martes, 11 de julio de 2017

DYLAN AND THE DEAD: TREINTA AÑOS DEL INICIO DEL PRINCIPIO DEL FINAL


“A veces oyes hablar del glamour de las giras (…) pero eso lo dejas atrás muy rápido. En muchos aspectos no es tan distinto de levantarse para ir a trabajar todas las mañanas. De todas formas, o eres un músico o no lo eres. Eso no se me ocurrió hasta que hicimos esos conciertos con los Grateful Dead. Si solo sales cada tres años más o menos, como lo hice yo durante un tiempo, pierdes el contacto. Si vas a ser un  intérprete, tienes que hacerlo con todas tus fuerzas”.
Dylan a Robert Hilburn de The Angeles Times, al acabar un concierto en 1991.

Antes de que Dylan ganase el Nobel o el Óscar, antes de que fuese reconocido con Legiones de Honor, Príncipes de Asturias u Honoris Causa, antes incluso de que diese comienzo su Never Ending Tour o que crease la joya Time Out of Mind, Dylan llegó, al menos por una noche, a no ser nada. Seguro que entra dentro del mito, pero dicen que viendo lo que Grateful Dead le tenía preparado para los ensayos previos a la minigira del 87, Dylan salió despavorido refugiándose en un local de jazz de San Rafael, California, donde un triste cantante de jazz cantaba sus tristes canciones.
            Todo parece que empezó en el verano del 86, en los backstages de los conciertos de Estados Unidos con Tom Petty. Allí Jerry García empezó a ser un asiduo, manteniendo largas conversaciones con Dylan acerca de música e influencias.  Ante la invitación del líder de los Dead a que se sumase a una gira que iban a hacer al verano siguiente Dylan debió de pensar que nada podía ir ya tan mal como para terminar de arruinar su carrera, lo poco que quedaba ya de futuro para una carrera que había pasado del todo a rozar la nada. Así pues, aceptó despidiéndose hasta nuevo aviso.
Y ha decir verdad que las cosas iban calamitosamente mal. Desde el 82 hasta aquel verano del 87 Dylan había estado parado, sin más giras que las seis semanas del tour del 84 (la primera vez que vino a España) y otra seis en el 86 con Petty en la gira True Confessions. Y lo cierto es que esos en total 88 conciertos era lo único que se podía salvar de discos tan flojos como Empire Burlesque o Knocked Out Loaded y de bolos tan aciagos como el del 13 de julio del 85 donde con medio planeta viendo el Live Aid Dylan salió a escena en estado comatoso con Ron Wood y Keith Richards en estado más comatoso aún. Entre medias, cosas tan aciagas como la película Hearts of fire solo podían hacer subrayar el declive.


            Pero lo cierto es que Dylan andaba buscando alguna conexión, algo que le hiciese rememorar las razones por las que se había dedicado a cantar durante tanto tiempo. Pero no las encontraba. Como noqueado, iba de aquí para allá buscando, como diría su amigo Ginsberg, una “primigenia conexión celestial con la estrellada dinamo de la maquinaria de la noche”. En la primavera de aquel año, al tiempo que daba forma al paupérrimo disco Down in the Groove, Dylan participó en varios bolos y en los discos de algunos otros como por ejemplo el Rattle and Hum de U2. Según comentó, en ellos veía esa conexión con una determinada música, unas mismas raíces. Pero por mucho que lo intentaba las ocasiones cada vez eran menos y el hundimiento era tan generalizado que, según el mismo confesó tiempo después, sintió que “había llegado, en cierta forma, al final del camino. Tenía pensado retirarme”.
Y es ahí cuando sin otro horizonte más allá que el ir progresivamente desconectándose de todo aquello que le había encumbrado, desafectándose de todo un enjambre de conexiones musicales y vitales que habían hecho de él un artista fundamental para entender la segunda mitad del siglo XX, Dylan recibe la llamada de García para sumarse a un par de conciertos de la mítica banda californiana. Y es ahí donde comienza una extraña jugada maestra del destino para volver a poner a Dylan en la senda de la carretera. Y esta vez para siempre.
Con la idea de ensayar un par de canciones, Dylan acude a la cita en el Club Front San Rafael sin mucha mayor perspectiva que el seguir dejándose ir. Pero, sin embargo, los Dead estaban deseosos de tocar todo el cancionero del de Minessota. Tanto las más conocidas como las menos, los himnos generacionales y las que mecían olvidadas en el fondo de cualquier disco. El impacto fue brutal: Dylan se encontraba tan alejado de sus propias canciones que no podía enfrentarse a ellas. “Si hubiese sabido esto al empezar, no hubiese cogido las fechas”, apunta en Chronicles. Así que, después de un primer conato de ensayo, decide marcharse sin darse muchas explicaciones.
Y es ahí, de acuerdo siempre con el halo mitológico que recubre la vida y obra de Dylan, que acede a la epifanía definitiva: un cantante canta, un intérprete interpreta canciones. No hay más. “(El cantante) estaba relajado pero cantaba con un poder natural. De repente y sin aviso, fue como si el tipo tuviese una ventana abierta a mi alma. Era como si estuviese diciendo ‘Deberías hacerlo de esta manera’. De repente, comprendí algo mucho más rápido de lo que nunca antes lo había hecho” (escribe en sus Chronicles). Es decir, no hay música más allá de su interpretación y esa fina y delgada línea que la une con un origen, con un compromiso, con una raíz; se canta, se interpreta porque hay una poderosa razón para hacerlo, un compromiso con ellas y contigo mismo, un lugar al que volver y que rememorar, una implicación entre personas, gestos, historias, lugares y tiempos.


