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jueves, 29 de diciembre de 2016

LAS AURAS FRÍAS (JOSÉ LUIS BREA): VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS


Veinticinco años de Las auras frías. Y no, no sé si se trata de un libro capital, de una importancia que le haga merecedor de traerlo aquí a colación de semejante efeméride. Digo esto porque no quisiera incurrir en el recurrente hagiografismo que nos bombardea. Sin embargo, a veinticinco años vista…cuantas cosas han cambiado. Para bien. Subrayo: para bien. Y cuanto hizo ese ensayo por, si no abrir horizontes nuevos, sí al menos despejar algunos de la contaminación postmoderna que nos tenia presos de una serie de tics estéticos que, fácilmente, nos habría llevado hacia un recrudecimiento de las posiciones conservadoras y reaccionarias.
Porque quizá nuestra cobardía sea manifiesta, quizá nuestra impronta agorera y agonística –calificativos que el propio Brea utiliza para comenzar su reflexión– sea aún demasiado profunda como para dejarnos soñar con el ímpetu suficiente. En todo caso, somos –quizá no lo dejemos de ser nunca– los últimos hombres, supervivientes de una catástrofe mayúscula que ha dejado como ruina un solar desértico donde es imposible orientarse. Pero sin duda que un logro que se destila de las páginas de este ensayo es que mejor que simular una superación de nuestros síntomas es enfrentarnos cara a cara con nuestros fracasos: dejar que el arte habite en la frontera antinómica de su indecibilidad, que el arte surque y transite todas y cada una de las paradojas que cierto impulso postmoderno daba por superadas de manera torticera y fútil.
Y es que, hay que reconocer, la tesitura en la que estábamos encallados hace veinticinco años era digna de tenerse en cuenta. Por un lado la empresa de elevación de la transvanguardia, neoexpresionismo y nueva figuración a los primeros puestos de las estrategias artísticas de más altos rendimientos –traducido tanto en éxito comercial como de crítica. Por otro lado, lo panfletario de un cinismo epocal y de un pensamiento débil que veía en la pluralidad postmoderna la posibilidad última de un “todo-valismo” encaminado a erigirse como superación de las diferentes etapas del arte y, sobre todo, a limar la esfera de comunicación social hasta convertirla –de manos del reino de lo nuevo– en privilegiado ámbito de diálogo ideal, de validez universal e intemporal de la obra capaz de una recepción universalizada de la obra. El resultado, de seguir estas premisas, eran difíciles de desarbolar de un solo golpe: una democratización del arte en el sentido de continuar las “expectativas que definen en rigor el Proyecto moderno” y que “se han ido revelando irrealizables”.
Frente a esta situación, la labor de Brea consistió no ya en poner paños calientes sino en negar la mayor: de lo que se trata es de proponer para el arte “un destino más alto en su problematicidad”, un destino que, lejos de seguir anclado en un proyecto, el de la Modernidad, que ya ha dado demasiados signos de inviabilidad y de su naturaleza antitética, subraye el impulso paradójico que lo anima y poder así mantener “conjuntas aspiraciones difícilmente compatible, como la de asegurar la absoluta autonomía de la esfera sin renunciar a la vocación de compromiso con el proyecto civilizatorio de la organización social”. De seguir esta senda el arte remitiría a la certidumbre de que no hay otra opción que “habitar el delgado filo constituido por sus contradicciones programáticas. Y de que, en el curso del desarrollo progresivo del nuevo orden de su hiperinsitucionalización, éstas habrían de exacerbarse”
Para ello Brea expone que “el posmodernismo es un vanguardismo, que la conciencia posmoderna representa un refinamiento a la contradicción, el disenso, la diferencia, la fuga, la desviación, la violencia crítica”. Pero, ¿cómo puede ser esto si la empresa de limpieza y pulido del fracaso de la Modernidad nos ha dado a pensar la postmodernidad como la panacea del eclecticismo y de un cierto retorno al orden que, según los adalides de las neovanguardias, era lo que más convenía?
Para tal fin Brea rearticula la impronta vanguardista en las estrategias estéticas actuales y pone en limpio el diagnóstico Benjamin referente a la desauratización de la obra de arte: sólo con esos dos movimientos la concatenación de paradojas y antinomias que pueblan la supuesta autonomía estética da para bastante más que un simple desmontar todo el tinglado postmoderno en relación a los nuevos lenguajes figurativos y expresionistas, toda aquella maquinaria puesta en marcha por Achille Bonito Oliva, Rudi Fuchs y la Documenta 7, o Christos Joachimides y Norman Rosenthal con su Zeitgeist o New Spirit in Painting.

