sábado, 12 de noviembre de 2016

DEL ARTE COMO OFICINA DE APOSTASÍAS

Foto El País

OFICINA DE APOSTASÍAS 
LA JUAN GALLERY: 10/11/16-13/11/16

En ese ensayo central que es Minima Moralia –subtitulado, recordemos, como Reflexiones desde la vida dañada– se puede leer en su primera página: “la visión de la vida ha devenido en la ideología que crea la ilusión de que ya no hay vida”. Esto alude a que el ejercicio crítico más persistente estriba en situarse en esa ausencia de vida y simular, pues es mera ilusión, que se supera la fractura, que se reconcilian los polos, que se entra, de una vez por todas, en el territorio en el que poder decir bien alto que esta vida que vivimos es nuestra y solo nuestra.
De este modo, y en cuanto que modo privilegiado de realizar dicha crítica, la práctica artística se ha dejado llevar por esta ecuación ideológica con el propósito de desenmascarar como liberticidas muchas, si no todas, de las instancias que conforman como totalidad la sociedad. Y es que tal desenmascaramiento vendría a suponer el momento anterior y necesario para una ulterior reterritorialización de dichos mundos de vida, ganándolos para la causa de poder algún día calificar nuestra vida como verdadera.   
Ejemplo de esto que decimos es la performance que desde el pasado día 10 de noviembre y hasta el domingo día 13 se estará llevando a cabo en La Juan Gallery. Los artistas, CASALONTANA y Víctor G. Carreño, proponen una oficina de apostasías. Así, durante estos días y en horario de 17 a 21 horas, quien quiera puede pasarse por allí para mostrar su disconformidad, su rechazo o, incluso, su renuncia a ser incluido dentro de una militancia, feligresía, afición, club de fans, etc. La oficina les ofrecerá apoyo y asesoría, prometiendo iniciar, si fuese el caso, los trámites administrativos y legales para que, como suele decirse, conste en acta. Desde luego que a primera vista la perfomance se antoja de lo más exitosa. A la vista del desmadre generalizado en el que parece estar sumido el mundo, las hordas de desencantados y melancólicos seguro atestarán la galería.
Y es que lo que está claro es que ese individuo que se inmiscuía con precisión en la construcción de una Totalidad de sentido hace ya tiempo que ha fenecido. Quizá, como decía Foucault, en la orilla de alguna playa. Ni lo universal es ya realizado a través del juego conjunto de los individuos ni, parece ser por el cabreo consensuado en el que vivimos, la sociedad es ya sustancia del individuo. Vivimos más bien en una monadología inmanente donde cada mónada se recrea a discreción sin otra pulsión que la de atisbar alguna otra orilla: ahí donde la libertad pueda agarrarse firmemente. Ya no hay categoría histórica que llevarnos a la boca más que un licuado de toda estabilidad, una fluídica de todo atisbo de fijar conceptos. Solo una pulsión libertaria nos mantiene en rumbo hacia alguna verdad, ya acampe ésta bajo las apariencias, los adoquines o, en cualquier otro caso, no siendo más que un espejismo, un mise en abyme espectral.
Pero sin duda que las preguntas que aquí nos podemos hacer superan con mucho el cortoplacismo tanto de la supuesta originalidad en la idea como del presumible eco y éxito que puede llegar a tener la propuesta estética. Protestar, decir “no”, desaparecer, sumirse en un glacial silencio o dar la callada por respuesta, son todas ellas estrategias con capacidad disruptiva. Lo que nos preguntamos es si ese énfasis a entrar de lleno en las estructuras de la realidad, a cartografiar una realidad desencantada y suministrar a cada uno que por allí se acerque la dosis de renuncia con la que poder seguir disfrutando de esta tómbola, no remite a un nihilismo estético, a un encomio mayor por estetizar nuestras vidas, a un intento de recreación estética de nuestra subjetividad. Y, habida cuenta que no queda ya mundo de la vida que no haya sido colonizado por una estetización, ¿no recae esta obra en mero gesto estetizante?
La obra es en sí misma eminentemente nietzscheana: el arte vehicula esa capacidad pragmática y performativa del lenguaje en relación a un mundo donde la única capacidad del lenguaje que se valora es la informativa. Es precisamente esa nueva capacidad lo que recrea en cada instante una subjetividad no ya circunscrita al imperio del sentido, la significación precisa y un yo estable, sino en tanto que efecto del discurso en su circulación pública, convirtiéndose así en una máscara constituida como epifenómeno del despliegue de la voluntad de poder.