En algunas ruedas de prensa dadas más tarde el propio Dylan relata lo sucedido pero sin entrar en demasiados detalles: “En la época de aquella gira ni siquiera podía cantar mis propias canciones”, para añadir que “tocar con los Dead me enseñó a mirar el interior de esas canciones que yo cantaba (…). Me costaba captar su significado, aunque a los Dead no”. Oyendo los conciertos y los ensayos bien puede decirse que no es del todo cierto o que la menos no es toda la verdad. Oyendo lo mal que sonaban, lo arrastrado del fraseo dylaniano, las entradas a destiempo y el dejar yéndose la canción como un globo desinflándose, no creemos que la razón del resurgir esté sin más en la fuerza entrópica y ligérsica de los Dead. Pero tampoco es mentira: los Grateful Dead, con su modo de operar como una gran familia y con unos seguidores fieles hasta el final, fue la escuela perfecta donde Dylan terminó de aprender todo lo que había desaprendido. Y de eso, como el propio Dylan ha apuntado varias veces, Jerry García tuvo mucha culpa: “para mí no fue solo un músico y un amigo; fue en realidad como un hermano mayor  que me enseñó y me mostró más que lo que él mismo llegó a saber”, declaró tras la muerte del carismático líder.  
Aunque la gira con los Dead fue un desastre (“fascinante por las expectativas que plantea y frustrante por la forma con que sigue perdiendo la marca”, decía la crónica de Rolling Stone con ocasión de la publicación del disco Dylan & The Dead) a partir de ahí todo cambió. Terminó en el otoño su gira con Tom Petty and the Heartbreakers y después llamó a su agente para que le programase una media de doscientos conciertos por año, dando comienzo a la Never Ending Tour. A partir de ahí Dylan se reencontró con sus canciones, siendo ahora capaz de cambiar el setlist de concierto en concierto, de modificar los arreglos de gira en gira, de sentirse, otra vez, cantante.
Pero la moraleja de esta historia no puede quedar aquí. La moraleja apunta a aquel que sin llenar estadios, sin ser famoso ni reconocido, sin ser saludado con los vítores de quien removió conciencias o cambió la música popular para siempre, lo sabía todo: ese viejo cantante de jazz que reveló a Dylan la verdad intrínseca al ser humano y al artista. Que no hay ídolos ni mitos, que simplemente cada uno debe hacer lo que debe hacer, que el mundo está hecho de compromisos y fidelidades, para consigo mismo y para demás. Que si se hace así no hay mucha diferencia entre aquel que coge todas las mañanas un autobús para ir a trabajar y aquel que coge otro autobús para llegar a la siguiente ciudad y cantar allí, en un estadio, polideportivo, festival, en las fiestas del condado o, como ha llegado a hacer Dylan, en la feria de ganado de la comarca. Es una verdad incómoda –pues nos sigue molando la fascinación del genio– pero es la única manera. En el cantante de jazz,  y no en Dylan, está la lección: que la vida trata de, hagamos lo que hagamos, “cargar”, de día en día, de ciudad en ciudad, con nuestra verdad. 

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Ensayos


lunes, 3 de julio de 2017

HACIA EL ARTE POST-CONTEMPORÁNEO O LA ENÉSIMA MUERTE DEL ARTE: SOBRE ARMEN AVANESSIAN

 
I

Sin duda que uno de los textos más interesantes que han circulado por la red en este último mes es la entrevista de María Muñoz publicada en a-desk a Armen Avanessian, filósofo austriaco nacido en 1974, referente del realismo especulativo y que parece que lleva unos años aplicando dicha teoría filosófica de ultimísima hornada (2007) para concretar la posibilidad –y necesidad– de dar por acabado el arte contemporáneo. En esta labor, una de las frases que más destacan en la entrevista es esa donde apunta sin remilgos que “el arte contemporáneo ha llegado a su fin”.
En sus análisis parte del hecho de que arte contemporáneo y capitalismo se han dado la mano hasta el punto de que el desarrollo de uno ha significado el boom del otro. Así, opina que el capitalismo no es simplemente el mercado o la economía, ni tiene que ver únicamente con el consumo o con el dinero –“el capital es una relación social, cambiando permanentemente el equilibrio de poder”[i]– y que el periodo de trasformación por éste sufrido en las últimas décadas “coincide con la historia del arte contemporáneo como género o concepto carente de la orientación temporal que fue característica de las vanguardias históricas y los movimientos de arte moderno, cada uno de los cuales afirmaba la posibilidad de progreso (social) futuro como una constante en el presente”[ii].
La cuestión que él subraya es que si hasta ahora el capitalismo y el arte –dentro del paradigma conocido como “contemporáneo”– han unido esfuerzos ya que ambos, de una u otra manera, encuentran su temporalidad en una noción extrema de progreso sustentada en una futurabilidad que se intenta conquistar y que a cada paso parece más cercana, los últimos desarrollos del capitalismo han terminado por fundir esta ecuación. La razón no es otra que el hecho de que el capitalismo ha logrado definitivamente su meta: adelgazar ese tiempo-futuro hasta el mínimo, hasta el hecho de ese futuro es ya tiempo-presente. Es decir, su idea motriz es que estamos ya de pleno en el reino de lo “post” y que ya es hora de que este prefijo se conjugue con el paradigma del arte contemporáneo para saludar a una nueva época: el arte post-contemporáneo. Este nuevo paradigma o régimen estético se caracterizaría por finiquitar ya la época del simulado apoyo a las tesis del capital y ayudarnos a “entrar en una sociedad post-capitalista más que acompañar pasivamente a la gradual y cada vez más ubicua aproximación a las condiciones de la post-democracia”[iii].
Para este proyecto, se apoya en el concepto de aceleracionismo: no se trata ya de seguir empeñado en encontrar una veta por donde huir del propio sistema ni tampoco de sentarse inocentemente en el sofá a ver cómo se desarrolla todo sino, de una vez por todas, tomarle la delantera al capitalismo en las estrategias comunales de reapropiación del sentido, las identidades y los flujos. Dicho de otra manera, se trataría de implicarse en los procesos a-sincrónicos en los que se juega ahora el capitalismo para “acelerar” el proceso entrópico del sistema y así lograr un efecto real de la teoría desasiéndose de posiciones enquistadas que lo único que hacen es continuar enfangadas en una noción clásica de la temporalidad que la hace impotente a la hora de lograr efectos de resistencia o de disidencia. Ante la pregunta de cómo la teoría puede lograr efecto en el mundo, la contestación de Avanessian es muy sencilla: solo haciéndola ir más rápido.
Si capitalismo y arte contemporáneo aúnan fuerzas para que sigamos retenidos en una escena ideológica donde el tiempo trascurre de atrás hacia adelante y a una velocidad acelerada pero nunca con el riesgo de hacer implosionar la propia escena, Avanessian cree descubrir la brecha temporal en el mismo centro del tardo-capitalismo actual –el hecho de que el futuro se haya convertido en el más actual de nuestros presentes– y, con ello, la necesidad y oportunidad de que el arte abandone su impotente paradigma contemporáneo  para pasar a otra cosa.
 
