Mostrando entradas con la etiqueta DUCHAMP. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DUCHAMP. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de noviembre de 2017

DUCHAMP Y DALÍ EN LONDRES: ASOMARSE A LA VITRINA

 
DALÍ/DUCHAMP
ROYAL ACADEMY OF ARTS (LONDRES): 07/10/17-03/01/2018

La Royal Academy of Arts de Londres propone para este otoño una exposición donde poder rastrear los lugares que, desde la radical diferencia, puedan auspiciar algún tipo de contacto entre Duchamp y Dalí para así comprender mejor la obra de dichos artistas. Situándose en Cadaqués como centro neurálgico, la exposición disecciona el entroncamiento de ambos genios a través de cuatro bloques temáticos: el cuestionamiento de la pintura, el erotismo, la ciencia y el ajedrez. Pero de esta exposición -–una vez se celebre el poder contemplar los principales readymades, la reconstrucción del Gran Vidrio a cargo de Richard Hamilton o el material preparatorio para Étant Donnés-– no hay mucho más que decir desde que fue tumbada sin misericordia ninguna por Pedro Alberto Cruz en su estupenda crítica
            Pero en cualquier modo la exposición, aún con sus puntos oscuros, nos ha dejado una instantánea a la que merece prestar atención: una vitrina compartida por dos obras icónicas del siglo XX, la Fuente (1917) de Duchamp y el Teléfono afrodisíaco blanco (1936) de Dalí. Mucho se podría escribir acerca de tan estrambótica conjugación y mucho que decir acerca de la propia historia del arte contemporáneo. En este sentido, nosotros queremos hacernos eco de esta quien sabe si histórica confabulación para dar cuenta de un error de bulto que ha preñado de inconsistencias la reciente historia del arte.
Y es que vistos a los ojos profanos de hoy –y no tan profanos pues hay toda una línea canónica de interpretación estética– tales objetos remiten a problematizar esa frontera que separa el ámbito del arte de lo que no es arte. Así, hay toda una hagiografía en torno a ambos artistas como encumbrados anacoretas llamados a derribar el arte como ámbito privilegiado. Y eso, estando en una época de dilapidación y de una pretendida superación que nunca llega, es visto como un intento anarquista con capacidad suficiente para quedarse grabado en nuestra retina como una bomba llamada a sembrar de escombros ese arte burgués y academicista que, se nos dice, era el de antaño.
Sin embargo, dicha interpretación es bastante deficiente si nos paramos a pensar tan solo un instante: ¿qué logros son los suyos si cien años después estamos esperando aún a que las fronteras terminen por derribarse?, ¿qué méritos los suyos si, a más a más, el arte ha formado pinza con el capitalismo para reconvertirse en dispositivo ideológico de primer orden, operando en ese frente invencible que forma con el ocio y el turismo?, ¿qué méritos, en definitiva, los suyos, los de Duchamp y Dalí, si la estética se ha convertido en ideología estética?
            Pero por fácil que sea esta ecuación que nunca termina de despejar bien la "x" entre los méritos logrados, la interpretación canónica suministrada y los pocos efectos que parece haber tenido en el mundo del arte, se entiende que lo propio sea dar la callada por respuesta y seguir adorando en sus vitrinas mausolíticas al urinario y al teléfono langosta como bombas de relojerías cuya explosión, a decir verdad, nunca se ha oído. En este sentido, ver compartiendo vitrina a ambas bombas de relojería debería sumirnos en una profunda melancolía y en una descorazonadora desolación.
            Antes de ofrecer una interpretación menos idealista e historicista de ambas obras de arte, y con el fin de elaborar un fondo de contraste que permita vislumbrar lo erróneo de esa canonicidad de la interpretación, digamos que para ahogar el enorme silencio que han causado dichas explosiones, la teoría estética al uso se ha empleado a fondo. Sin querer ser exhaustivos bien podemos dar algunos nombres. Por ejemplo hay quien, como Peter Burger, no se han dado cuenta del error interpretativo. Así, para él la Historia debe de ser entendida desde un historicismo en el que primen las relaciones de causa/efecto y de antes/después de modo que, sin menoscabo alguno, apuntó en su día que las neovanguardias no son sino una absurda repetición de lo que ya aconteció, e incluso, todavía peor, una etapa artística que al reincidir caprichosamente en lo ya producido, convierte lo antiestético en estético y lo transgresor en institucional. O sea, la vanguardia es un movimiento histórico-artístico que como cualquier otro momento está desconectado de su anterioridad y su posteridad.
Y aunque lo peregrino de tales argumentaciones –argumentaciones que, ya voy avisando, anulan el potencial heterocrónico que se ha demostrado es el mayor empuje de criticidad que posee el arte contemporáneo– puedan sorprender, sin embargo fundamentaciones parecidas a esta han copado buena parte de la teoría estética. Porque, ¿no es la teoría de Danto del “arte después de la historia de arte” un atajo para llegar a un punto parecido? Para él, en la historia del arte si hay relaciones de anacronismo y diferimiento; pero si se ha llegado al fin de una determinada narración de la historia del arte es porque, por fin, con Warhol y sus famosas Cajas Brillo, ese exceso de temporalidad es reducida a cero, anulada merced a una interpretación donde ésta encarna perfectamente el significado de la obra.
 