Schnable, adalid de la nueva figuración

En lo que refiere a las tesis de Benjamin referentes a la pérdida del aura, el pulsar generalizado en las prácticas artísticas es que lo importante, la novedad que traía la reproducción técnica, era, efectivamente, la pérdida del aura: un rasgo epocal a explotar y para el que una mala y simplona interpretación del gesto rupturista de Duchamp sirvió de detonante para entender que de lo que se trataba era de forzar la máquina para hacer del antagonismo copia/original germen de una supuesta crítica estética. Una vez perdida el aura, una vez perdida la función cultual de la obra de arte, el propio arte entraba en una nueva era donde la reproducción técnica hacía que los antaño valores de original y autoría quedasen totalmente eliminados. Esa senda fue sin duda transitada por aquellos que comprendieron que todo remitía a un problema de copias frente a originales, de desplazar unas fronteras, las del arte, que pese a todo era conveniente mantener como límite de un territorio al que poner por nombre “autonomía estética”.  
En este sentido, señalo –Brea no lo hace– la empanada mental y confusión de uno de los teóricos más importantes, Arthur Danto, que vio en la ineptitud de esta senda intransitable el rasgo que hacía de Warhol el filósofo contemporáneo más importante: cuando la institución-arte se desarrolla hasta el límite de hacer indiscernibles el ‘objeto de la vida’ con el ‘objeto del arte’ lo que se tiene no es una epifanía reveladora del momento del arte sino la cortedad de miras de una arte afanado en confundir un problema adyacente del arte –el de la copia y original, ya en danza desde el Clasicismo– con su núcleo antinómico fundamental .