En este sentido, que “el pasado es impredecible” es una conclusión de Quentin Meillassoux –uno de los popes del Realismo Especulativo– que el filósofo austriaco suscribe y que le sirve de disparadero: “hoy mucha gente piensa que tenemos dificultades en tomar el control porque todo se mueve muy rápidamente. Mi hipótesis, sin embargo, es que la naturaleza del tiempo ha cambiado profundamente y que todavía no hemos aprendido a tratar con esta asincronía; con el hecho de que el tiempo no viene del pasado sino que se mueve hacia nosotros desde el futuro. (…) Creo que vivimos en un paradigma derivativo; la estructura y el ritmo de los algoritmos de negocios de alta frecuencia determinan la naturaleza de nuestro tiempo. La cuestión es qué tipo de agencia todavía tenemos como artistas y filósofos bajo estas condiciones”[iv].
En definitiva: se trata de implicarnos en la inversión temporal que el capitalismo lleva a cabo, acelerando para ello el nivel de implementación y territorialización del capital y así adelantarnos a sus pronósticos coercitivos-desiderativos y poder incidir en el campo de lo efectivo-real. Y, para tal tarea, para esta inmersión en una temporalidad heterocrónica y a-sincrónica, el arte contemporáneo no vale porque su tarea, por mucha crítica que se ponga en su labor, por mucha gestualidad disruptiva a la que de pábulo, no deja de estar sujeto a un engranaje ideológico y a “la idea que hay un completo, enfático y total Ahora, en la cual el capitalismo, en su adicción a las experiencias, está constantemente haciéndonos creer” y que hacen del arte, de su dispositivo de exposiciones y bienales, pura ideología.
Dicho todo esto –y con la brevedad que este texto exige– y habiendo estudiado con Rancière en París, sin duda que la noción de régimen estético de este último y la posibilidad que bajo este grupo de premisas existe de pasar a otro régimen post-contemporáneo del arte, está entre los puntos de miras del joven filósofo vienés: “el arte contemporáneo entró en escena cuando la financiación especulativa y el nuevo capitalismo liberal tomaron las riendas ya a finales de los años 1960, principios de los 1970, y nuestro objetivo es encontrar una alternativa”.
Pero, ¿hay posibilidad efectiva de pasar a otra cosa? “El potencial, señala, está en que todavía hay alternativa”. Y ahí mismo empiezan nuestras dudas. ¿Se trata del enésimo iluminado o de la concreción real de que el arte contemporáneo, emplazado en una innegable impotencia, es un paradigma ya caduco incapaz ya de encontrar esa “distancia estética” con la que abogar constantemente por un recorte de los espacios, los tiempos y las competencias?
Antes que nada señalar que su propuesta es de calado pues sus tesis se conjugan con la corriente filosófica del correlacionismo –del ya citado Meillassoux– según la cual objeto y sujeto deben de relacionarse de otra manera lejos ya de la primacía que desde Kant tiene el entendimiento humano. Es decir: de lo que se trata no es de una queja edulcorada sobre las posibilidades del arte sino de una involución en el pensamiento filosófico que trata de alejarse del giro antropológico que ha marcado el desarrollo de la filosofía en los últimos siglos. Para esta corriente en la que Avanessian cifra muchas de las posibilidades de un nuevo desarrollo del arte existe una realidad más allá de la percepción del sujeto: las ciencias experimentales o la computación logarítmica son ejemplos de que no toda la capacidad de percepción del hombre pasa necesariamente por sus sentidos y de que la realidad es autónoma frente a las capacidades lógicas del ser humano. Este punto se nos antoja, tanto para bien como para mal, fundamental pues concretiza que para Avanessian y compañía el presumible aniquilamiento del arte contemporáneo lleva parejo una dejación de toda filosofía de corte idealista, aquella que, recordemos, está en la base del nacimiento, desarrollo –y dicen que también muerte– del arte. Y es que, de no mediar esta nueva consideración programática de la filosofía, de no fraguarse en los entresijos de un nuevo programa filosófico, estaríamos sin duda ante una recaída en el reaccionario e ideológico mito de la “muerte del arte”.


II
No obstante y pese a la profundidad metodológica que las consideraciones de Avanessian conllevan, pese a tratarse de un verdadero cambio de paradigma en el que están implicados varios enfoques –Neo Racionalistas, Xenofeministas, Izquierda Aceleracionista, Materialista Especulativo, Neo Materialismo, Naturalista Especulativo–, toda esta efervescencia se nos antoja una condición necesaria pero no suficiente para concluir el advenimiento de ese arte post-contemporáneo que de modo tan optimista proclama.
Que el arte contemporáneo sobrevive preso de sus propios fantasmas y que el modo –vía hiper-institucionalización– con que trata de exorcizarlos no es la estrategia más capaz es cierto; que el arte contemporáneo ha quedado pinzado en una escena contemporánea donde la impotencia y la ideología son los polos que lo devoran es también cierto; que el tiempo cronológico ha terminado por desquiciarse y que pasado, presente y futuro no están ya perfectamente objetivados en el triple despliegue de la temporalidad es ya algo también de sobra conocido. Más aún: dado este conjunto de premisas lo más conveniente es tomar una distancia metodológica con las consignas del arte y lo más sabio es proponer una epojé estética a modo de increencia en el arte tal y como practicó, por ejemplo, Brea. Pero ninguna de estas obviedades ha de servir de detonante con el que saludar a una nueva época o paradigma sino, más bien todo lo contrario, constatar con más fuerza la necesidad de sus premisas
Y es que el problema estriba en no conocer del todo la esencia del arte en su devenir contemporáneo. Porque no, no tiene ninguna razón Avanessian al dar carpetazo al arte contemporáneo definiéndolo como si de una etiqueta epocal se tratase. Si sostiene que el arte contemporáneo “apareció como respuesta a una nueva lógica precisamente de producción y distribución de arte”, se queda solo con la mitad del pastel. Porque si eso es cierto, si el arte contemporáneo pasta en el epicentro de “elementos que se interrelacionan inevitablemente: ferias de arte, grandes galerías y su impacto y la producción en masa de artistas que salen de universidades y academias de arte”, más cierto aún es que el arte se llama contemporáneo, adviene a plegarse a este paradigma, precisamente por el hecho de que es capaz de subvertir la lógica de la presentabilidad desde el que hasta entonces se había fraguado el arte, porque es capaz de entrar en relaciones diacrónicas y heterocrónicas con el propio tiempo presente en el que la obra es producida. Dicho de otra manera: el arte es “contemporáneo” porque hace justo aquello que Avanessian reclama como utópica posibilidad a aquel otro paradigma llamado post-contemporáneo. De este modo no hay que esperar a la superación del arte contemporáneo sino a su efectivo cumplimiento, desplazando entonces la cuestión al porqué el arte contemporáneo no cumple las propias expectativas con las que fue saludado.
La cuestión pudiera parecer la misma o su más lógico desarrollo –si el arte contemporáneo no cumple sus expectativas es porque hemos de pasar a otra cosa– pero es diametralmente opuesta: lo cuestión es pensar, seguir pensando cuales son las condiciones que hacen que el arte contemporáneo no de cumplimiento a su destino. Y más aún: si su destino no es otro que no cumplirlo nunca en absoluto. Es un pensar difícil y esquivo ya que, en este no acudir nunca a su cita, el éxito del arte pudiera –y de hecho así es– coincidir con su más rotundo fracaso.
 