 
Dicho de otra manera, Danto continúa la tarea de interpretación necesaria para que no se vea lo poco efectiva –en términos de derrumbe de instituciones y demás sandeces– que fueron obras como el urinario y la langosta.Nótese, en este punto, un doble juego de esta matriz interpretativa: si por un lado confunden los propósitos de la Fuente, por otro lado, no se deja de producir teoría con el fin de que no se vea la insuficiencia de dicha interpretación matriz. Es decir: para que no se vea el hecho palpable y constatable de que la Fuente no ha roto nada. Es en este sentido en el que Danto fue un genio: dispuso la teoría perfecta para que, sin romper nada, la importancia supuesta de fuentes, langostas y demás no fuese baladí. ¿Qué cómo lo logra? Muy sencillo. Si Duchamp y Dalí abren el ámbito del arte a un desplazamiento de fronteras basado en último término –y según la interpretación más canónica– en la disolución del buen gusto, Warhol da el portazo definitivo al sellar a cal y canto la historia del arte al convertir el ámbito artístico en el lugar donde se pregunta autoreflexivamente por la esencia de sus propias obras. Semejante concepción se basa en que con las Brillo Box la interpretación de porqué algo es arte modula el propio espectro de lo que es arte: es decir, la propia obra enarbola una interpretación, que con un decisionismo determinista, desplaza, cómo debe de ser, cómo señala la propia interpretación crítica dela obra –pues no olvidemos que para Danto la interpretación es siempre la interpretación correcta–, las fronteras del arte.
Haciendo de la obra de Warhol la secuela necesaria de las coordenadas ya establecidas por la pareja de enfants terribles del arte contemporáneo, Danto logra dar con la tecla: toda la historia del arte moderno avanza a golpe de despliegue hegeliano hasta convertir la pregunta de porqué algo es arte en una pregunta ontológica: pregunta no ya acerca de en virtud de qué algo es arte, sino porqué dos cosas que son iguales una es arte y la otra no.Una pregunta que, como paradigma de todo lo real es racional, consigue que la propia existencia de la obra de arte involucre a su propio concepto.
            Y en el fondo de esta pequeñísima recesión del pensamiento de Danto, ¿qué late? La misma o parecida cronología de Burger, aquella que avanza simple y llanamente, sin problematizarse en exceso, hacia adelante, desplegándose en este caso de interpretación en interpretación hasta que el arte consigue cerrarse sobre sí mismo y dar así carpetazo a cierta narración del arte. Concretamente, lo que le sucede a Danto es que, en tanto que filósofo analítico, comprende la historia como una sucesión de interpretaciones: y si con Warhol la historia del arte se detiene es porque no hay interpretación que haga continuar la historia del arte. Así, más que un final del arte, lo que se estipula es una parada, una detención en la propia historia del arte: la Caja de Brillo estipula ella misma su propio relato, encarna su propio significado. El esse de la obra es su interpretación y ésta, repetimos, si de verdad estamos hablando de obra de arte y de interpretación, no puede estar equivocada.
Y en parte tiene razón Danto: pudiera haber un momento histórico en el que no haya narración para una determinada historia del arte al hilo de una interpretación del inmediato pasado. Pero lo que se lo olvidó a nuestro filósofo fue pensar en que esa lógica de las interpretaciones, en lugar de ir sólo hacia adelante –con la novedad como alegato ideológico de la propia Modernidad–, también pudieran ir hacia atrás. Pero, claro está, un hacia atrás que no fuese su mera inversión y se contente con bucear hasta los orígenes sino que fuese capaz de dialectizar las diferentes temporalidades.
Pero este encomio hacia una temporalidad asentada en la cronología marcada por una Historia lineal y progresiva tenía ya, a mediados de los setenta, los días contados. Justo hasta que la Postmodernidad logró decir lo que ya se sabía: que el Emperador estaba desnudo. Es decir: que la temporalidad desplegada en los bordes de la propia razón moderna no remitía sino a la imposición de una historia dogmática y violenta. Dicho de otra manera, y en lo que al arte toca, que el lugar propio de la estética no sería tanto ir de la mano con la propia historia sino ayudar a barrerla a contrapelo: ayudar a mostrar sus recurrentes y traumáticos olvidos, ayudar a narrar lo que quedó ahogado por la propia historia pero que también forma parte de ella –el acontecimiento en tanto que síntoma. Tirando del hilo de esta situación paradójica se vino a dar con una verdad que del estremecimiento causado provocó la propia cerrazón del arte sobre sus pilares más seguros: la idioticia, encarnada en artistas como, por ejemplo, Julian Schnabel y todo su séquito. Pero, dejando este sonrojo de lado, ¿qué verdad era –y es– esa?: que el arte había servido en gran medida para limpiar a la historia de su propia barbarie; que no había hecho sino allanar el paso para que el reino de la identidad ideológica se instaure entre nosotros, que el arte había llevado a cabo su propio olvido: el de señalar a un horizonte de emancipación, ahí donde la vida destelle.
En esta tesitura se comprende por fin que la historia del arte, si no quiere continuar presa del tiempo impostasiado de un supuesto progreso, tenía que ser capaz de retorcer su propia temporalidad, revertirla, alterarla. En una palabra: temporalizar dialécticamente todos sus momentos y todas sus direcciones. Es el momento, por ejemplo, en el que entra en acción la concepción sostenida por Hal Foster, quien aboga por una relación basada en la acción diferida. Lo que hace es instaurar en la historia del arte una temporalidad psíquica de manera que un acontecimiento únicamente lo registra otro que lo recodifica. La justificación de esto es que la Historia puede ser vista como un sujeto y que el sujeto propio de la modernidad no es otro que el sujeto freudiano. Así, al igual que el sujeto nunca está construido del todo sino que está estructurado mediante reconstrucciones traumáticas, así igualmente debe ser entendida la Historia.
Pero es, sobre todo, el momento en el que la figura majestuosa –casi diría que mesiánica– de Walter Benjamin es entronizada como teórico de cabecera de toda una época. Y es el momento en el que, también por fin, podemos irnos deshaciendo de interpretaciones caducas e ideológicas que dan cuenta de una historia del arte como encomiable esfuerzo progresivo hacia, se nos dice con una geta mayúscula, desplazar o dilapidar sus propias fronteras.    
 
