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miércoles, 12 de marzo de 2014

LARA ALMARCEGUI: DEL SECRETO COMO MONUMENTO



LARA ALMARCEGUI: POR DEBAJO
GALERÍA PARRA & ROMERO: hasta 22/03/14

Ahora cuando todo es valorado según el beneficio que pudiera sacarse según una simple ecuación, entre costes y ganancias, que vertebra todo el espectro de lo real, el decantarse por lo inútil debe de ser la primera ley de salvaguarda para un arte cuya única razón de ser –y sobre todo en épocas cuaresmales como ésta– es la de no caer en la tentación. Y, aunque de hecho cae una y otra vez acudiendo bobaliconamente a los cantos de sirena que lanzan aquellos que, precisamente, niegan al arte el pan y la sal, trabajos como los de Lara Almarcegui nos invitan a no claudicar en nuestros propósitos, en los propósitos del arte.
En este sentido, el trabajo de Almarcegui atiende no ya a una revalorización de lo marginal sino a un intento de salvaguardar aquello que ha quedado inservible. Tomando la arquitectura y todo lo que le cuelga –la ciudad, el urbanismo, etc– como ámbito predilecto de estudio, la artista zaragozana se afana por sacar a la luz los despojos de una actividad íntimamente referida a la existencia humana: el habitar, el construir, antes de que Heidegger desbarrase con su agónica verborrea, eran ya desde tiempo inmemorial actividades ligadas a lo íntimo humano: el construir de un lugar como modo privilegiado de hacer converger la teoría con la práctica. Porque si el problema casi único de toda reflexión, y más aún desde que se hacía urgente parar los pies a la razón (marxismo a la cabeza), es el de cómo pasar de la teoría a la acción, en el construir del lugar, en la habitabilidad de la casa, se conjugan ambas esferas de manera perfecta, quedando incardinadas en la propia existencia como acontecer.
Sea como fuere, y dejando desarrollos que aquí reconocemos no vienen a cuento, ocupándose de la arquitectura, Almarcegui se preocupa de las condiciones implícitas en el existir dentro de una modernidad que, como decimos, reconoce como válido aquello únicamente que tiene valor por sí mismo.
    Descampados, lugares vacíos o abandonados, han sido el objeto de interés para una artista que trata de dar visibilidad a aquello precisamente que la razón utilitaria se afana en invisibilizar. Tal sacar a la luz, como decimos, no queda referido –o por lo menos no solo– a una denuncia de los excesos de la razón en su tarea de construir mundos, sino sobre todo en la pertinencia de llevar a cabo una labor de salvaguarda, de datar y consignar, de dar nombre y poner en un mapa. Porque alguien, en definitiva, debía de hacerlo: poner nombre a aquello que la razón se niega a dar nombre es la labor desde la que emerge toda crítica digna de llamarse así.


Pero, ¿para qué?, ¿para qué un mapa de lugares vacíos como si de especies en extinción se tratase? Muy simple: porque sólo en el mantenimiento de lo excluido puede impedirse que la razón logre olvidar la barbarie que lleva a cabo; porque toda futurabilidad disensual ha de ser construida a partir de una memoria inasible al olvido, una memoria que haga emerger ese descampado como monumento por-venir. Es decir, en lo invisible para una razón despótica, la perdurabilidad de la memoria sirve de único resorte desde el que proponer e imaginar otro futuro. Solo en el vacío, en el no-lugar, en lo excesivo de una razón que trata de parcelar y fragmentar, anida la promesa que señala todo monumento: la de un futuro disente con la propia razón que es capaz ya de anticiparlo. En definitiva: salvaguardar el emplazamiento vacío porque solo desde su memoria puede trazarse el futuro como posibilidad disensual.
Pero, aún siendo esto así, parece que en los últimos tiempos Lara Almarcegui ha evolución en sus propuestas. Y es que, si hemos dicho que el arte puede ser comprendido como la labor de poner nombre a lo que no lo tiene, la tarea del arte también ha de cifrarse en ser dispositivo de ensayo, un laboratorio de aconteceres donde se simule poner en juego otros nombres y, sobre todo, se establezcan envíos nuevos. En este último sentido no ya por tanto poner nombres sino, también, borrarlos.
La práctica artística, por tanto, como ámbito desde el que poner a prueba el acontecimiento, desde donde reflexionar acerca de sus condiciones y consecuencias; el arte, en definitiva, como simulación para poner en marcha lo imposible. No ya tanto cómo hacer para que acontezca lo imposible, sino forzar a pequeña escala que tal acontecer suceda para, desde ahí, emplazarnos más radicalmente a la necesidad de entrever el futuro entre las rejas de la razón cortoplacista. Es en tal sentido, creo, que pueden entenderse las siguientes palabras de la propia artista: «presentar un edificio como cien toneladas de hormigón, treinta de acero y diez de ladrillo es reducirlo a su realidad bruta y física; permite imaginarse un lugar tal y como fue antes de ser construido y como será tras ser demolido».
En este sentido pensamos que hay que entender su propuesta para el pabellón español en la última Bienal de Venecia: no, en clave nacional, verlo como el estado de descomposición del país, como una metáfora de la crisis inmobiliaria que hemos –y estamos– viviendo, sino como un intento de trazar una genealogía del lugar para hacer aparecer una imaginación otra, la posibilidad no ya de un construir según la utopía que toque en cada momento (y lo de los pabellones nacionales tiene mucho de ideología) sino que señale la imposible posibilidad de la reconstrucción, la posible imposibilidad de imaginar otro futuro al que se nos tiene –reconozcámoslo- ya diseñado. 


