no en tanto que capacidad de relación de desconexión y desfase con el presente.
Para asegurarse el merecimiento de ser saludado como contemporáneo, el arte actual enfatiza dos estrategias: una, reflexionar sobre la propia técnica, tradición e historia de alguna disciplina artística, de modo que problematice su propio ejercicio actual; y dos, entretejer con retazos de tiempos diferentes –y con Benjamin como maestro de ceremonias– una historia hasta ahora invisible o inexistente que muestre como nuestro tiempo presente no es más que el ejercicio dogmático de la barbarie. No obstante, en la infinidad de productos artísticos que se perpetran en la actualidad con el fin de dar carnaza a una industria que los devora a buen ritmo, entre estas dos estrategias que se saben ganadoras a priori pululan una infinidad de ejercicios estéticos para los que la etiqueta de contemporáneo no es sino un apellido con el que engalanar orlas.


Esta reflexión, original solo hasta cierto punto, me surge una vez hemos paseado por la actual Apertura de las galerías madrileñas, donde hemos tenido ejemplos claros de lucha por la contemporaneidad y otros donde por el contrario se percibe lo sintomático de una falta de contemporaneidad en el arte. En parte es normal, pues arte capaz de cargar con el sambenito de contemporáneo sin caer en el sonrojo es difícil y solo a la altura de unos pocos. Pero por otra parte es fácil adivinar en el arte en general una cada vez más difícil capacidad para imprimir al calificativo de contemporáneo un impulso disruptivo con el panorama actual y que no se quede en solo buenas intenciones.
Dicho todo esto, y centrando la mirada dentro del evento que concita mayor atención dentro del arte contemporáneo madrileño, quisiéramos detenernos en la exposición que más nos hizo pensar en estas cosas, la de Elena Bajo en la García Galería, para plantear algunas cosas. Ella parte de la más radical contemporaneidad: el hecho de que según algunos científicos estamos incluso en otra era glacial debido a la impronta que está teniendo el plástico en el medio ambiente –impronta que como señalan los geólogos hace que no sea descabellado pensar en que queden fósiles plásticos como señal durante muchos millones de años en el futuro. Es decir, Bajo se planta en el aquí y ahora de nuestro tiempo y nos ofrece una obra con –supuestamente– capacidad reflexiva y crítica con nuestro propio tiempo.
 Pero, por otra lado, ¿qué impronta intempestiva puede hallarse en estos cubos?, ¿qué tensión temporal anima el efecto estético perseguido?, ¿qué dinámica inactual –inmemorial incluso– ofrecen para denominarse contemporáneo? Y podría haberla: en ningún caso se trata de preguntas retóricas. Un cubo o un lienzo, con la historia y tradición que cargan dentro del arte, implosionado y hecho estallar –desfigurado, en suma, en relación al que fuera su origen–, ¿no es ya una arqueología inversa?, ¿no es ya una radiografía de lo arcaico desviado de su origen?, ¿no es un monumento a lo más cercano que en el futuro estaremos de la forma primordial? Pero por otro lado: ¿qué capacidad de acceso a un presente otro tienen estos cubos, qué alteridad pronostican sino la que emana de una estetización en la denuncia impotente de lo ya sabido –el hecho de que nos estemos cargando el planeta?
Lo que queremos poner sobre la mesa en esta ocasión es que si la crítica de corte decimonónico, una crítica valorativa y que haga pie en categorías como el genio, el gusto, la belleza, y una retahíla bastante amplia de lugares comunes, ha de superarse es porque lo fundamental del arte contemporáneo no está en que es arte sino en que es contemporáneo: contemporáneo no en tanto que actual sino, todo lo contrario, como mediación intempestiva con lo impensado de su propio presente, como relación diacrónica con otras temporalidades.
En este sentido, si lo fundamental del arte, lo que le hace merecedor del calificativo de buen arte, es su capacidad para ser contemporáneo –capacidad que por otra parte está perdiendo debido a lo poco crítico de su emplazamiento, su preponderancia a ser más catalogado como arte que como contemporáneo–, de esta exposición de Elena Bajo podremos concluir que son obras de arte contemporáneo… muy poco contemporáneas.