En último término, y por muy novedosas que puedan ser algunas de sus propuestas, no hay nada que superar, no hay ningún estadio detrás de nuestra escena. Acabamiento, superación y destino son tres pistas que nos ponen en la senda de nihilismo como destino propio de nuestra contemporaneidad. Y, de igual manera que el nihilismo no es superable, que se trata de un acontecimiento epocal sobre el que se sostiene nuestra cultura, el arte contemporáneo, heredero directo de la estética idealista, da nombre a un régimen de arte determinado sobre el que se conjugan la pluralidad de antinomias y contradicciones que conforman nuestra época. El arte podrá moldearse sobre un conjunto determinados de nuevas contradicciones –ahí donde la comunidad, el sujeto y el sentido toman forma– pero hasta que nuestras vidas no queden emplazadas en su inane mediocridad, mientras no dejen de ser laceradas en la alienación de un paisaje que ya es cotidiano, no hay impulso suficiente para dejar atrás nada pues, quien nos dice que no volverá a pasar, la senda de una razón dogmática y violenta es cada vez más amplia.  
Como poco hay que conocer que si el arte contemporáneo utiliza los mismos mecanismos de legitimación que luego critica –el mercado, el fetiche, etc– eso no significa que no esté haciendo su labor de mostrar el conjunto de contradicciones sobre el que se asienta nuestro sistema. Más aún: es la única forma que tiene de hacerlo; es solo en el desplazamiento dentro del régimen cultual y exhibitorio como el arte logra desasirse del reino de la presencia. Quedará por ver, y ahí sí que cabe juicio, qué efectos desestabilizadores ha generado, que impotencias ha destapado, que reteritorialización nueva –siempre del capital– hay que mapear y señalar ya como terreno perdido.
Que actualmente, como apunta Avanessian en la entrevista, cualquiera puede ser capaz de producir y exhibir más imágenes de las que hasta hace un par de décadas han sido creadas es un hecho que el arte contemporáneo no solo sabe sino que ha tenido que incluir en el conjunto de sus presupuestos. Además, este hecho puede ser pensado como catalizador de nuevas sensibilidades, de nuevas formas de socialización e individuación. Pero sobre todo estas novedades tecnológicas no están llamadas a proponer ningún nuevo paradigma ni ninguna superación sino a forzar al arte a realizar su destino: a entrar en relación con el no-arte, a mostrar las trazas ideológicas que conlleva la implementación de dispositivos iconográficos a escala mundial. Es decir: a llevar al arte contemporáneo a su cumplimiento. “Personalmente estoy más interesado en un arte que no produzca imágenes nuevas y en el caso de que lo haga, éstas se centren en el efecto que tienen en la red de distribución de la economía de tensión”, apunta el austriaco: nada más lejos de los intereses y preocupaciones del arte contemporáneo.
Si el arte es contemporáneo –y parece mentira que haya estudiado con Rancière– no es porque la tecnología inaugure una nueva lógica de la sensibilidad. Lo es porque en su proponerse muestra precisamente esas heterocronías del tiempo implosionado donde acontece el capitalismo. Pero, claro está, para hacerlo, para ser capaz de insertarse en la dialéctica temporal del capitalismo, tiene que correr el riesgo de quedar licuado por las fuerzas del propio capital, de quedar chamuscado en el efecto de fetichismo sobre el que debe de proponerse, de no ser, en definitiva, nada más que una obra de arte.
Más bien al contrario: quien sabe si esa querencia hacia el acabamiento y la superación no supone la más insidiosa de las letanías: aquella que se empeña, por una parte, en subrayar la inminente catástrofe, la agonía de un tiempo de prestado en el que nos contentamos con sobrevivir y, por otra parte, insiste en buscar una utopía, una esperanza, una salida a nuestra enfermiza vida de prestado. Y la hay, seguro que la hay: pero ella no vendrá de tomar una alternativa en el núcleo paradójico donde se asienta el arte –o reabsorción en los mundos de la vida o reconversión en fuerza política de resistencia y emancipación– sino en pensar ambas al mismo tiempo, mantenerse en el infrafino de la problemática sobre la que el propio arte se asienta. Es decir: mantenerse fiel al nihilismo, único acontecimiento epocal, noche sobre la que nunca llega la aurora, desierto detrás del cual solo hay más desierto.
 Más bien al contrario: quizá sea ahora que las formaciones disruptivas del arte se confunden y son indiscernibles con estrategias del propio capital; quizá sea ahora que el pliego de contradicciones se eleva a la enésima potencia y que el arte deambula como indolente en la fractura de su impotenica e inanidad, que hemos de estar más despiertos que nunca a interpretar el sismógrafo que el arte –pese a quien pese– sigue siendo. Nuestra epoca es agónica, mediocre, las contradicciones apenas dejan espacio para la implantación mancomunada de acoso y derribo. Y al mismo tiempo nuestra época es fascinante y fastuosa, una epocalidad transida por la inminente posibilidad de hacer implosionar al escena. Pero precisamente por esta ambivalencia hemos de mantenernos en la indecibilidad que el propio arte nos muestra: ni más acá de su acabamiento ni más allá de su superación, sino simplemente en el infrafino de una suspensión disyuntiva.
Quizá esa nueva metodología filosófica que practica Avanessian y compañía no es sino el logro de expresión de un pensamiento que se sustrae a la presencia: pero ahí entonces no solo el arte estará en su post-contemporaneidad sino que el sistema mismo que marca nuestra época habrá virado en redondo.
Pero mientras tanto, y ante las dudas que nos asaltan, preferimos constatar lo necesario que para el arte es seguir explorando los límites antinómicos y aporéticos de sus propios fundamentos: seguir, como dejó apuntado Brea, “ejerciendo su presión negativa, deconstructiva, sobre el mismo paradigma que le da forma, que persevere en la exploración de las lindes problemáticas que a la propia experiencia creadora de lenguajes le ha sido otorgada como legado de una experiencia radical”.