 Es en esta misma onda del arte como monumentalización del porvenir que cabe comprender el video, el primero en su carrera, que se muestra en esta su primera exposición en la galería Parra & Romero. Dentro de esa misma estrategia artística afanada no ya en recolectar lo innombrable que la razón ha ido diseminando en su desarrollo sino en proceder a la simulación del acontecimiento, a la construcción propiamente del monumento, Lara Almarcegui nos enseña ahora el derrumbe de una casa de las afueras de Dallas.
Si antes nuestra artista buscaba y documentaba “lugares vacíos”, lugares de posibilidad, ahora procede a dar acta de fe de que tal lugar distópico acontece entre nosotros. Es entonces derrumbando el edifico, ocultándolo de nuestra vista, confundiéndolo con la naturaleza, como la huella de lo habido –la pequeña loma que queda– reinicia su red de envíos, rearticula el sentido para dar la posibilidad de que la historia, las historias, puedan ser de nuevo contadas. En una reciente entrevista para El Cultural llega a decirlo claramente: “me gusta la narración que genera la obra: un vecino le cuenta a otro que ahí hay una casa enterrada, muchos no se lo creerán y acabará siendo casi un mito”.
¿Y es que no es el mito la narración de un secreto, del secreto en este caso de que aquí, una vez, hubo una construcción?, ¿y no es la razón el intento de acabar con el secreto, de hacerlo visible, de construirlo? Si algo evidencia la cerrazón de la razón es que cree saberse toda la historia: cree saberse que ella ya no es ninguna historia, ninguna ficción, sino la nueva gran historia. De lo que se trataría entonces sería de optar por un construir que fuese fiel al propio secreto, que construyese siempre en fidelidad con la promesa de mantener la huella como apertura siempre al futuro y no eliminarla en la utilidad a la que pudiera prestarse. Tal construir evidenciaría, antes que nada, que la historia sobre la que se eleva el poder de la razón es tan ficcional como cualquier otra.
En definitiva, la loma levantada y que sepulta la construcción es un intento de mostrarnos lo que hay “por debajo” de toda historia: la posibilidad siempre de un decir nuevo, de dar la palabra a otras historias, a otros mitos. Y es que, todo habitar está referido al reenvío de un secreto: hubo, sí o no, aquí antes, una casa.

jueves, 27 de septiembre de 2012

LARA ALMARCEGUI: LÓGICAS DEL DESCAMPADO


LARA ALMARCEGUI: MADRID SUBTERRÁNEO
CENTRO DE ARTE DOS DE MAYO: 28/06/12-28/10/12
 
(texto publicado en 'arte10.com': http://www.arte10.com/noticias/index.php?id=420)
 

 Descampados, su protección y documentación, lugares en desuso rehabilitados, levantar asfaltos, etc: el trabajo de Lara Almarcegui se inserta en el tegumento de la ciudad para dar otra visión que rompa con la lógica del funcionalismo urbanista. En esta ocasión, además de repasar proyectos anteriores Almarcegui se sumerge en las profundidades de Madrid para sacar a la luz la memoria de lo olvidado. Hasta finales de octubre se puede ver en el CA2M el trabajo de una de nuestars artistas más internacionales.