miércoles, 2 de julio de 2014

LUZ BROTO: POÉTICA DEL MICROACONTECIMIENTO


LUZ BROTO: ATAR CABOS
GARCÍA GALERÍA: 24/05/14-26/07/14

Sintomático de esta época nuestra de grandes decepciones es el haber aprendido que, definitivamente, menos es más. Y no nos estamos refiriendo a la célebre frase de Mies van der Rohe sino al habernos percatado que de grandes operaciones de resistencia no suele sacarse, nunca, el redito deseado. Y es que, ahora que no hay manera de escapar de la fantasmada general en que ha caído la realidad, lo único que nos cabe es diseñar mínimos movimientos desestabilizantes, pequeñas estrategias de subversión. Un gesto, un trazo, incluso una simple huella, bastan para atrofiar la lógica de lo real. Porque cuando el espectáculo lo ha deglutido todo, escapar a la fascinación escópica masificada y mediática es un primer paso necesario para crear el efecto estético, la fractura deseada en el régimen de lo dado.
Luz Broto (Barcelona, 1982) ha realizado en la García Galería una de estas microacciones llamadas a constatar que, hoy en día, lo político solo puede venir dado por un gesto poético, insignificante en sus coordenadas, pero con un potencial inversamente proporcional a su despliegue en acto.  
Y es que quizá se trate solo de esto, de una inversión aristotélica: de haber sabido virar y proponer no ya un acontecimiento de enorme potencial pero que sabemos será mermado hasta la inanición en su paso al acto, sino de instaurar una mímica performativa que, declarándose casi nimia en acto, irrumpa desde una potencialidad constante pero, paradójicamente, nunca cumplida.


Y lo curioso (al tiempo que lo que separa una acción estética de un refrito decolorado) es que todo descansa en esa instancia paradójica que se eleva como efecto estético: cómo con tan poco tanto; y cómo tanto, al mismo tiempo, ha de concentrarse en una fragilidad endémica, ha de contentarse con un permanecer señalando el lugar de la fractura sin atreverse a superarlo. Porque sabemos que ya solo el intentarlo, el querer constatar la fuerza performativa del acto, dará al traste con la poética de la acción. Todo sería, en tal caso, canibalizado por las lógicas del espectáculo, anestesiado por la voracidad de miradas que solo desean verlo todo.
Quedarnos, entonces, en el quizá, en la mera y simple posibilidad, en el juego poético que se desencadena desde una práctica situacional que irrumpe no ya con grandes puestas en escenas sino con la levedad de un trazo, de un gesto. Atravesar, en este caso, la galería con una cuerda y que rodee al edificio entero en su verticalidad, no va a cambiar nada pero (de nuevo paradójicamente) podría cambiarlo todo.
Quizá sea ahora tiempo para lo imperceptible, para implosionar la imaginación en una telúrica de relaciones, de situaciones y acciones que insinúen, solo insinúen, otro sesgo para lo real, otra impronta para el arte.

martes, 14 de enero de 2014

DAVID MUTILOA: DE ARTE Y DISEÑO, O DEL FRACASO DE UNA RELACIÓN



 DAVID MUTILOA: ES DIFÍCIL ENCONTRAR UNA BUENA LÁMPARA
GARCÍA GALERÍA: hasta 25/01/14

            Allá en los principios del siglo XX, cuando la densidad de la barbarie apenas podía vislumbrarse a través de la prisión que con primoroso candor nos estábamos –y seguimos- fabricando, el arte ufanamente se alió con la productividad mecánica para atisbar esos emplazamientos en la utopía de los que ya renegamos como burda patraña. Arte y diseño, arte y productividad, arte y tecnología, son nódulos por los que la reciente historia del arte ha transitado ahíto de encontrar potencial subversivo alguno capaz de descorrer el velo de la mediocridad en la que estamos instalados.     
           Curiosamente, es también en aquella época donde la fenomenología existencial, desde una existencia arrojada, descubre un mundo como horizonte donde cohabitar con útiles: empezar a existir, para un ser que es en cada caso un Da, un aquí, es tenérsela que ver con cosas, con objetos, los cuales solo son descubiertos como tales en cuanto útiles, en cuanto artefactos que sirven para algo.
A este respecto, en “El origen de la obra de arte”, Heidegger trata de reconsiderar la dife­rencia entre la cosa como tal, la obra de arte y el artefacto. De este último, el instrumento o artefacto, Heidegger señala que ocupa un lugar inter­medio entre la cosa en sí y la obra de arte, ya que, en efecto, participa de la cosa (la requiere) y del acto humano pero carece, en cambio, del en sí (pu­reza) de la cosa y de la incondicionalidad de la obra de arte. Esta supuesta incondicionalidad remite en el maestro fenomenólogo a una muy kantiana inutilidad de la obra en relación con la utilidad de la cosa: el arte, en su inútil utilidad, abre la cosa representada a preguntarse por su ser, a interrogarse por sí misma al margen de lo productivo-útil


