miércoles, 2 de noviembre de 2016

TONY OURSLER: ROSTROS EN LA ARENA



TONY OURSLER: A*gR_3
GALERÍA MOISÉS PÉREZ DE ALBÉNIZ: 13/09/16-12/11/16

Sí, yo también tuve esa sensación un tanto lúgubre al ver la nueva exposición de Tony Oursler en la galería Moisés Pérez de Albéniz. Confieso que, visto lo visto, no sabía dónde meterme y lo único que se me ocurrió fue huir a la carrera. Más aún: visitándola el día de la inauguración, logre escabullirme sin dar mucho que hablar. Sin embargo, en esto como en todo, un esfuerzo discursivo, un pararse a pensar eludiendo los lugares comunes –y la constatación, una vez más, de que el arte opera vía inusitado despotismo de despedir con cajas destempladas a todo visitante–, logra que la exposición remonte siquiera mínimamente el rumbo.
A parte de otros pormenores, lo cierto es que el cambio operado en la obra del artista –esa siniestralidad “oursleriana” reconocible a distancia en cualquier exposición, bienal o evento artístico de índole global– resulta tan desconcertante como, bien pensado, necesario. Y es que la teoría aquella que cifraba al sujeto como proyección en la pantalla ideológica trasmutado en espectáculo ya no vale. Unas palabras de Boris Groys, –tan recientes como que pertenecen a la entrevista realizada por Laura Revuelta publica en el último ABC cultural–, dan buena cuenta de esta inversión: “hoy en día, todo el mundo está en el escenario (o al menos quiere subirse al escenario), y no hay nadie entre el público. De modo que el espectáculo a lo mejor tiene lugar, pero se mantiene invisible”. Así las cosas, la conclusión es que, aunque sepamos que no hay modo de escapar de una ideología que, insistimos, es todo lo que hay, son necesarias nuevas estrategias que refieran al menos a lógicas de adiestramiento con mayor capacidad de mostrarnos nuestras fracturas, nuestras zonas de encolado libidinal.
Es decir: referir al sujeto como imagen-espe(c)tacular es ya inservible para mostrar las tectónicas ideológicas que nos asolan porque, ni más ni menos, todo es espectáculo. Mostrarlo, tratar al menos de hacerlo, no es sino hacer de la propia estrategia estética un dispositivo ideológico de primera categoría. El “yo” ya no es –o al menos no solo ni en primer lugar– una imagen fantasmática, un síntoma proyectado en el escenario de un espectáculo al que tenemos acceso. Éste, el espectáculo, es ya indiscernible de nuestra propia realidad, por lo que tratar de ver la verdad de nuestro emplazamiento es ya y desde el principio puro espectáculo.  


El “yo”, ahora más que nunca, es una tecnología, una producción de un pensamiento hipertecnificado que no hace sino samplear modularmente registros recurrentes, modulaciones de hábitos y gestos, implementaciones de algoritmos con vistas a reconducir todo el montante libidinal en un par de ecuaciones conocidas por las grandes empresas y a las que nosotros, pobres víctimas que nos creemos el cuento, no dejamos de suministrar datos. Y esto –este “yo”– es lo que pensamos trata Oursler de mostrarnos enfatizando el hecho de que el “yo” actual es una recomposición aleatoria de fragmentos, una alegoría de su propia subjetividad y, en cuanto tal, una mera ruina.
De ahí que los rostros que nos muestra, unos rostros que levinasianamente son campo simbólico donde tropezarnos con un “tú”, no remiten a ninguna totalidad de sentido ni siquiera a una proyección que nos muestre –vía abyección, vía troquelado de los síntomas y neuras que nos asolan– quienes “realmente” somos, sino que sean un palimpsesto de recortes, una colección de fragmentos recosidos a una estructura a la que, solo de modo derivado, cabe cifrar de humana.
¿Posthumanismo entonces? Más bien todo lo contrario –y siento, felizmente, llevar la contraria a todos lo que caen una y otra vez en una utopía que nos dice que la orilla de la emancipación será alcanzada justo cuando el sujeto (aquel vetusto y ya desangelado sujeto decimonónico e ilustrado) se disuelva. Lo contrario, decimos, porque lo que nos muestran estas máscaras es que ese territorio feliz de orden cuasi huxleyano, donde la construcción artificial del yo a través de las modernas ingenierías del self producen una subjetividad satisfecha y amparada en una eficiente totalidad, no existe. Cada empalme, cada zona de intersección entre órganos, más que dar cuenta de lo eficiente de su encolado, muestra los estigmas del síntoma epocal: cada órgano no es ya un reflejo pauvloviano, ni siquiera una pauta cultural bien adquirida, sino la implementación más perfecta para canalizar satisfactoriamente el mayor quantum de goce posible. No hay más que ojos-máquinas implementados coercitivamente para simular verlo todo; no hay más que bocas troqueladas como nódulos libidinales listas para tragarse toda entelequia simulacionista. 


Estamos, ciertamente, en vías de ser otra cosa, una capacidad que viene dada por la sustitución de un régimen representacional de la imagen por otro más bien alegórico, donde la identidad de sentido quede constantemente suspendida, alterada en un desplazamiento disyuntivo y donde el propio significado de “ser” remita a una tensión irresoluble. Ahora bien: para conseguirlo no basta con desearlo. Hay que armarse de un valor que, a las pruebas me remito, no tenemos. De ahí que tonteemos continuamente con la idea de que la felicidad está en el siguiente like, en la inminente catástrofe que se nos promete desde el otro lado de la pantalla.
Quizá la hipertecnologización de nuestra subjetividad sea un paso para, como concluye Foucault Las palabras y las cosas, poder “apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena”. En este sentido, estos rostros de Oursler dan buena cuenta de que tal apuesta es un destino que no queremos asumir. En Así hablaba Zarastustra, Nietzsche profetiza nuestros síntomas más postmodernos; “jugaban cerca del mar, vino la ola y se llevó sus juguetes hasta el fondo. Helos aquí que se echan a llorar. Pero la misma ola debe traerles nuevos juguetes y esparcirá ante ellos nuevas conchas multicolores”. Estos rostros de Oursler nos dicen que nos encontramos en la orilla, llorando sin consuelo por un rostro que empieza a ser difuminado: nos hace falta el valor de lanzarnos al mar. Porque mientras sigamos así, felicitándonos por la elevación canónica de nuestras subjetividades como remiendos fragmentarios de una totalidad que ya ni siquiera somos capaces de imaginar, no haremos más que constatar nuestra querencia hacia este orden despótico en el que somos producidos en serie.
Concluyendo, haríamos bien en reconocernos en estas máscaras tecnológicas, fragmentadas y ruinosas que nos ofrece esta exposición e intuir que ese malestar ante la contemplación no es sino reflejo de esa carcoma que nos correo por dentro y que surge de una cobardía ante la llegada de una ola que, definitivamente, borre nuestros rostros en la arena.

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