 En la pamema compulsiva que vivimos, presos del zappeo masturbatorio diario, si de algo tenemos necesidad es de enfrentarnos con la posibilidad. Pensarla, diseñarla, catalogarla: la posibilidad como el trazo inmanente a la lógica que escribe nuestro tiempo. Porque cuando los desechos inundan la esfera social cifrada ahora en una videosfera cínica, cuando de igual manera poses de rebeldía u oposición son rápidamente digeridas por las fauces del sistema y revertidas en pantomimas idiotizantes, lo que nos queda es la referencia última a intuir siquiera la posibilidad.

Tejer la posibilidad dentro de la esfera que define la sensibilidad común de una sociedad es, sin lugar a dudas, la labor única de un arte que, plegado en esa (in)creencia de la que hacía gala Brea, sea capaz de no caer en narraciones del acabamiento, en ofuscarse en polémicas inútiles en relación al arte y al no-arte, ni en hacer de aquel, del arte, el ámbito para la redención escatológica o en asumir para sí la carga de una humanidad salvajemente lacerada. Y si decimos apuntar la posibilidad, es sin duda en su obturación hacia el futuro, en la construcción de esa sociedad siempre por venir, hacia donde el arte debe de apuntar en una monumentalización no de lo pasado sino del acontecimiento que está a la espera, aleteando en la posibilidad que abre todo futuro.



Estrategias para ello hay muchas, pero lo que hay que saber es que hoy el monumento está en el extrarradio, en los márgenes de visibilidad que nos ofrece esta mirada industrializada e inquisitoria. No hay ya lugar para la utopía sino, como mucho, para una heterotopía que nos libre momentáneamente de la anorexia pandémica que sufrimos. Una heteropía que, jugando con ese aberrante que se ha instalado en el seno de lo real, proceda a crear otra serie de emplazamientos, de deslizamientos y de series; una heterotopía que bascule hacia el extrarradio, hacia lo olvidado, hacia lo que segrega y expulsa la maquinaria libidinal del signo-mercancía.

Así entonces, si la experiencia contemporánea cabe comprenderla como la del “no-lugar”, la posibilidad del arte remite a operar otra inscripción en el lugar, en la topografía saturada de códigos en que deviene toda espectacularización. Y si esta promesa de posibilidad alude sin dudas a la deconstrucción, bien hay que convenir con Derrida en que la deconstrucción no es un método, sino un “ven” que silba entre los escombros, un “estar juntos” apuntalado sobre la violencia mimetizada del sistema. Así, la posibilidad es siempre un susurro que se lanza al futuro de un porvenir en comunidad.

Si nos ponemos estupendos a la hora de consignar las potencialidades del arte en estos tiempos de crisis generalizada es para toparnos de forma más original con la posibilidad que cifra Lara Almarcegui en su quehacer artístico. Porque ahora, cuando la labor de desescombro se hace ya ingente, hacia donde hay que mirar es hacia ese extrarradio al que antes nos hemos referido para atisbar otra posibilidad que no sea la archirecurrente de la pose rebelde o la melancolía tecnoexistencial.    

Si la Modernidad es un proceso de desposesión, ningún otro como aquel que toca en lo íntimo de un habitar no ya como acaecimiento del ser como existencia sino como saber técnico, como emplazamiento donde aniquilar esa siniestralidad endémica sobre la que acampa nuestro vivir. Porque el hogar es eso mismo: el emplazamiento donde puede desvelarse lo real de ese aberrante antes nombrado. El hogar es lo “cercano más lejano”, la lejanía de una proximidad que nos infunde el terror necesario para seguir viviendo. Lo desconocido que desde el origen conocemos, el terror de lo innombrable y de lo imposible. De ahí que las soluciones pasen únicamente por dos vías: o la bunkerización extrema o el idílico “en ningún lugar como fuera de casa”. Es decir, o acercarte tanto al trauma que te hagas uno con él, o dar vueltas en círculo –vueltas a la manzana global- para no toparte nunca con él.