Las famosas botas de van Gogh, en su simple contemplación desconectada de los esfuerzos de la tierra, empiezan a hablar como un objeto arqueológico, como poesía que crea un mundo. En el estar referido la cosa a su mundo propio, la cosa no deja de referirse a su coseidad como utilidad; pero, traído a la inutilidad de la obra de arte, la misma cosa se interroga sobre el mundo que le es propio, desvelándose así su mundo, des-ocultándose ahora como ser.
Si nos hemos querido referir a estas cuestiones fenomenológicas es solo para situarnos en las antípodas de esta conjugación arte/diseño con el que hemos empezado el texto y que, como hemos señalado, vertebra de una forma u otra la historia del arte contemporáneo.
Y es que, como bien pude inferirse, de entro los “ismos” que inundaron el mundo del arte en los primeros novecientos, un claro exponente del vanguardismo fue ese que quiso ver en la productividad maquinal de la fase industrial del capitalismo una vía de tránsito hacia un mundo mejor. Dejándose de filosofías, de disquisiciones patafísicas en torno al ser del arte, la conjugación del arte con la producción en serie del objeto atisbó la posibilidad de un mayor calado de los dictámenes emancipatorios del propio arte.
Quizá la Bauhaus y, sobre todo, la Deutscher Werkbund puedan ser hoy vistos como adalides de ese momento histórico donde la razón instrumental todavía estaba guardada bajo llave y no podía uno siquiera imaginar las salvajadas genocidas que iba a protagonizar. Desde un almohada o una taza de té hasta un plan de urbanismo pasando por la identidad corporativa de una empresa. Nada era ajeno a la Deutscher Werkbund (DWB), que tenía como finalidad la dignificación del trabajo artesanal y la buena forma sin ornamentos.


Pero esto no es, si se me permite, sino el pleistoceno de nuestros problemas. En un mundo amparado por una razón puesta en cuarentena por ejercicios deconstruccionistas varios, en una sociedad donde la razón instrumental es adalid de una estetización de la política que llena y colapsa cada uno de nuestros mundos de vida refiriéndolos a una homogenización de nuestras rutinas donde incluso el reducto crítico-utópico frankfurtiano se compra y vende con ganancias al portador, el arte, reducida su función emancipatoria a un simple juego de espejos, no ha dejado de buscar amparado en los diferentes regímenes de producción capitalista esperando que así, quizá, empeñándose en una veta de positividad que yo creo que hay que ir dejando aparcada definitivamente, alumbre la radical novedad que inaugure otro tiempo.
Sirviéndose de una cita del ensayo de Donald Judd “It’s hard to find a good lamp” (1993) en el que el artista se pregunta sobre las diferencias entre su trabajo como diseñador de mobiliario y como artista, David Mutiloa (Pamplona, 1979) rearticula la reciente historia de esa relación de conveniencia entre arte y diseño para interrogarnos acerca de nuestro presente y nuestro futuro.
Mutiloa se sitúa en las mismas coordenadas de esta problemática operando un deslizamiento crítico a partir de una estructura metálica modular que llena completamente el espacio de la galería y que, en su doble ascendencia como mueble y como arte, como soporte y como obra en sí misma, como contenedor y contenido, se cuestiona su propia ascendencia en un ejercicio autoreflexivo altamente apropiado y, se me antoja, necesario en estos tiempos de asepsia crítica. El mueble-obra, que recrea la estética utilitaria del diseño industrial, le sirve como soporte donde, a través de fotografías y documentos, ofrecer otra mirada menos buenista que la que acostumbrada a la historia del arte. 


Si el arte en su encomio para sobrevivir en todas circunstancias ha debido de replegarse en estrategias que sabía perdidas casi de antemano, de lo que se trata en la actualidad, en ese ejercicio crítico basado en una arqueología foucaltiana del saber, es repensar el choque de reverberaciones que sobre los diferentes ámbitos de la realidad ha producido la práctica artística. Así, Mutiloa nos viene a decir que no todo han sido bondades, que quedan rescoldos impensados que anteceden esta situación de afasia colectiva en la que nadea el arte actual.
En definitiva, Mutiloa nos cuenta cómo dicha estrategia de confluencia con el diseño posibilitó una mejor y menos dolorosa domesticación del arte a manos de la economía de mercado, y como, sobre todo, de lo que se trata ha sido de silenciar un fracaso: el del propio arte en relación a apuntar a un más allá ideológico. Que el diseño haya conquistado todos los rincones del planeta instaurando la tiranía de la República Independiente de IKEA dejándole como contrapartida una nada al arte, es solo un síntoma del desahucio al que el propio arte ha sido destinado.
            No sabemos si es difícil o no encontrar una buena lámpara, pero lo que sí que sabemos es que el arte se ha pasado más tiempo del justo y necesario buscándola. El dicho aquel de que ‘atrás ni para coger impulso’ no vale para el arte: es justamente mirando atrás, coligiendo poses aprendidas desde hace tiempo que poco de disensual tienen  ya, desde donde el arte puede abrirse a un necesario y novedoso futuro.