 
            Y es que no y mil veces no. Ni el urinario ni el teléfono langosta se deben contemplar como rescoldos de un pasado cosificado y arruinado en su propia “vitrinología” sino como sondas del futuro. Ni el urinario ni el teléfono langosta se deben contemplar desde el altozano que da el saberse punta de lanza de la propia historia sino desde toda una escritura del sentido que está aún por-venir. Y es que, como decimos, ni el urinario ni el teléfono langosta están ahí como monolitos de una historia del arte fraguada en esa monserga sumamente adoctrinada del ir poco a poco licuando las propias fronteras del arte, para continuar haciendo patente que en último término algo es arte porque la propia institución arte lo dice. Es decir: no están para mostrar el lado perfectamente visible –traumático e ideológico– del arte. Esa es, sin duda, una pista. Pero, en todo caso, la pista falsa.
            No son monumentos erigidos al pasado sino al futuro: son restos de un futuro del que vamos continuamente encontrando las claves, leyéndolas como si de un manual de instrucciones se tratase. Y es que cada lectura o interpretación no alude a un cierre epistémico de la propia historia del arte sino a una apertura donde se tejen y destejen temporalidades, donde el sentido queda pospuesto y en intermitencia, como promesa de un por-venir que hay que rescribir.
Así las cosas, la senda que construimos en esta lógica de la interpretación no nos lleva solamente a un pasado, a la rememoración del porqué y el cuándo de ambas obras sino que despeja el camino para que el futuro aparezca ante nuestros ojos, ante nuestra mirada. No solo venimos, por tanto, del pasado sino que también venimos del futuro. Somos arqueólogos de una memoria ya sida. Deambulamos por los restos de un mundo del cual pueden leerse, como en lo posos del café, todo un futuro en expansión. Inauguramos, así, la inversión dialéctica de toda una lógica causal de la que hemos sido, durante, milenios, presos encadenados a un teatro de sombras.
Iniciamos, a cada paso, una arqueología que no se contenta con un recolectar cosas del pasado sino que más bien presta atención al hecho de exhumar, de remover la tierra, de abrir y hacer visible. El urinario y el teléfono langosta no son acertijos para advenedizos. No son un encaje de bolillos permitido únicamente en un arte comprendido como estado de excepción de una historia que avanza a golpe de corneta. El urinario y el teléfono langosta marcan el terreno, lo signan. Remueven bajo sus pies todos los escombros de nuestra época más reciente para emerger como sonda expansiva con la que poder reconstruir todo nuestro futuro. Son dispositivos dialécticos capaces de rememorar y remontar lo ya sido.
Pero, ¿y de qué futuro nos hablan? Benjamin apuntaba que “la máquina histórica de las imágenes no indica solamente que pertenecen a una época determinada; indica sobre todo que sólo llegan a la legibilidad en una época determinada”. Cada Ahora, continúa, está formado por las imágenes que han conseguido legibilidad en el presente. Cada Ahora es un instante de dialéctica detenido. Si esto es así, es claro que lo que en la “obra duchampiana se hace explícito es, precisamente, dice Brea, su autoconciencia de tal ilegibilidad. Lo que en ella está inscrito es, precisamente, que ‘es ilegible’, que su contenido permanecerá siempre secreto, indescifrable”. En suma: que no ha llegado su Ahora; que el Ahora de este instante no es pleno sino que quedan promesas por cumplirse. Pensado de este modo, el arte no es encarnación de un tiempo cumplido sino agujereamiento de esa supuesta espesura y tamiz que se nos dice es la historia.
Y tres cuartos de lo mismo puede decirse de la obra daliniana: el choque en la ensoñación del despertar, de ese momento bisagra de la vigilia y el sueño, ahí donde emergen las imágenes dialécticas. ¿Hace falta consignar los escritos de Benjamin sobre el surrealismo? Quizá sí, pero quedémonos con que “la ambigüedad es la imagen visible de la dialéctica“, una conjunción fulgurante que constituye toda la belleza de la imagen y que también le confiere todo su valor crítico. Un choque que quiebra la falsa asunción de totalidad y que, en palabras de Didi-Huberman, “aparecerá al principio como un lapsus o como lo ‘inexpresable’ que no será siempre pero que durante un instante, forzará al orden del discurso al silencio del aura”.