 




[i] http://dismagazine.com/blog/78332/tomorrow-today-armen-avanessian/


[ii] http://dismagazine.com/blog/78332/tomorrow-today-armen-avanessian/


[iii] idem


[iv] http://www.spikeartmagazine.com/en/articles/interview-armen-avanessian

martes, 13 de junio de 2017

EMI ANRAKUJI: LO QUE DUELE UN CUERPO

EMI ANRAKUJI: 1800 MILLIMETRES. IT’S THE SIZE OF MY BED
GALERÍA BLANCA SOTO: 09/06/17-09/07/17

Si suele decirse que lo siniestro remite a ese extrañamiento producido por aquello que es de sobra conocido, el cuerpo suele ser lugar común para semejante epifanía. Todo radica en esa extraña ilación que se genera entre el pensamiento y aquello que consideramos, en toda la extensión e intensión de la palabra, como mío: mi casa, mi hogar, mi cuerpo. Es tanta la cercanía con que estos suelen ser tratados que el pensamiento encuentra la falla apenas trata de establecer una distancia. Porque es ahí, en el desdoblamiento en objetividad de una subjetividad casi inherente donde surge lo siniestro, esa extraña sensación de ajenidad de lo que es radicalmente propio. Pero también lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado: el punto límite, ahí donde la belleza traspasa el umbral de lo no-velado para imprimir el sello de lo terrible e insoportable.
Son estas dos acepciones de lo siniestro sobre el que pivota el trabajo de la artista japonesa Emi Anrakuji (Tokio, 1963): el cuerpo como lugar de extraña ajenidad pero también como lugar donde la belleza y lo terrorífico comparten frontera. Porque Anrakuji fotografía su cuerpo pero de forma fragmentada, enajenada, evitando desvelar demasiado; y lo fotografía porque, de alguna u otra manera, su relación con él está en conflicto. A pesar de que, como decíamos, el cuerpo es ahí donde bien puede decirse en toda su propiedad “mío“, donde el yo se pliega en la decantación de una identidad, la enfermedad ha hecho que la relación mediata y fenomenológica que con él se establece quede fracturada, enajenada y, por tanto, objetivada.
 
 
Cuerpo y pensamiento, lo bello y lo trágico, el todo y el fragmento, velar y desvelar: es esta la serie de paradojas que la artista establece de forma intuitiva para poder experimentar cierta catarsis. Porque es esta la labor con que Anrakuji dota al arte: no silenciar la fractura ni muchos menos aún hacerla llevadera; no reconstruir una identidad problemática reflejándose en el espejo de la fotografía (Lacan) ni facilitar una narración donde el yo desgajado encuentre acomodo (Freud). Para la artista japonesa se trata de una catarsis como diapasón desde donde mostrar más genuinamente quienes estamos siendo: la fragilidad del cuerpo y los deseos que le laminan, la costura que simulamos para poder dotarnos de una mínima identidad. No hay ni meta a la que llegar ni estado que adquirir: se trata simplemente de una exploración visceral al yo a través del cuerpo, de la exploración de fogonazos a través de los que subvertir la situación de sufrimiento en la que Emi dice estamos sumidos pero sabiendo que es solo en la alteridad donde puede encontrarse el sentido.
Postrada en cama durante diez años a causa de un tumor cerebral, Emi des-subjetivó el cuerpo dotándolo de una objetividad excesiva (ahí donde hemos indicado surge lo siniestro): sin ningún otro en el que reflejarse, su cuerpo se convirtió en pantalla donde, al mismo tiempo, ver y verse, contemplar y contemplarse, comprender y comprenderse. El logro estético de sus fotografías está en caminar con maestría por la cuerda floja que separa estos ámbitos haciendo de sus obras ejercicios de funambulismo donde lo paradójico viene a converger: entre la disección entomológica y lo erótico, entre lo que se ve y lo que no se ve, entre lo objetivo y lo subjetivo, el trabajo de Anrakuji transita por una extraña inestabilidad. Su cuerpo es paisaje y ventana, imagen y dispositivo. Objeto que mira y sujeto que es contemplado.
 
 
         Sin embargo, en el ‘entremedias’ de todos estos senderos, en la eclosión catártica del fogonazo fotográfico –un fogonazo que dice ella dura 10 segundos– no hay lugar para el optimismo. Esa alteridad a la que antes hemos aludido entre la negatividad con que contempla la existencia y el optimismo de algún placer mínimo no da como resultado el filtrado de ninguna esperanza duradera. Solo, señala en alguna entrevista, seguir, continuar: “estamos vivos, dice la artista, sólo porque somos capaces de encontrar pequeñas felicidades o esperanzas entre estas vicisitudes”. En la vida y en el arte, sin influencias ni teorías: solo seguir en busca de algún instante de beatífica placidez.
Ese es el gesto sobrecogedor de Emi: que su arte es como el ejercicio incesante y continuo de lanzar botellas al océano sabiendo que si bien no hay lugar al que llegar –igual que no ningún hogar ni ningún cuerpo al que poder decir ‘mío’– sí que puede, cada espectador, ponerle rostro, su rostro, a las fotografías de Emi. Por eso su rostro nunca parece en ese cuarteamiento del cuerpo que son sus fotografías y por eso dice, aludiendo a pequeños placeres como una puesta de sol o el reflejo de la luz de la luna, que “como la conciencia colectiva inherente en estas cosas, mi trabajo no trata sobre mí –trata también sobre el ‘tú’. Y ‘tú’ –añade– seguramente te has dado cuenta de esto”.

viernes, 26 de mayo de 2017

EUGENIO MERINO: TRES FUNERALES Y UN CADÁVER EQUIVOCADO

 
EUGENIO MERINO: AQUÍ MURIÓ PICASSO
ALIANZA FRANCESA (MÁLAGA): hasta 28/07/17
(texto original en 'arte10': http://www.arte10.com/noticias/Eugenio-Merino-Picasso.html)

Fiel a su talante polémico, Eugenio Merino ha formulado la mejor crítica que a la reconversión de Málaga en parque temático dedicado a Málaga puede hacerse: ofrecer lo único que falta, el propio cadáver de Picasso. Obviamente que la propuesta se beneficia del propio impulso picassiano que denuncia y que de ahí pueden verse puntos débiles. Pero, sin embargo, la obra –“cadavérica”, “mortecina”– permite rastrear varios puntos nodales –e ideológicos– del arte contemporáneo.

Me hubiese gustado titular este texto como Once tesis sobre el arte contemporáneo. Pero vista la delgada densidad de la realidad, con una sola tesis basta y sobra: el arte es una formación social y estética cuya impotencia queda manifiesta debido al régimen mediático de exhibición y producción; este régimen fagocita toda disposición social efectiva al ser ésta licuada por el espectáculo que lo cataliza y que, en último término, le da forma. Dicho de otra manera: nada nuevo bajo el sol. El arte se debate entre los dos polos que le devoran poco a poco: si por un lado su pulsión estética es prácticamente nada ante el potencial de las formas del diseño y el divertimento; por otro lado, su polo social –en tanto que fait social– ve cómo es anulado a cada paso por la nadería circense en que el régimen escópico actual, ávido de caramelos que llevarse a la boca para llenar el tiempo vacío en que vivimos, lo reconvierte.