En este sentido, el gesto íntimo, personal y responsable de cada individualidad de decir “no” resulta insustancial –incluso en la imposibilidad de alguno de ellos– en el caso de quedarse en este lado de la vida; pero en el caso de subsumirlo dentro de una lógica estética lo que se consigue es subrayar la impronta pragmática del lenguaje, haciendo de la producción de subjetividad un desplazamiento de significantes en relación a una voluntad de poder que se despliega, quedando así remitida toda identidad yoica a un acto estético. En definitiva, el arte queda comprendido como ejemplo de una radical retoricidad del lenguaje, donde se despliega la economía de la voluntad de poder como comunicación y ritual de la circulación colectiva de las intensidades.
              Y en cuanto que ejemplo en la retoricidad del lenguaje, en cuanto que desplazamiento de significantes, la obra remite a una alegorización, precisamente la de ese gesto íntimo y personal de negación y ruptura. En este sentido, si el arte es aún potencial disruptivo de algo lo es en tanto que ofrece un caudal alegorizador respecto a una lógica inmanente de los afectos que, de otra manera, quedaría invisibilizado por una economía de representación del signo-mercancía que es aún hegemónica. Es decir, el gesto de ruptura con lo que han sido nuestras vinculaciones solo es capaz de modular un desplazamiento en la construcción de nuestras subjetividades si se media una alegorización estética.
Pero en este punto la pregunta que emerge no sería muy diferente a la antes planteada: si esa alegorización estética aporta algún impulso disruptivo más allá del propio alegorizar un gesto de ruptura que se quedaría -¿y no es eso ya suficiente?- en el plano de lo político. Nuestra posición es que no logramos salir así tampoco del nihilismo estético. Si decía Benjamin que “las alegorías son en el reino del pensamiento lo que las ruinas en el reino de las cosas”, la conclusión no puede ser más devastadora: en tanto ruinas y fragmentos que somos, nuestro modo de autorepresentarnos solo puede ser alegórico. Pero, ¿bajo qué forma, con qué contenido? Como señalaba Lukács al descubrir las implicaciones que para la contemporaneidad tenía la teoría de la alegoría de Benjamin “la Nada es el objeto de la alegoría contemporánea”. Una nada que solo puede ir en paralelo con, en el decir de Adorno, “ese dominio de la individualidad que, a consecuencia de aquella libertad, se ha deshecho en una nada administrada”.
Total y resumiendo: somos una nada a alegorizar, una ruina camaleónica. En este sentido, esta performance remite a tensionar, hasta quien sabe si la ruptura, esa alegorización nihilista en la que nos construimos gozando de la sintomatología más acorde con nuestra fragmentación interna y externa.
Para acabar una cita, también de Adorno, que bien puede resultar el eje de este proyecto: “quien no es miembro de nada, se hace sospechoso: en la naturalización se pide expresamente que se mencionen las asociaciones a las que se pertenece”. Ser, literalmente, un bulto sospechoso: ¿cabe mayor y más efectiva escapatoria? El problema que vemos es que estamos atados de pies y manos para poder alumbrar esa sospecha sin estetizarla: vehicular esta sospecha de manera no estética es inviable pues, como hemos señalado, solo dentro del arte el gesto performativo tendrá la capacidad de crear un desplazamiento en la construcción disensual de nuestras subjetividades. Pero, de modo parejo, el arte ya no puede cargar con semejante responsabilidad pues apenas inicia el vuelo recae en ideología. Es decir, ¿es capaz de superar lo performativo del gesto la estetización absoluta en la que acampan nuestras vidas?, ¿no se le está pidiendo demasiado a un arte que tiene ya muy poca capacidad de recreación estética frente a los mundos de la mercancía y el fetichismo? Más aún: si ese gesto de borrarse del individuo es verdadero, ¿necesita del arte? Y si no es verdadero, ¿qué logra así el arte sino implementar un grado su poder de estetización?
La confusión estriba en última instancia en un exceso de idealismo, en cómo hemos señalado al principio simular una separación entre arte y vida que ya no es tal debido al proceso imparable de la estetización de los mundos de vida y a partir de ahí simular que se remonta la fractura.
La premisa aquella de Eagleton según la cual, y respecto a las alegorías, “nadie es ya engañado”, adquiere una relevancia capital. En un mudo falso toda inversión dialéctica es también falsa. Aunque la culpa no sea del todo nuestra, aunque hayamos sido engañados, por nuestro tío que nos hizo socio del Betis, por nuestros padres que nos bautizaron, por ese político de turno que parecía modular una idea antihegemónica que no tardó en desvelar su lado oscuro, no hay manera de pedir cuentas en el mundo de las apariencias administradas en el que estamos sumidos. Todo se mantiene, de una u otra forma, en un licuado estetizante para el que, por el momento, no existe fármaco.

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