Ilegibilidad, por tanto, de un tiempo que se niega a comparecer, que señala tanto su ya-sido como su todavía-no. Ilegibilidad como peldaños de una escalera que baja hacia el pasado y sube hacia el futuro, que desencombra los restos del naufragio que es cada pasado y que señala el emplazamiento en donde el futuro signa su promesa. Peldaños, hemos dicho, de una legibilidad suspensiva. Y es que la legibilidad de la imagen dialéctica es un momento de la dialéctica de la imagen: es decir, toda imagen dialéctica es susceptible de generar un intento de lectura crítica de su propio presente, de trazar un connato de intersección entre el Ahora y el presente, de acoger la posibilidad de su perfecta legibilidad. Y, al mismo tiempo, cada intento de legibilidad produce además una imagen dialéctica, cada intento abre el sentido de la propia imagen a una lectura más: cada imagen es alegoría de su propia lectura. Porque si no contamos con la legibilidad, sí que contamos al menos con el ‘como si’, con la promesa, también dialéctica, de ir desbrozando el futuro, de ir rememorando el pasado.
Y es, para ir acabando, en este doble juego de ascenso y descenso, de mixtificación heterocrónica de temporalidades, donde radica la importancia y genialidad del urinario y del teléfono langosta: en que ni en un sentido ni en otro, ni en su buceo en el pasado ni en su sondeamiento del futuro, se permiten hacer pie ni en la ideología de la novedad ni en ese leitmotiv que como ritornello viene a visitarnos cada poco y que toma forma en la pretensión de una vuelta a las fuentes, a un origen que no es sino una impostura fetichista. Por el contrario, el urinario y el teléfono langosta parten de aunar y reconocer en una sola imagen el sesgo moderno y el sesgo mítico que coincide en cada presente, una impronta que aunque remitiéndose a ese espacio de autolegitimidad que emana del ámbito artístico reconoce un plus de mitología y un resto de irracionalidad para, desde ahí, proponer una superación, una legibilidad abierta al por-venir
Ni modernas ni arcaicas, “ni –volviendo a Didi-Huberman– devoción positivista por el objeto, ni nostalgia metafísica del suelo inmemorial, el pensamiento dialéctico ya no procurará reproducir el pasado, representarlo: lo producirá de una vez, emitiendo una imagen como una tirada de dados”. Y ello pese a que, habría que decir, no cabe cualquier tirada de dados. Y eso aunque pudiera parecerlo –¿un teléfono con una langosta?, ¿un urinario?–. Pero tras esta simpleza hay toda una lógica del sentido que explora lo anacrónico de toda formulación historicista. Tirada de dados o una jugada de ajedrez. Y es que el ajedrez no es un simple divertimento de diletantes: es el laboratorio de ideas, la recámara donde formular, a través de una serialidad siempre igual de movimientos, las diferencias exponenciales donde resta siempre un vacío, un hueco, la reminiscencia de una jugada ganadora que nunca termina de acaecer.
Sondas, en definitiva, que se inmiscuyen en el Futuro y en el Pasado para provocar un fogonazo, un lapsus instantáneo donde la sutura ontológica que sella nuestro presente depontenciado desgarre mínimamente las costuras. Y sin duda que ahora no lo vemos: ahora vemos, quien sabe, si un simple urinario o un simple teléfono con una langosta. Pero la propia mirada debe adentrase en la espesura de lo que no vemos, la propia mirada debe dialectizarse sin dejarse atrapar por la tautología de “lo que se ve es lo que hay” ni en la creencia de una verdad bajo las apariencias, de un significado velado que la mirada se encarga de desvelar.
No son objetos encontrados. Tampoco son objetos perdidos. Son objetos en busca de su propia temporalidad, de su propia mirada. Son catalizadores temporales, interruptores de una síntesis desconectada, objetos que nos miran inquietando nuestro propio mirar, nuestra propia lógica educada en la presencia de todo sentido y de todo traer ante la mirada. Porque, ¿cuándo la Fuente dejará de manar interpretaciones?, ¿cuándo la llamada con el teléfono-langosta dejará de dar comunicando?
                Así las cosas, claro que la Fuente y el Teléfono afrodisíaco blanco modulan las fronteras del arte llevándolas a una indecibilidad acerca de lo que es y lo que no-es arte. Pero ello no lo hacen erigidos en el prurito de sentido con que cada época se dota a sí misma sino desde posiciones radicalmente opuestas. Lo hacen dejando desangrar todo significado pleno que de ambos objetos pudiera inferirse, lo hacen como sensores de impotencias y fracasos, lo hacen como máquina de diseminación, lo hacen como apertura a una circulación pública de saberes y competencias, lo hacen rastreando un sentido interrumpido.
Claro está que el arte prefiere silenciar todo esto, reunir ambas piezas en una vitrina, aprenderse de memoria un relato y darle todo el bombo y platillo que haga falta para que no se vean las fisuras, para que no se vea que la narración está aún por escribirse, que la llamada está aún por localizar un receptor adecuado, que no hay mirada capaz de mirarlas verdaderamente.