Así entonces, es a contrapié como sobrevive el arte, sin estar nunca muy seguro de a qué carta quedarse. Si dejarse subyugar por cantos de sirena que le llegan del mundo del espectáculo en tanto que forma administrada de realidad, o si intentarlo una vez, alguna vez más, aún a sabiendas de que su intento será, como mucho y en el mejor de los casos, indiscernible de cualquier patochada en la pantalla global. Porque, incluso, la clásica formulación dialéctica que sostiene que la tarea del arte sería precisamente mostrar la inviabilidad de su proyecto emancipatorio es ya sospechosa: ¿nos muestra su inanición como esqueje de las formaciones de poder que asolan nuestra realidad o, por el contrario, no ha hecho sino metamorfosearse, el arte, en una de ellas ofreciéndonos mercancías inanes que, filtradas por la pantalla ideológica del propio arte, creemos capaces aún, ilusoriamente, de algún disenso?


La obra de Eugenio Merino se sitúa en estos territorios de lo indiscernible dudando siempre si, a efectos prácticos, lo suyo es arte, una bufonada o simplemente de una caradura indescriptible. Pero si nuestra tesis es acertada si, como suele decirse, cada época tiene los artistas que se merece, lo cierto es que Merino no hace sino situarse con esta obra en el límite fronterizo donde el arte trasmuta en chorrada. Y eso, enarbolando esta tesis única que da cuenta de lo bulímico del arte actual, es un logro.

Como poco, el cadáver picassiano nos remite a la triple tipología con que muerte y arte han ido fraguando su idilio en los últimos siglos: muerte del arte, del artista y del espectador. Lo que sucede es que, fiel a los tiempos que corren y que dan como resultado del arte contemporáneo un campo perfectamente predecible, el triple despliegue de esta muerte nada tiene de dialéctico sino, más bien, de mediático.

Y es que a fin de cuentas es ese régimen mediático el que ha terminado con anular cualquier mínimo ejercicio de resistencia estético. El impulso mediático que como vehiculador de una nueva forma de aura ha servido de pantalla desde donde –y a través de la cual– el arte ha ido desplegándose en esa doble vis de fait social e instancia estética, ha terminado por claudicar, por cerrarse en banda: por, en definitiva, anular toda distancia –escópica, estética– desde donde el arte planteaba su metodología crítica. Ahora mismo las lógicas del capital administrado han acelerado su velocidad para que, de hecho, no haya límite: ni para la mirar ni para el deseo. Todo puede ser visto porque todo puede ser deseado. Cerrándose en una esfera inmanente donde la imagen no es ya señalada por lo que representa sino por el simple y mero hecho de que es, el hecho es que vivimos en la imagen, sin límite alguno más que la angustia que nos produce el que alguna vez, alguna imagen, sea la última.

En este requerimiento ante una pulsión escópica que en tanto que ideología le promete al arte los réditos que de otro modo nunca tendría, éste, el arte, queda domesticado dentro de las coordenadas que el capital necesita para su progresiva implantación global. Fusionándose con las necesidades del capitalismo, el arte ha encontrado su perfecta razón de ser dar de comer a aquel que, al tiempo, le mata lentamente de hambre. El arte, engalanado como acontecimiento de esos que “hay que ver”, discurre como un campo de bombas lapas donde, solo aparentemente, parece que hay algo que ver: la efemerología, el bienalismo y la hiper-institucionalización, son las tres patas del banco desde las que el arte ejerce su magisterio.


Ahogado todo el arte español de este año 2017 por el aniversario del Guernica, alimentado ese mismo arte por burbujas artísticas como la de Málaga, los astros se han compinchado para tener a Picasso en el ojo del huracán. Además: el post-impresionismo y el genio malagueño es lo último que, para la inmensa masa profana que va de un lado para otro consumiendo acontecimientos, puede ser saludado aún con arte sin dudarlo un instante. El resultado es que la ciudad de Málaga se ha reconvertido en los últimos años según la imagen que destilan de Picasso, disponiendo todo tipo de entretenimientos, de ocio y de cultura, donde se puede ver TODO lo referido a la vida de Pablo Picasso. Y eso que sólo vivió allí hasta los diez años y que a los veinte fue la última vez que se dejó ver. Es decir: un bulo considerable.

Lo que Eugenio Merino ha hecho es, simplemente, cerrar el círculo: hacer posible que el turista desnortado que generalmente puebla estos saraos puede verlo TODO y que se lleve a casa eso que busca: una experiencia inolvidable, un selfie con el cadáver de Picasso. Y es que podrá gustar más o menos, podrá vérsele más o menos las costuras y ser criticada la propia instalación como boutade que no añade nada al peso crítico que el arte necesita para su resurgimiento. Pero no es así del todo: y es que, pensamos, la broma de Merino remite en última instancia a la necesidad de un nuevo aura, un aura no ya como presencia de una lejanía sino como inmediatez de lo hipervisual. Es decir: es todo un truco. Si en una primera interpretación todo puede ser explicado alrededor de las muertes que se van desplegando (del artista, del arte, del propio espectador), en un segundo nivel la obra habla de que ante tales “muertes” no se debe echar el enésimo lloro ni mucho menos aún poner el grito en el cielo, no se debe uno rasgar las vestiduras y darse al agorerismo, sino, mucho más radical aún, tomarse tales muertes en serio.

Sí: Picasso murió y nuestro problema es que no lo superamos. Con una querencia mitológica hacia la mistificación del genio, nos enredamos en nimiedades y encima tenemos los bemoles de echarle la culpa al arte o al artista. La cuestión es comprender que la inserción dentro de la producción artística de medios de reproducción hiper-mediática no va en la línea de, anulada la lógica de unos conceptos como el de original, autenticidad o autor, proceder a dinamitar el concepto de arte, sino la continuación de ese mismo rasgo aurático solo que bajo otros condicionantes, provocando desplazamientos en el proceso de significación de la obra, de la emergencia de su sentido y, sobre todo, arruinando –eso sí– toda noción estable de obra de arte.


En definitiva: una lectura atenta de la propuesta de Merino es la que nos dice que debiéramos pasar a otra cosa y superar, de una vez por todas, nuestro duelo una idea ciertamente romántica del arte. Eso nos permitiría decir que el cadáver, ahora sí, era el equivocado: ni arte, ni artista ni espectador han muerto, sino que se han transformado a raíz de las necesidades que el estadio actual del capitalismo requiere. Y ello, igualmente, posibilitaría una superación por elevación de toda una red de antagonismos que va tejiendo una trama con la que el arte aún guarda su parcelita de poder: la de aquellos que desprecian el arte contemporáneo por incomprensible prefiriendo rendirse a la peregrinación mausolística del genio frente a aquellos otros que desde posiciones elitistas desprecian precisamente ese comportamiento paniaguado de la masa sin saber que es su mismo gesto clasista lo que lo permite. Y, por último, acabaría con esa idea regulativa y sumamente ideológica de la “muerte del arte”: una idea donde se condensa la propia dejadez del arte –trasmutada falsamente como mera ‘imposibilidad’– para mutar sus propuestos y condicionantes.