Warhol, Danto y cierto confusionismo

Por el contrario, y como piedra angular desde la que elevar al arte a un destino más alto que aquel al que se le tenía enclaustrado, la tesis de Brea es que si bien hay que reconocer la capacidad analítica de Benjamin en descubrir el acontecimiento, el desplazamiento que supone la reproductibilidad mediática en el ámbito del arte, lo cierto es que no interpretó el sentido en toda su rotundidad. Es decir, su diagnóstico es claramente “impreciso, insuficiente”. Lo que ha sucedido no es una pérdida sino un enfriamiento del aura, una desintensificación que conlleva multitud de efectos encadenados en la esfera del arte.
No es que el aura sin más, y merced a esa eliminación de “una lejanía que se hace presente” que imprime la reproducción técnica, desaparezca: lo que sucede es que el aura se pliega al nuevo modo de distribución y exhibición de la obra de arte, se concita alrededor de la función secularizada que la técnica dota al objeto-arte en detrimento de su función cultual o religiosa. Es decir: si en el anterior régimen de producción artística teníamos un aura fuerte como receptáculo de una densa carga de memoria, con el régimen estético que inaugura la reproducción técnica el aura no se pierde sino que se enfría, pierde intensidad al quedar ahora referido no ya a la legitimidad ritual de la comunidad sino en el continuo desplazamiento desde el objeto hasta su representación en los media, en la absorción de su caudal estético por los canales de distribución y exhibición mediática, de manera que el objeto como tal, la obra de arte, viene a ser entonces el ostentador de todos los flujos transaccionales en los que su representación mediático forma parte. La consecuencia principal es que “el nuevo aura tiene su origen, precisamente, en el lugar en que Benjamin preveía la causa de su desaparición: la reproducción mecánica”.
A partir de aquí la red de puntos de fricción va creciendo sobre la base de dos pilares o polos que, operando dialécticamente, entablan el conjunto de paradojas desde donde el arte debe ser producido y pensado. Por una parte esta desintensificación conlleva, con la implementación del régimen mediático en régimen de reproducción de la realidad, una suerte de estetización difusa, una conquista de todos y cada uno de los ámbitos de los mundos de la vida por una industria cultural y mediática que, a años luz de la caracterizada por Adorno, no ya solo filtra o manipula la información que representa lo real, sino que lo real ha pasado a ser ahora enteramente producido y precedido por los mass-media. Por otra parte hay que señalar que esta estetización, comprendida sin duda como una colonización de la vida a manos del arte, es uno de los reclamos y puntos fuertes de la vanguardia –el “desbordamiento-rebasamiento del lugar del arte a favor de la inundación de los mundos de vida”– y que como tal debe ser mantenida por aquellas estrategias estéticas que quieran ser llamadas críticas. En este sentido, y en la seguridad de que “sin el trabajo de la vanguardia, el sistema del arte avanzaría calamitosamente hacia su muerte entrópica, hacia su enrarecimiento, hacia su muerte por tedio”, si hay algún impulso que las vanguardias hayan dejado en herencia a la práctica artística ese no es otro que la capacidad del arte para habitar en un terreno minado de antinomias y, con ello, “la lúcida asunción de la dificultad de resolverlas, de superarlas”.
Lo fundamental es que es solo recorriendo esta paradoja cómo el arte puede superar la afasia que supone su reconducción a la formalidad estilística del todo vale y a ese eclecticismo con el que equivocadamente se saludaba al postmodernismo. Si por una parte la legitimidad de la obra como arte no viene ya dada por su inserción cultual en el seno de la comunidad pero tampoco, dada la aceleración social y la vorágine de tensiones que el régimen mediático vehicula, es ya posible pensar un campo social consensuado de diálogo sin fin, un campo kantianamente formalizado donde el juicio del gusto se construya en confrontación directa con el objeto-arte, por otra parte –tal legitimidad del arte– queda a expensas de un régimen de reproducción mediática de la realidad que, al tiempo que pone la etiqueta de arte a algo, lo desontologiza, lo desmaterializa, lo colonializa para las tectónicas del capital administrado. 