lunes, 3 de abril de 2017

EN TORNO AL MODERNISMO: DUCHAMP, DANTO Y EL ETERNO BALAR


Está claro que una de las estrategias del sistema hipermediático actual es tirar la piedra y esconder la mano. O, lo que es lo mismo: lanzar el anzuelo para que entre unos y otros nos devoremos sin saber muy bien porqué, anquilosados en unas posiciones ante las que no cabe más que la frialdad de las buenas maneras. Con esto quiero decir que si el arte ha de servir de detonante para que la chispa crítica prenda en el complejo social de una u otra manera, una labor que tiene que hacer previa es limpiar de polvo y paja la esfera pública en la que se establece el debate. Con ello no quiero aludir a ninguna prioridad en temas ni a ningún elitismo sino, simplemente, a que los agentes artísticos han de tener la brillantez para poner encima de la mesa asuntos de verdadera relevancia y no aquellos otros que de vez en cuando nos lanzan los juegos de manos telemáticos de la realidad administrada para que nos desgastemos en poner el cascabel al gato.

Dicho todo esto, no tengo reparos en hacer público que yo soy el primero en contradecirme: la obra de las ovejas y la fuente de Duchamp del artista Boyer Tresaco no puede ni debe llenar un solo instante de una tarea –la del arte– que todavía tiene todo por hacer. No obstante –y como, insistimos, no nos duelen prendas en ser nosotros quienes nos desdigamos– el hecho de que (casi) toda la crítica que se ha podido leer alude a las condiciones de maltrato animal en que se ha incurrido, me parece pertinente desmontar la instalación desde un punto de vista meramente estético, donde quepamos todos aquellos –entre los que me encuentro– que no somos capaces de sintonizar demasiado con ese pretendido maltrato. 

Pero, pertinente, decimos, ¿por qué?, ¿porqué llenar un par de cuartillas acerca de una obra de la que ya hemos dicho no merece emborronar la plaza pública donde el debate estético-político debe continuar sin dilación ni interrupción alguna? Porque creo que escenifica uno de los síntomas más repetidos en la actual práctica artística y porque el “centenariazo” de la Fuente puede ser momento idóneo para desenmascarar tales estrategias.