Por tanto ni velar su cadáver ni esperar una resurrección. Debemos abandonar nuestra posición de plañideras oficiales y también desligarnos de toda formación utópica que pretenda canalizar el arte. En suma: superar el duelo sin dejarnos llevar por banderola con nos guíe los pasos (ejemplos de estos que han acabado en totalitarismos ya hemos tenido bastante.

¿Cómo hacer eso? No sabríamos decir. Por de pronto teniendo en cuanta que esta obra de Merino va “contra” todos: no solo contra la masificación de un arte trocado en divertimento y ocio, sino también contra quienes no dejan de rasgarse las vestiduras contra la banalización del arte actual, sollozando por un mundo pasado que nunca volverá y soñando con algún tipo de superación. Y es que solo así, dejando tales polarizaciones, podremos dejar al arte libre de ataduras y ser fiel a los requerimientos que la ideología escópica actual pudiera demandarle. 

viernes, 12 de mayo de 2017

ECUADOR Y MÁS ALLÁ: LA COMUNIDAD COMO RESTO MÍTICO


HACIA DONDE OLMEDO MIRADA
GALERÍA PONCE+ROBLES: hasta el 19/05/17

Si esta exposición nos viene que ni al pelo es porque, sin ser considerada política, nos remite mejor que otras muchas exposiciones al núcleo donde lo político germina y vertebra la comunidad. Porque político –lo hemos dicho muchas veces– no consiste en enarbolar la bandera de la justicia, en mostrar los detritus que va dejando atrás la maquinaria del progreso y del capital. Político, en el arte, habría de remitir a ese nudo donde la política comienza su ejercicio: al hecho constitutivo y constituyente de fragmentar la sociedad a través de antagonismos, de minar el campo de lo social para hacerlo implosionar en dos grupos –los amigos y los enemigos, los buenos y los malos, los unos y los otros.   

Y es de esto de lo que trata esta exposición: de que veamos el rasgo cuasi mítico que anida en toda formación antagonista. Porque, por muy modernos que nos creamos, por mucha racionalidad que le pongamos al asunto, la generación de los pares antagónicos viene dado por la vehiculación de significantes vacíos creados por fuerzas mitológicas e irracionales, por acontecimientos mínimos capaces de congregar en torno suyo una gran fuerza de semantizar amplios espectros de los social.

            Esto es lo que sostenía Levi-Strauss en su explicación estructuralista del mito y que más tarde sirvió para que el post-estructuralismo tomase mando en plazo alrededor de la idea de que, de hecho, los significantes nunca reposan sino que son más bien nómadas, atrapados en una fluídica capaz de deslizar todo el sistema de significación, sin otro origen más que el pudiera fundamentarse mitológicamente. Y esto, el ejercicio del antagonismo como germen de la política, es también lo que ha puesto en la palestra –y vinculado a los populismos– José Luis Pardo en su ensayo Estudios del malestar: en el ejercicio de la política en tanto que populismo es ahora moda el tratar de romper el consabido “pacto social” de Hobbes debido a que de él penden restos mitológicos y de “intereses creados” que lo hacen, dicen ellos, inservible, sin saber que el querer retrotraerse a un origen previo –a la autenticidad de la política– es algo más mitológico e irracional aún.


En este sentido, lo interesante de la exposición es que muestra cómo este significante vacío, nómada y antagónico es construido aún hoy en día a través de acontecimientos no ya mínimos sino cargados de ironía, perplejidad y, sobre todo, con la capacidad de poder ser resemantizados a cada tanto para usufructo de determinados intereses. El punto de partida que ha tomado Pily Estrada –comisaria de la expo– para esta propuesta es una serie de polémicas menores en torno a una estatua de José Joaquín de Olmedo (primer presidente de la Provincia Libre de Guayaquil, emancipada antes que incluso que Ecuador) que aún en los absurdos debates que generó se erige como monumento con reiterada capacidad para la vertebración de antagonismos.

Primera polémica: la ciudad de Guayaquil comisionó un monumento a su figura con ocasión del centenario de su nacimiento. A su regreso de Francia, la comisión presentó un monumento con un parecido bastante sospechoso a Lord Byron. Unos diciendo que no, otros diciendo que sí, la polémica atraviesa la historia de la ciudad. Segunda polémica: más de cien años después, en el 2000, la estatua es trasladada a la nueva zona del Malecón naciendo una nueva diatriba: colocar a la estatua de cara a la ciudad o al río Guayas.

La conclusión que saca la comisaria de todo este asunto presto a la rumorología es que, como señala en la hoja de sala, no importa mucho quién es, qué hizo o hacia donde mire La cuestión es que “amamos imaginar al héroe” y eso nos basta: para construirnos una memoria, un país, una historia, una identidad. Y es alrededor de esta idea –idea que de hecho debiera funcionar como epicentro del quéhacer artístico en tanto que capaz al mismo tiempo de mostrar lo ideológico de toda toma de posición política sin por ello dejar de mancharse las manos en busca de un futuro mejor– desde donde la comisaria ha reunido a un de artistas ecuatorianos para que den forma a esta intuición fundacional y fundamental del arte.


            Todas las obras presentes aluden de una manera u otra al proceso de creación de una sociedad, a la red de hazañas inútiles que nos atestiguan como identidad, a la nimiedad desde la que puede constituirse un héroe, a la necesidad de cargar con un pasado y volver a él para ser alguien, a lo estrafalario de las pulsiones que nos cohesionan y nos separan, al ir y venir de historias reinterpretadas y traducidas que configuran el espacio público. Es decir: a la ficción mitológica en que toda formación de sentido recae. El resultado: una estupenda exposición que nos muestra el reflejo invertido, deformado y desplazado que de la comunidad –en tanto que ente político y social– debiera siempre proponer el arte.