Erigido sobre esta paradoja, alimentada por un lado por una desintensificación del aura y por otra por una expansión que toca tanto el núcleo central y deconstructor de las vanguardias –núcleo e impulso que hay que mantener ya que sin este cumplimiento del programa general de las vanguardias de borrado de una lógica de la representación mimética y de todo el entramado idealista de conceptos, “de ninguna manera tendríamos acceso a la experiencia de una relación no-aurática con la obra si no fuera por el legado irremisible de todo ese fiero trabajo de autonegación radial de la obra de arte”– como el proceso social de producción mediática de la realidad, de precesión simulada de la hiperrealidad (Baudrillard atraviesa de principio a fin este ensayo), concitando al arte a un proceso de progresiva desmaterialización –un devenir-in-material– de todos los intercambios y lazos de interacción que articulan su cohesión” y que, de hacer tabula rasa y eliminar todo impulso crítico, va de la mano con el diluido de realidad favorecido por el capital, el arte sufre una transformación radical hasta el punto “que tiene sentido hablar de una variación rotunda del modo de darse la experiencia artística contemporánea”.
Desde esta atalaya, no se trata de hacer de la muerte del arte idea regulativa epocal ni de tampoco dejarse llevar por los hervideros del ecleciticismo neovanguardista que ven la oportunidad para el surgimiento de un pluralismo donde, por fin, cabemos todos. De lo que se trata es de, insistimos pues este es el latir nuclear de la reflexión de Brea, asentarse en esta red de paradojas, empeñarse en problematizarlas, abogar por una “lúcida conciencia de las contradicciones que animan sus expectativas en tanto definidas bajo el signo de lo moderno, pero no necesariamente la decisión de renunciar a ellas sino el mantenerlas, en tanto expectativas, como reguladoras efectivas tanto más necesarias bajo el signo de la complejidad”.
Mucho más, sin duda, podría decirse. Pero basta para al menos ensayar una cartografía general. Y basta, sin duda también, para sabernos herederos directos de estas premisas. Porque, pensamos, es este ensayo incipiente de Brea –redactado en los años 89/90 y publicado en 1991– el que guarda, dentro de aquella su primera época dedicada en profundidad a la alegoría, más y mejores pistas para rastrear en el presente y el que toca puntos que atraviesan su reflexión y que vienen a desembocar, de manera todavía no asimilada del todo, en su obra cumbre, Las tres eras de la imagen.
            Entre ellas, como no, enumeramos:  
La elevación de la tarea y misión del arte por encima de la catástrofe que la asunción emancipatoria de la Modernidad pretendía hacer posible; fin del tiempo del cansino lamento por las exequias de un tiempo aparentemente mejor; inicio, algún día, de una senda abierta a la rotundidad de la diferencia. Si de hablar de arte toca, “nada de tolerar esa práctica inofensiva, sólo sostenida en la credulidad estadística que adormece al tejido social”. Y, como premisa única y fundacional, “o vanguardia, o liquidación fulminante de toda la mentira del arte”.
Fin también de toda secuenciación histórica y progresiva del arte, de toda operación de barrido y puesta en limpio de un escenario donde eclecticismo, todo-valismo y una pluralidad a-crítica operen con el descaro que han venido –y continúan– haciendo. Conciencia clara que el arte es un terreno minado de antinomias y que no se trata de superarlas sino de hacer noche en ellas. Y, ahí, esperar a la aurora.
Dar por cerrado el sueño de la autonomía: la transformación en el ámbito del arte provocada por el desplazamiento del aura a su efervescencia mediática genera una situación catastrófica para el propio arte: la “plena homologación del conocimiento estético al de cualquier otro orden del acontecimiento, en su administración mediática”, una homologación que, sin duda, da por cerrado cualquier intento del arte a aspirar a su plena autonomía.
Y, sobre todo, ser fiel a la profundidad del cambio epistémico que la reproducción mecánica y telemática han infringido a la (re)producción de la (hiper)realidad y a los desplazamientos que como tsunamis han asolado el terreno del arte mimético y representacional y que pueden ser validados en la premisa de que “el viejo aura cuyo desvanecimiento había augurado Walter Benjamin ya no preside, ciertamente, la experiencia estética”. Y eso porque la experiencia estética –y la legitimidad que de ella pudiera inferirse–, como comunicación que es, y al verificarse ésta a través de los mass media, no es una trasmisión de información de modo que su verificación pública pudiera estar simplemente afectada por los mass media; no es tampoco “una experiencia valorativa, la de la enunciación de un juicio de gusto” de modo que “la legitimidad de éste sólo podría asentarse en el encuentro directo, empírico, experiencial, con la fisicidad