Entrando ya directamente al trapo, sería bueno empezar diciendo que el arte es desde siempre la escena de un crimen. Si en regímenes estéticos anteriores –mimético o representacional– la escena se contemplaba desde fuera, desde el romanticismo se fue teniendo conciencia de que lo suyo sería meterse dentro de la escena. Este anhelo se consumó, para unos, con las vanguardias o, para otros, con las neo-vanguardias. O, dicho de otra manera: con Duchamp o con Warhol.

En cualquiera de los casos, se entró en la escena para constatar lo que ya era una verdad a voces: que el cadáver había desaparecido. Es decir: que no había nada que investigar ni ningún secreto que revelar. Y este es el gozne desde el que las diferentes interpretaciones a este punto de no retorno salen a la palestra y donde el confusionismo entra en liza en la más reciente historia del arte. Porque no es lo mismo pensar –y actuar– desde el primado warholiano que desde el pontificado duchampiano. Y porque, más grave aún, no suele dar buenos resultados mezclar ambas “creencias” pues al mixtificación (y mistificación) que se genera lleva a verdaderas boutades como la que nos ocupa. 
 
 

Duchamp y Warhol sitúan al arte frente a su acabamiento –cierto acabamiento de una determinada narración del arte– pero el problema está en que aunque la Fuente sigue manteniendo su seducción, la interpretación de Arthur Danto a las Cajas de Brillo es el silencioso invitado en la feria del arte contemporáneo. En este sentido, y aunque las ideas del teórico norteamericano no son de las más valoradas, sin duda que sus efectos –de pluralidad– sí son seguidas a pies juntillas.

De manera harto sucinta la teoría de Danto puede resumirse en que el ser de la obra de arte es su significado, al cual se accede empleando una teoría del arte capaz de desentrañar este significado que la obra de arte encarna y que viene dado, artísticamente, en forma de metáfora. Danto llegó a esta tesis cuando en 1964 fue a una galería de arte y quedó extasiado al contemplar las Cajas de Brillo Box de Warhol indiscernibles de las que se vendían en el supermercado. Desde esta iluminación profana, el bueno de Danto se lio la manta a la cabeza y conjugando de forma extraña esa visión analítica que hasta entonces le había caracterizado como filósofo de la historia con Hegel dio en la tecla para de buenas a primeras encumbrar a Warhol en genio de la filosofía y de paso concretar el final de arte. El propio Danto señala que “la cuestión principal que hizo de las Cajas de Brillo algo tan excitante para mí fue, en cualquier caso, por qué eran obras de arte, cuando los paquetes de Brillo a los que se parecían tantísimo eran simple paquetes de estropajos de la marca Brillo”.

Con la entrada de la Caja de Brillo Box en la galería –en la institución arte- sucede que por fin el desarrollo histórico del arte alcanza a su concepto: por fin ambos, esencia y existencia, se equiparan e igualan. El hecho de que dos objetos, indiscernibles el uno del otro, tengan la capacidad de ser uno incluido dentro del arte y otro no, remite a que ya no queda nada por hacer, a que el desarrollo del arte por fin a alcanzado su cúspide: a que el arte ha alcanzado en su desarrollo histórico su propia autoconciencia. Vicente Jarque lo explica así: “lo que Danto viene a sostener es que, en la medida en que el arte ha alcanzado el punto en que su existencia ha pasado a involucrar su propio concepto y queda descartada su definición en función de ninguna clase de rasgos sensibles o cualidades estéticas, no solo se superan todas las teorías anteriores (en cuanto que fundadas en un arte aún no desplegado hasta ese límite insuperable), sino que su esencia puede considerarse por fin revelada de una vez por todas”.

Y es en este punto donde todo viene a descarrilar de lo que parecen ser las afianzadas vías históricas del arte: porque, de aceptar estas tesis de Danto, ¿cómo continuar la historia del arte? El propio Jarque señala que “de hecho, lo que al carácter ultimado del arte le corresponde es, como insiste Danto, una filosofía detenida. Pero esa detención, en la medida en que implica la negación de la posibilidad de una futura trasformación ya no del arte mismo, sino de su concepto, no se limita a constatar la imposibilidad de nuevas narrativas autónomas del arte, sino que confiere a las ya cumplidas una condición absoluta que se impone a la definitiva contingencia  con que se  nos presenta el pluralismo que les sucede”.
 
 

Es este, pensamos, un resumen perfecto de la confusión teórica de muchas prácticas artísticas que no saben muy bien a qué carta quedarse pues, sabiéndolo o sin saberlo, hacen suyas las tesis del filósofo analítico. Este hecho, implícito y dado de facto, supone una comprensión de la historia del arte post-warholiana como una horizontalidad sin horizonte, una retahíla de narrativas e interpretaciones donde el único punto de anclaje es el fin de la Modernidad: con el genio filosófico de Warhol el arte elimina todo resto de diferencia ontológica y adviene a ser, por fin, pura filosofía señalando así el fin de la historia del arte al tiempo que inaugura un pluralismo radical que hace que sea imposible concebir una gran narrativa.