De todo esto habla el trabajo de Lara Almarcegui: cuando la polis se ha convertido en el esperpento de la simulación y el espectáculo, cuando la dromótica funcionalista del urbanismo y el glamour de la mega-arquitectura ha arrasado páramos enteros de inocente habitar, nuestra artista se las ve con los retales de una planificación urbanística donde bien se puede decir que el mapa es el territorio: todo sucede en la superficie y todo construir remite a arruinar la posibilidad de habitar de acuerdo a índices que no queden referidos a la conquista de la publicidad y el marketing. Nada escapa a la lógica de la planificación estratégica de la megalópolis; lo pensado es lo construido.

Para ello Almarcegui pone en relación la ciudad con el páramo, con el descampado. Si lo primero remite a lo cerrado de un presente siempre insustituible, lo segundo alienta la posibilidad de lo nunca-acaecido. Y es que para Lara el descampado condensa en su perímetro las posibilidades que de fractura aletean aún en las moles disciplinarias de la ciudad postmoderna. Si el “no-lugar” remite al eterno retorno como temporalidad fugitiva de un mundo global, el “lugar-descampado” trata de exortizar todos los fantasmas de la identidad para dar cabida a la diferencia. La misma artista ha declarado que la definición de descampado que más le gusta es la de Ignasi de Solá Morales, quién se refiere a ellos como a “lugares vacíos”, lugares de posibilidad, lugares que no coinciden con su diseño o que, simplemente, no ha habido diseño para ellos. Lugares donde no hay nada y que, precisamente por ello, reúne en torno a sí todas las posibilidades y, como no también, todos los riesgos.  

Porque el riesgo está ahí mismo: si el “no-lugar” nos cobija aún en la sordidez de lo fantasmagórico (gasolineras, hoteles, aeropuertos, etc), el descampado nos indica el camino de no estar a cubierto, de estar a la intemperie, de –según esta lógica- no salir ya en el mapa. Porque, precisamente, el descampado es lo que no sale en el mapa: aquello que nadie ha construido pero que está ahí, y que precisamente en esa indefinición son capaces de articular algún cambio. Es decir, son promesas de posibilidad en el seno mismo de lo inamovible
 
 

Así pues, ni land-art ni arte público, tampoco eco-arte ni no-arquitectura. El trabajo de Almarcegui se sitúa en la necesidad misma de la estética: abrir topologías a la memoria de lo nuevo, remitir la construcción de la esfera común a otro ritmo de relaciones donde lo inesperado también suceda. Su trabajo consiste en catalogar esos espacios desnudos y transformarlos en espacios de memoria individual y colectiva.

Porque no hay posibilidad alguna sin una reconsideración de la memoria, sin un operar una fractura en la temporalidad causal de lo dado para priorizar las potencialidades siempre nuevas de lo ya-sido. Así, no solo el descampado, sino también el lugar abandonado (como la estación de tren abandonada de Fuentes del Ebro) o los paisajes subterráneos (como en este caso los de Madrid). Pero incluso el propio cavar de la artista en un descampado en busca de lo impredecible, o, más aún, lo aparentemente inútil de restaurar lo pasado para que sea demolido inmediatamente después (Mercado de Gros, San Sebastián). Y, sobre todo: pesar una ciudad, en este caso Sao Paulo. Porque pesándola, sumando las toneladas de cada material a lo largo y ancho de toda la ciudad, la ciudad queda reconvertida en una serie de cifras, en el aniquilamiento de toda utopía social y en el surgimiento de una posibilidad radical: la de hacer otras sumas, otras restas, en pensar la ciudad en su abstracción más potente. Y pensar es siempre abrirse a lo posible-diferente, en este caso tan diferente que objetivamente es imposible.

En definitiva, cortocircuitar con diferentes estrategias la secuencia lógica de la construcción y la utilidad, hacer de lo periférico y lo oculto la razón de ser de otra narración. Hacer de lo baldío y lo inhóspito la réplica perfecta al mito ilustrado de la ciudad. Esperar lo imposible, hacer lo inútil, buscar lo in-encontrable: es decir, hacer que la herida supure, que el pensamiento se tope con otra posibilidad.