material del objeto, de la obra”. La experiencia estética –y esta es la fundamental tesis de este ensayo– se da en mediación con un aura que “va a ser ya sólo el sentido: un efecto de campo que se genera en la velocidad circulatoria, en la comunicación. A partir de ahora, sólo eso: y nunca más un efecto de creencia”; aura como “fría decisión seducida de participación ceremonial en el consenso mediático, eléctrico, que da nuevo signo a la experiencia estética”. En definitiva, es solo en la inmanencia mediática de una realidad desproduciéndose a velocidad infinita que la experiencia estética se da, desplazándose desde el objeto hasta su representación en los media de modo que el objeto como tal, la obra de arte, viene a ser entonces el ostentador de todos los flujos transaccionales en los que su representación mediática forma parte.
Pero, y esta podría decirse es la segunda tesis, esta legitimación secularizada de la obra de arte, referido ya solo a un juicio comunicable formulado en un régimen hipermediático en el que las cosas no son representadas sino que son montantes de información, bloques inmanentes de luz y energía, mero efecto itinerante de significancia y en el que el consenso es producido como efecto dromótico, debe crear ciertas disensiones en su seno, ciertas irrupciones de desplazamientos disruptivos; debe, de alguna manera, ser fiel a la herencia de las vanguardias pues, repetimos, “sin el trabajo de la vanguardia, el sistema del arte avanzaría calamitosamente hacia su muerte entrópica, hacia su enrarecimiento, hacia su muerte por tedio”.
Y estas consideraciones de hace veinticinco años, ¿a qué traerlas a la memoria? Nuestra época es ya otra pero sin duda que es común la formulación de estrategias artísticas que, desde la nueva sensibilidad que propone la generación cibernética de la realidad, vehiculan estrategias estipuladoras de consenso, formas “artísticas” que lo único que hacen es estetizar –y con ello depotenciar– toda carga de resistencia y crítica. Con la emergencia de las nuevas tecnologías, con el anudamiento de la red de paradojas que bombardean al arte y que se han exacerbado con la paulatino diluido de la realidad en efectos mediáticos de superficie, muchos hay que abogan –de nuevo y como a mediados de los años ochenta– por una pluralidad de estrategias ya que el potencial de significancia de la telerealidad “puede con todo”, por un barrido de toda toma de posición crítica y, sobre todo, por la vehiculazión de una nueva sensibilidad formateada y consensuada en el conjunto de displays que permite la tecnología. Como resultado, el arte pervive como forma privilegiada de formulación de consenso a escala global: la implementación mundial del régimen de producción y exhibición de –en la absoluta inmanencia de la visión– lo que es, de lo dado. Este es, sin duda, el punto nodal de la ideología estética: la limpieza que de formulaciones disruptivas lleva a cabo un entramado artístico que ya tiene muy poca fuerza tanto para sortear el reinado definitivo de su muerte como para aspirar a destinos más radicales, contentándose con servir como reclamo de al estetización difusa que el capital necesita para su hegemonía.  
Así las cosas, y trayendo al presente las reflexiones de Brea, basta ya de un arte melifluo, preocupado con chispeantes formulaciones telemáticas pero ahíto de capacidad verdaderamente crítica, basta ya de un arte paniaguado que toma la desmaterialización del objeto ya en su radical reconversión a dato informacional como oportunidad para jugar no ya a la indiscernibilidad de objetos sino a la cacatonia de una realidad absolutamente moldeable y reconstruible pero sin abogar por procurar disenso alguno, basta ya de un arte que se otorga para sí la capacidad excéntrica de quedar referido a algo más que a su pulsión mediática, basta ya de un arte que cree que la técnica está a su servicio cuando lo cierto es que es sólo su forma tecnificada la que puede ser insertada en la dinámica de flujos informacionales en que ha devenido el mundo, basta un arte aún con ínfulas de grandeza, un arte con la tarea de remontar escena alguna, de creer en proyecto alguno, de vislumbrar algún sendero utópico que recorrer. Basta ya de connivencia y complicidad.
Basta de creer en el arte. Basta de creer en la capacidad de superación de la técnica para este aparente momento epilogal el arte. Pero, claro está, dejar de hacerlo de esa forma en que lo hacemos –como apertura a una supuesta fase nueva que comprenda así –que continúe haciéndolo– el arte como progreso y continuidad; como contenedor con el que formatear formaciones discursivas enunciadas en la complejidad de la sociedad hipermedial– para atrevernos ya a ser nómadas en este desierto de lo real, para atrevernos a habitar en el cierre representacional, en la ubicuidad topológica, en la heterocronía temporal, para recrear políticamente la realidad a cada instante.