Y es ahí donde se sitúa Boyer Tresaco: en una idea de un después del arte como un mero después del relato del arte, en un quéhacer artístico como un dar vueltas una y otra vez, en ese pluralismo que hemos señalado, al relato que ha concluido en el final del arte. Entrando a patadas en esa escena del crimen que es el arte, no se le ocurre otra que contarnos la misma historia pero creando un pequeño desplazamiento con el que poder decir, él mismo, ¡eureka, ya sabía que no había ningún cadáver!  

El error por tanto de esta instalación no es la de utilizar animales –cosa que, tampoco sobra decir, es de todo punto innecesario y que subraya aún más el carácter impostado de la obra– sino el hacer explícito la confusión de la narración histórica del arte sobre la que trabaja: por el hecho de erigir en un pedestal la Fuente de Duchamp ya cree que está hablando de ella cuando lo cierto es que nada más lejos de la realidad. Está hablando quizá de todo menos de ella. Dicho esto, lo más sensato que se puede decir del asunto es que el artista no sabe muy bien de lo que está hablando o, como poco, no sabe muy bien qué quiere decirnos. 

Pero, ¿no nos estaremos ensañando con una obra de la que a priori estamos ya calificándola de mediocre? Creemos que no pues aunque lo cierto es que la idea del “fin del arte” es una constante en muchas teorías del arte, todas ellas son capaces de virar en redondo para proponer una continuidad cifrada en el sesgo político con que desde Benjamin carga el arte. De este modo se considera que el arte nunca podrá sobrevivir como tal, ni siquiera posthistóricamente, a no ser que se trate de algo que merezca ser prioritariamente considerado desde el punto de vista del proyecto de emancipación del ser humano, un proyecto que ya no puede ser el sustentado en los derruidos pilares de la Ilustración sino que debe de tomar pie en esa irrevocabilidad de acabamiento con que carga el arte y al mismo tiempo en la necesidad de, pese a todo, continuar. 

Por ejemplo, si Adorno puede merodear la cercanía del “fin del arte” en términos parecidos a los de Danto –cambiando únicamente la eliminación ontológica de este último por la irrefutable autonomía hacia la que para el filósofo alemán camina el arte–, sin duda supera el planteamiento mediocre de Danto al separarse de las redes de Hegel y, fiel al impulso negativo del arte, comprender que “il faut continuer”: una continuación que evita que la autoconciencia que el arte alcanza culmine en una plena iluminación de sí mismo, sino que más bien alumbre en la conciencia un cierto sinsentido, o mejor, una confrontación en la perplejidad más absoluta. Allí donde se esperaba la claridad, aparece una noche oscura. Mientras el progreso conduce a Auschwitz y a la consagración de la ciega ‘razón instrumental’, el arte históricamente confrontado por la catástrofe se manifiesta como la imagen precisa aunque inconsciente del sinsentido.
 
 

            De todo esto, en la obra que nos ocupa, no hay nada. El sinsentido que de ella emana no tiene ninguna capacidad de mostrar los esquejes de la dominación del hombre por el hombre sino que entra de ello en esa frusilería con que una pluralidad de estrategias llenan la narración del arte después de su –dantoniano– acabamiento. El “fin del arte” que las ovejas cantan no es sino la marcha militar de un arte normativo, nihilisticamente post-histórico, granjeado en lo reaccionario de su propia iniquidad.   

Pero, y por último, ¿cuál fue el descubrimiento de Duchamp?, ¿qué senda inaugura la Fuente? No sabemos si las circunstancias, su talento o la más sorprendente de las casualidades, hicieron que el descubrimiento del ready-made superase por mucho a todos los demás intentos vanguardista que, de una u otra manera, acababan en el callejón sin salida de las antinomias idealistas –¿hasta qué punto una representación que no represente?, ¿hasta dónde un solapamiento de la vida y el arte?, ¿hasta dónde no-ver lo que de alguna forma ha de verse?, etc.