miércoles, 3 de mayo de 2017

ENRIQUE RADIGALES: NATURALEZA Y TECNOLOGÍA


ENRIQUE RADIGALES: EL EFECTO JÜRGENSO
GALERÍA THE GOMA: 16/03/17-18/05/17

Al acceder a la página web de Enrique Radigales un mensaje aparece hasta que la información termina por cargarse: transcendental technology. Pasando desapercibido en un primer acceso, el mensaje cala ya desde el segundo intento. Y es que pocas veces un artista resume tan bien sus intereses y el sentido en el que estos operan. Tecnología trascendental: no –y aquí está el valor en alza de este artista– en el intento desnortado de hacer de la tecnología el trampolín con el que alcanzar utopía alguna sino, y más bien en sentido kantiano, en cuanto que reflexión acerca de las condiciones de posibilidad de la propia tecnología.
Es decir, si Radigales utiliza la tecnología no es para apuntar a ese destino post-utópico que se nos dice habita detrás de ese mundo inmaterial, trasparente e higiénicamente sobrevenido que es el que viene auspiciado por la tecnología, sino como un ejercitarse en la frontera de ambos regímenes, en el ínterin donde lo analógico y lo tecnológico comparten aún una misma fundamentación. Y es que es ahí, en el espacio donde dos regímenes de realidades se solapan, donde la técnica muestra tanto la radical apertura que en cada caso inaugura como la perversión maquínica con la que opera. Es decir, donde a cada paso parece que hay que elegir entre, y tomado aquí la jerga de Heidegger, una “técnica-como-explotar-provocante” y una “técnica-como-desocultarse-poético”.
Pero más grave aún que esta ambivalencia redención/condenación que la técnica instaura en nuestro mundo, está el descubrimiento que hizo Benjamin y lo que a la postre hace de él un teórico del arte de primer orden casi ochenta años después: que no somos nosotros los que elegimos una de las dos caras en las que se resuelve lo técnico sino que es el propio destino el que se da ya dentro de lo técnico. Es decir: fue él quien vio que más que tensiones dialécticas en el seno de la separación del trabajo que la producción de la obra generaba, lo que mejor capacidad tenía para apuntar a una cierta emancipación era la modulación de grandes montantes de sensación canalizadas por los nuevos modos de reproducción. Es a esa modulación tecnificada de la sensibilidad a lo que se llama capitalismo. Y es ese, el capitalismo, nuestro destino en tanto que tecnologización de nuestros mundos de vida.
 
 
Dicho todo esto, la única relación válida del arte con la técnica no es aquella que merodea los territorios de la utopía sino aquella que desvela el plan de injerencia dromótica del capitalismo, aquella que obstaculiza aunque sea mínimamente está implantación global, aquella que fisgonea en los aquelarres que la técnica imprime a sus sufrientes cobayas, aquella que trata de mostrar el atroz régimen de alienación que el cumplimiento efectivo del que pareciera es nuestro más incipiente destino puede causar en nosotros. Es decir: la única relación del arte con la técnica es aquella que trata de revertir la impronta tecnológica en la producción ya perfectamente programada de mundo, realidad y subjetividad. Y es que, como señaló en su día Brea, “cuando el pensamiento se relaciona con la técnica bajo ese régimen de ‘insumisión’, su resultado se llama: arte”.
A nuestro entender, esta es la toma de posición que asumió Enrique Radigales desde sus inicios artísticos y lo que sin duda hace de él un artista sumamente interesante. Formado inicialmente como pintor, sus “devaneos” con la técnica no van en la onda de servirse de las posibilidades tecnológicas y materiales que pudiera ésta brindar sino en la decisión propia de quien sabe que una lógica de la representación ajena a la propia representación del mundo que la técnica posibilita no es sino un arte huero y caduco. Así pues, técnica y pintura, lo virtual y lo analógico: no como moda de la modernitis del arte sino como emplazamiento polémico y antagónico donde el arte ha de situarse para por ser llamado así.
En esta ocasión, la cuestión cuasi heideggeriana acerca de la técnica es planteada en relación al descubrimiento de Friedrich Jürgenson en la primavera de 1959: la psicofonía o transcomunicación instrumental. Habiendo colocado una grabadora durante la noche en una ventana abierta en pleno bosque sueco, lo que se encontró a la mañana siguiente no era ningún cálido paisaje sonoro: fue, según apunta al hojita de sala, “el solo de un clarín, una voz masculina hablando de cantos de pájaros nocturnos, junto a un parloteo constante, silbidos y diferentes salpicaduras de sonidos”.
 
 
La obra se sitúa en las coordenadas que le interesan a Radigales: la digitalización tecnológica de un paisaje, su peinado tecnológico para sacar a la luz una verdad incómoda para esta ideología que, en tanto que destino, nos señala siempre hacia adelante, hacia un progreso –nos dicen– ilimitado. Esta “verdad incómoda” surge en tanto que ruina, en tanto que pasado aún sedimentado en diferentes gamas de frecuencias –nunca mejor dicho en el caso de las psicofonías– que nos ponen sobre la pista de que el futuro no es el único lugar donde habita nuestra esperanza, de que es dudoso que el progreso nos guarde grandes alegrías si no hace sino olvidar muchas de nuestras historias, que es improbable que la tecnología nos redima si pide de nosotros que renunciemos a nuestro hábitat natural. En este sentido, naturaleza y tecnología –su aporiético diálogo– son los pilares sobre los que se funda el trabajo del artista zaragozano: solo una tecnología que nos ayude a emerger bloques de pasado –de zonas de invisibilidad, de ámbitos de irracionalidad– será capaz de ayudarnos en la tarea que nos traemos entre manos. A esta relación aluden sus paneles pintados que si por una parte aluden al ámbito de lo tecnológico al ser réplicas de las estanterías donde estaban colocadas las cintas de Jürgenson por otra parte aluden también a la importancia de un contacto con la naturaleza, encarnado este momento en las maderas de boj que sirven de soporte.
Bien es cierto que en este camino –perfectamente válido, cómo hemos tratado de hacer notar– Radigales denota un semblante nostálgico, una querencia hacia una melancolía por otros tiempos quien sabe sí míticos donde aún latía una verdad bajo esa espesura de 0 y 1 en la que ahora se ha convertido nuestra realidad. Pensamos –nosotros más proclives a un endurecimiento de las condiciones dialécticas en el emerger de la obra de arte– que quizá también este momento debiera ser sometido a crítica: si es necesario torpedear la destinación que el engranaje tecno-capitalista nos tiene preparado no es para hacernos fuerte en una nostalgia mítica sino, de tener las fuerzas para ello, para saber que lo nuestro es un oír voces sin saber muy bien de donde vienen.
 
 
En este sentido, la pregunta que nos hacemos desde la propia hoja de sala (“¿no será capaz también nuestro yo de experimentar el plano velado de este mundo?”) debiera ser contestada con un rotundo “no”. Y es que esa es nuestra condena: que si bien la tecnología nos incita a dejar sedimentados restos de un pasado que aún tiene mucho que decirnos, si la tecnología nos empuja siempre hacia un futuro que no nos satisface como presuntamente debiera hacerlo, no hay otro modo de experimentar la realidad que no sea el que nos posibilita la tecnología. Dicho de otra manera: no hay manera de mirar debajo de las apariencias, de asomarnos a la naturaleza, que no sea a través de una tecnología. En suma: no hay momento en el proceso de conocimiento que no sea ideológico.
Esa es la esencia de la técnica frente a la cual o con la cual solo cabe reflexionar en tanto que "tecnología trascendental".