miércoles, 8 de octubre de 2014

¿EL CINE O LA VIDA? BOYHOOD O LA SINSORGADA DEL CINEASTA PANIAGUADO


Como el tiempo, nuestro tiempo, da para mucho, y visto la riada de palmaditas en la espalda y buenas sonrisas de condescendencia ante lo ímprobo y arriesgado de su proyecto, nos desmarcamos un poco de la monserga paniaguada que ve en cualquier guiño la señal indiscutible de la genialidad y preferimos referir la última película de Richard Linklater  como un ejercicio tan mastodóntico como inútil. ¿Qué por qué? Resumiendo muy mucho: la razón es que pensamos que tal ejercicio (ese de rodar la película en doce años) más que desvelar la gran capacidad del cineasta norteamericano remite a su indigencia a la hora de hacer valer todo los recursos del cine, sobre todo el principal: la capacidad de que la imagen, ciertas imágenes, atesoren no solo el tiempo de su presentabilidad sino el de su pasado y su futuro, el de su actualidad y su virtualidad.

                                            “No estoy muerto pues mi vida no ha desfilado ante mis ojos”
                                                                           Sauve qui peut (la vie) (Jean Luc Godard)

 

      Tiempo presente y tiempo pasado
      Están ambos quizá presentes en el tiempo futuro,
      Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado.
      Si todo tiempo es eternamente presente
      Todo tiempo es irredimible.
      Lo que podía haber sido es una abstracción
      Y permanece como posibilidad perpetua
      Sólo en un mundo de especulación.
      Lo que podía haber sido y lo que ha sido
      Apuntan a un fin, que es siempre presente.


Así empieza una de las obras cumbres de la poética del siglo XX, el primero de los Cuatro Cuartetos que T. S. Eliot escribiera entre 1936 y 1942. Su temática remite al gran tema, al único y gran tema: el paso, irremediable, del tiempo. Todo lo que somos, seremos y, sobre todo, aquello que no hemos llegado a ser. ¿Dónde van todos esos instantes proteicos, habitados por una potencialidad eufórica pero que, por una u otra razón, no germinaron? Es decir: ¿a dónde va el tiempo perdido?
Exorcizar lo fantasmático de estos no-acontecimientos, digerir el tiempo olvidado y, sobre todo, condensar y hacer presente ese otro tiempo que, esta vez, ha devenido actual: esa es la función del arte, de la filosofía y de la religión. Pero, sobre todo, del arte. Porque el arte trata de condensar tiempo en ciertas imágenes, imágenes que se salvarán de la quema del olvido y quedarán como tótems de una memoria comunal, heredada de generación y generación, de donde cada una de las civilizaciones logrará sacar (el) tiempo para abrir el futuro. Así las cosas bien puede decirse que lo que define a una civilización es la forma que tiene de experimentar el tiempo y de representarlo, de construir imágenes con la capacidad de atesorar tiempo sin que se pierda.
Y, siendo esto es así, lo nuestro, lo de nuestra civilización, no tiene nombre. Y es que lo nuestro, más que crear imágenes con una gran capacidad de atesorar tiempo, es experimentar la nada del tiempo: el instante, el puro instante. Así, nuestras imágenes han llegado a ser meros dispositivos donde el tiempo implosiona en un puro diferir de la diferencia, en un diluirse, en un vaciarse de tiempo para ser pura inmanencia sin profundidad alguna.
El aura, decía Benjamin, esa condensación de tiempo como lejanía que es el aparecer propio de la obra de arte es, precisamente, y en la época de la reproducibilidad técnica, lo que queda dañado. Así, nuestras imágenes son meros repetidores de instantes donde el tiempo, más que agarrarse a sus paredes, se deshilvana en una secuencia infinita de instantes donde ninguno es más preciado que el anterior. Es ahora que el poder de la mercancía-imagen refulge con el destello aurático capaz de traer para sí todo el caudal mnemotécnico del instante-ahora.

El actor protagonista ante el retablo de sus edades.