El truco del ready-made es que todo está a la vista: no hay nada que saber ni ninguna clave interpretativa. Se entra en la escena del crimen que hemos dicho es el arte con el único saber posible: que está siendo engañado, que el cadáver no está. No es –terminando por aniquilar la teoría de Danto– ninguna metáfora. Paradójicamente lo que esto logra es que el secreto esté siempre oculto: es decir, que no se llegue a ninguna conclusión, a ningún significado. La presencia del sentido está siempre ausente, a la espera de un momento más, de una interpretación más, de un instante más donde, definitivamente, se vea la trampa del juego y todo caiga bajo su propio peso. Pero sin embargo ese momento no termina de suceder nunca: ni aunque se condene a la Fuente como boutade sin parangón, ella seguirá manando un sentido siempre derivado, seguirá esperando el momento de plena revelación.

La Fuente autoproduce su propio campo de escritura donde esta deviene infinitamente en una búsqueda de significado que nunca acaece plenamente. El mecanismo del ready-made no se aplica en hacer trasparente el mundo sino, más bien todo lo contrario, a sumirlo en un indiscernibilidad perpetua, en una tensión de significancia nunca resuelta ni descifrada plenamente. La Fuente es una máquina de producción de interpretaciones infinitas, una máquina de diseminación de un sentido siempre desplazado. Lo que descubrió Danto que hizo Warhol con una caja Brillo ya lo había hecho Duchamp con el mundo entero: una máquina de reterritorialización del sentido

 
El secreto de la Fuente está a la vista pero, pese a ello, lo paradójico, lo que determina el nuevo régimen del arte, es que no hay posibilidad de concretar su sentido, su propio secreto: ¿es una fuente que es un urinario que es una obra de arte?, ¿es un urinario que no es una obra de arte dentro de una exposición de obras de arte? No traten de ensayar ninguna posibilidad como única, no traten de descubrir un sentido como el dado: la Fuente nos muestra un campo de absoluta de ilegibilidad, el del propio arte.

En esta situación, y como hemos apuntado al principio, cualquier interpretación es la correcta, cualquier acto de habla en relación a la Fuente es la más pertinente: es el espectador quien debe cerrar –temporalmente– el círculo, quien sella –parcialmente– el proceso itinerante de significancia. Y todo porque no hay sino misreading forzados por un significante que siempre elude su cita y que fuerza al significante a crear por sí solo algún efecto de significancia.

Claro que aquí llegamos a la mayor dificultad teórica que esta obra puede plantearnos: ¿quién dice que lo que las ovejas cantan no puede –no debe– ser dicho?, ¿quién dice que su balar no es arte cuando al mismo tiempo estamos diciendo que la Fuente vehicula la posibilidad de cualquier decir? Quizá la escena que abre Duchamp sea la caja de Pandora donde todo discurso puede por fin ser dicho: pero la cuestión es que aunque pueda ser dicho no debe ser dicho. Es un perfecto anacronismo estar situados en la atalaya de nuestra contemporaneidad y valernos de la Fuente de Duchamp para hacer balar a una oveja cuando lo cierto es que hay muchas otras cosas que deben ser dichas: mucho dolor, mucho sufrimiento, mucho sinsentido…, mucha noche aún que pasar antes de arribar a una nueva aurora.

Si esto es así, y aunque sin duda pueden estar acertados en parte, no incurren en muy diferente error quienes ven en tal obra solo el maltrato animal cuando lo cierto es que es un maltrato prioritariamente a toda la humanidad: quizá sea de modo objetivo la oveja la que sufre, pero el desprecio del artista por la condición humana es mucho más garrafal pues utiliza el altavoz que la escena duchampiana le otorga para hacer, simplemente, balar a unas ovejas.

De este modo queda probado que la escena de las ovejas es deudor de una noción de acabamiento del arte totalmente conservadora, que hace pasar como divertimento lo que para nada debe de servir como causa del arte. Es de la Fuente de donde mana una topografía desplazada y en deriva donde arte y no-arte, objeto encontrado y obra de arte, autoría y accidente, bifurcan una significancia itinerante que delinea en cada intento de aproximación las coordenadas propias de acción del propio arte. Cada espectador, tratando de averiguar el secreto a la vista de la Fuente, no está haciendo sino reconstruir el campo de acción del arte: un campo siempre diferente ya que en cada intento de lectura el propio espectador modula el espectro de lo posible del arte, en cada intento de comprensión el espectador desmantela el entarimado propio del arte para promover en el mismo instante otro alternativo, igualmente sin respuestas, formado únicamente por puntos de fuga, por alternadores de retoricidad. Pero todo esto con una salvedad: todo decir que puede ser dicho en la ausencia de un sentido nunca pleno sino que se mantiene silencioso, manando invisible de la propia boca de la fuente, tiene que estar a la altura de las circunstancias, unas circunstancias –las nuestras– donde nuestra vida es estafada y ninguneada, y donde nuestro destino apenas levanta un palmo de la burocracia ornamental en la que estamos sumidos.