TECNOLOGÍAS DE LO SUBLIME. PAISAJES A CONTRATIEMPO
GALERÍA CÁMARA OSCURA: 06/04/13-25/05/13
Si, como dejó dicho Brea, “la tecnología, definitivamente,
es el destino”, bien puede decirse que nuestro futuro está adocenado en la
alienación de una utopía cibernética que no abre ningún tiempo a esa esperanza
inmanente tan adorniana, sino que bascula hacia un tiempo-cero catatónico
sufragado por la única posibilidad que somos capaces de imaginar: la de la
catástrofe.
No obstante, como buenos benjaminianos
que somos, no nos dejamos derrotar tan fácilmente. Si Heidegger estuvo bien cerca –quizá sin darse cuenta– de la
revolucionaria ontología marxista de la mercancía cuando profetizó aquello de
que “allí donde habita el peligro, crece también la salvación”, nuestra misión,
la misión estética del arte, es hacer lo posible por desajustar esa lógica
reflexiva que hace coincidir el pensar con una tecnologizacíon precisa
–panóptica y policial- de la ideología. Es decir, salvarnos. Porque, también con
Brea, solo “cuando el pensamiento de relaciona con la técnica bajo ese
régimen de ‘insumisión’, su resultado se llama: arte”.
Y eso, precisamente, es lo que acontece
en la exposición que hasta el próximo día 25 de mayo puede verse en la Galería Cámara Oscura: insumisión y
arte, un intento más que brillante de revertir las condiciones homogéneas e hiperconsensuadas
de un régimen escópico perfeccionado en la tecnologización de sus redes de
adiestramiento. Frente a una tecnología que abnega la totalidad de lo real, los
trabajos propuestos en esta exposición dan cuenta de otros usos de la
tecnología más preocupados en revertir los espacios y los tiempos, en hallar un
campo donde presente y pasado se relacionen de modo tal que no sea la Historia
lo que salga a flote, sino ejercicios de memoria, de recordación, llamados a
reconfigurar el panorama ideologizado de lo ya-dado.
La exposición, de pequeño formato,
bien puede ser planteada como un ensayo para empresas mayores donde se dé buena
cuenta de lo arriba expuesto. En este caso, el objetivo es de mediana escala
pero sirve para dar buena cuenta de las potencialidades que guarda la estrategia:
el concepto romántico de sublime es reactualizado para servir de campo de
operaciones donde, al tiempo que es puesto entre paréntesis, propicie merced a
efectos asincrónicos y conflictivos una reconfiguración de lo presente.
El punto de partida, pensamos, es un
concepto de sublime que, a poco que se escarbe en él, se revela como concepto
ideológico con el cual subsumir el propio ejercicio autónomo del arte dentro de
unas coordenadas ilustradas orientadas a dos cosas: a trazar una frontera entre
el arte y el no-arte, y un encapsulamiento estético donde el paso de una razón –teórica–
a otra –práctica– pueda darse sin miedo a que el ‘sentido común’ kantiano nos salga
rana. Es decir, en palabras más imples, lo sublime sirve de techo desde el cual
operar un concepto de arte válido para un sujeto autónomo e ilustrado que
necesita de la construcción de un específico
estético.
Dicho concepto, quizá ejemplificado en
el paisaje romántico, en ese paseo burgués a la busca de lo interesante, es traído a nuestra época bajo las mismas
coordenadas absolutistas: lo sublime tecnológico, ese ejercicio de máxima
ideologización donde la realidad-toda es puesta al servicio de un progreso
racional, donde el futuro, si no puede ser siquiera imaginado en la catástrofe
que nos asola, sí puede al menos ser creado tecnológicamente.
Es así entonces, a partir de ese concepto
de sublime que atraviesa la historia reciente del arte moderno, cómo el equipo
comisarial opera una estrategia de demolición crítica basada en la confluencia
de diferentes regímenes tecnológicos de validación de lo real, en la subversión
de temporalidades y, en definitiva, en la alteración disensual de la memoria
merced a los efectos asincrónicos y conflictivos puestos en marcha.
Teniendo en cuenta que Miguel Á. Hernández Navarro forma parte
del equipo comisarial (junto con Isabel Durante y Ana G. Alarcón) no hay duda que las tesis sostenidas en su reciente libro
Materializar el pasado han tenido
mucho peso a la hora de dar forma al proyecto. Porque de lo que trata es de,
citando al propio autor, hacer aparecer “un tiempo múltiple, heterocrónico,
prepóstero y asíncrono” capaz de, en los saltos, discontinuidades y
anacronismos que provoca, “abrir las historias, materializar el pasado, traerlo
al presente (…) como una manera de cargar el tiempo de instantes oportunos para
cambiar las cosas”.
Para ello, como decimos, la estrategia
perfecta es el uso de esa misma tecnología sublime pero haciéndola confluir con
otra ya de segunda mano y obsoleta. Porque en el choque de sensibilidades y de
regímenes, el pasado se hace presente materializando así una memoria disruptiva
con una historia ya contada –política e ideológicamente– de antemano, al tiempo
que se producen colapsos en la programación tecnológica sostenida por el régimen
escópico actual.
Los tres artistas presentes dan cuenta
de una subversión en los códigos temporales propiciados por una utilización asincrónica
de la tecnología. Zoé T. Vizcaíno
trabaja ralentizando y deteniendo los flujos temporales haciendo así aparecer instantes
ocultos y alternativos, imágenes no-vistas por el consenso tecnológico. Sergio Porlán reutiliza pinturas del
siglo XIX para situar en ellas, mediante proyección, tecnologías del presente
haciendo por tanto confluir dos códigos de lo sublime diferentes –el paisaje
diocechesco y el panóptico- de modo que, en el diálogo conflictivo, la lógica
consensuada de lo visible quede desbaratada.
Por último, y quizá la pieza más
potente, Irene de Andrés da cuenta
de grabaciones utilizadas para vigilar las costas pero que, presentándolas en
otro tiempo y lugar, revierten en una heterocronía incapaz de dar cuenta de un
canon representacional concreto. El paisaje pintoresco de las costas rocosas es
desconectado del régimen representacional moderno mediante una encriptación –otra
manera de mirarlo– propiciada por el régimen panóptico de vigilancia. Sin
embargo, una mirada –la nuestra en este caso– adiestrada en ese nuevo sublime
tecnológico, en la vigilancia y a la espera del acontecimiento, queda
igualmente colapsado por una espera en la que, a ciencia cierta, nunca va a pasar nada.
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