Hasta aquí, diría yo, una breve introducción para darle vueltas al asunto de la película que nos ocupa: Boyhood, momentos de una vida. Porque lo siguiente a lo que tendríamos que hacer referencia es al hecho de que, parejo a este diluir de la profundidad temporal atesorada en la obra de arte, la producción artística ha ido conquistando ámbitos e instancias cada vez más amplias hasta hacer del mundo un gran mundo-imagen, una vacuidad escópica donde, sin duda, la vida participa como la que más del festival que supone un tiempo siempre echado a perder, que toma asidero únicamente en la descompresión que media entre el fulgor de un instante y el siguiente.
Y es en esa confabulación del arte con la vida donde el cine ha emergido como la disciplina artística más capaz de representar la temporalidad propia de nuestra época. El cine, de divertimento de barraca de feria a dispositivo que logra la  presentación más directa del tiempo moderno: filmar lo que está antes y lo que esta después pero, sobre todo, lo que está entre, recosido a las costuras de cada instante, lo que se oculta para que la imagen tome presencia y se haga actual; el momento en el que el tiempo-instante se precipita y se hace cero.
Pero… el que sea el arte más capacitado para representar el tiempo no significa que lo consiga. Porque en la misma palabra “representar” está la trampa de todo el asunto. El cine participa de, como dice Rancière, una fábula contrariada: porque aun capacitado para dar cuenta de ese tiempo implosionado en la imagen actual, el cine no deja de referirse a su capacidad de contar historias, de presentar un tiempo como linealidad, como mero soporte para el acontecer de hechos. Siguiendo la separación de regímenes del filósofo francés, el cine goza de una doble pertenencia: al régimen representacional en cuanto reproductor mimético de historias, y al régimen estético en cuanto que en su presentar la imagen como tiempo es capaz de referir cada acontecimiento a su interioridad como anudamiento de varias temporalidades.

La vida es diferente a los libros, pero sobre todo al cine.

Así, el cine siempre escapa a su concepto, a sus posibilidades, de modo que el cine nunca es lo que pretende ser: una presentabilidad absoluta de la vida. El cine entonces se asienta en una paradoja que lo prescribe como “distancia”, como contradicción donde reposa el estatuto dialéctico de la imagen cinematográfica: el cine, –por una parte– entre la imagen como presencia sensible e inmediata, imponiéndose a sí misma, experiencia histórica y subjetiva, y el cine –por otra parte– como universo propio de representación narrativa. En definitiva: es solo traicionándose a sí mismo como existe el cine.
Y es también entre ambos polos que la historia del cine propone sus hitos fundacionales: del cine como sistema anti-representativo (Vertov) a una concepción representativa de la imagen (Hitchcock) y, de ahí, a su régimen estético (Godard). Y es en ese mismo intervalo, pero con un encomio mucho menos rutilante con el que Richard Linklater (Houston, 1960) ha realizado su obra definitiva, y dice que última: Boyhood (momentos de una vida).
La película no dejaría de ser una más de las miles que nos muestran la imposibilidad de apoderarnos de nuestras propias vidas (sensación más fácil de experimentar, como aquí sucede, en la adolescencia) si no fuese por el experimento sobre el que está filmada: y es que ese paso del tiempo sobre el que la vida de los protagonistas discurre no es un efecto trucado del cine que aparece en la pantalla merced al montaje sino que es un paso del tiempo “real”. Es decir: el tiempo, entre secuencia y secuencia, realmente pasó. El tiempo de rodaje entonces, para dar cuenta de un muchacho desde los 6 a los 18 años, fueron realmente los doce años que van de una edad a la otra.
La película está en la misma onda que la trilogía del mismo director formada por Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer, donde se nos presenta a una misma pareja pero en tres momentos diferentes de su relación. También se la ha relacionado con las películas de François Truffaut que giran en torno al personaje de Antoine Doinel. Pero, obviamente, y por mucho que se quiera engolar la supuesta proeza, y estableciendo los parámetros de la reflexión tal y como hemos hecho, este ejercicio de anti-ficción se nos antoja como totalmente inútil e innecesario. Y, por si fuera poco, por dos razones. 


La primera es que a través de esta estrategia el cine se descubre como igualmente incapaz de tomarle el pulso de tú a tú a la realidad. Porque el cine, aunque se nos quiera hacer pensar que sí, no registra de forma pasiva la vida. Así las cosas, la estrategia del director nos enseña algo que todo aficionado al cine sabe: que la vida no es –directamente- eso que pasa delante de la pantalla. Incluso el cinéma verité de Vertov está mediado por la pasividad absoluta del ojo-máquina.
La segunda razón es que las propias mecánicas del cine nos puede ofrecer este “paso del tiempo” sin merma alguna para su dignidad como artificio artístico. Si algo es el montaje es precisamente eso: la ficción de que el tiempo pasa según diferentes temporalidades. Es en este sentido que Tarkovsky habla de “la presión del tiempo en el plano”. Y es que para el genio ruso el tiempo era la materia prima con la que esculpir la historia, y ni por asomo se le ocurriría esta boutade de remitir el tiempo a su realidad extraestética.
Ambas razones remiten a un malentendido del propio Linklater: el querer indagar en el propio intervalo desde el que opera el cine y al que nos hemos referido como su constante traición. Y es que Linklater quiere hacer cine experimental cuando no hace sino narrar una historia lineal, y, por el contrario, quiere contarnos una historia haciéndonos permutar sobre un trompo cuasi filosófico. Es decir, si como dice Rancière, el cine “existe a través de un juego de intervalos e impropiedades”, el director amputa de raíz uno de los intervalos ficcionales desde lo que se modula lo paradójico del cine. Así, la coda final para esta película solo puede ser una: no hacía falta.
Aun así, el único punto de celebración para con esta película es que, basándose en esta confusión, el director intenta tomarle el pulso al ser propio del cine y no “malaprovechar” la ocasión para ofrecernos, como quien dice, una historia cualquiera. Es decir, el director sabe que su intento va en la dirección de mostrarnos qué es el cine, lo tiene claro y –quizá– lo logra aunque sea en su vertiente negativa. Es decir, el señor Linklater, aún en el ejercicio inútil que lleva a cabo, sabe que el experimento va en la dirección de desvelar los postulados del cine y no en quedarse en un mero adorno circense. Para que nos entendamos: no hacía falta, pero dado que el director remite el ejercicio al núcleo duro del arte del cine, algo se saca en limpio. 
Así las cosas, el experimento en cuestión va orientado a reflexionar cómo y de qué manera se asocian y se bifurcan el cine y la vida, la vida y el cine; cómo y de qué manera cada uno, al mismo tiempo, no llega a tocar al otro y, sin embargo, le sobrepasa. 

Deleuze a punto de traspasar el espejo...y el sentido

Porque si por una parte ya hemos dicho que el cine es siempre menos que la vida en el sentido de que, aún en la pasividad absoluta del ojo-máquina, todo está ya filtrado por la tecnología de un ojo que registra superficies y bloques de tiempos pero que es incapaz de ser permeable a las vibraciones propias de la vida (de ahí que necesite valerse de una trama narrativa para ser sacudido por una profundidad temporal), por otra parte el cine es siempre más que al vida. Y es que el cine, aunque se haga trampas con él, aunque se le adscriban posicionamientos inútiles, siempre muestra una única verdad: que, él sí, puede mostrar la imagen absoluta, la imagen-cristal de Deleuze, ahí donde lo actual y lo virtual son idénticos, ahí donde el instante-presente condensa la esponjosidad de todo el pasado y la incertidumbre de todo el futuro. El cine, y no la vida, sí puede presentar esa temporalidad-toda, esa promesa de omnipotencia, de poder volver a contar de otro modo todas las historias.
La clave para referir este desfase estaría en la penúltima y última escena. En la penúltima escena, la madre, después de todos los afanes de la vida, después de todas las idas y las venidas, se siente desesperar porque pensaba habría algo más: habría el instante en el que todos los pasados no se pierdan, donde todas las vidas no-vividas aparezcan en la superficie, donde todas las pérdidas fuesen restituidas. Ese instante, lo sabemos, no existe en la vida: la vida, sus acontecimientos, adolecen de faltarle esa mitad nunca actualizada. 
La última escena...o la imagen-cristal

Y justo después de esta escena, después de que nos dejen claro que la película trata de llegar justo ahí donde la vida fracasa, la última escena señala el lugar donde la verdad del cine aparece: no como captación directa –y verdadera– de la vida, sino como imagen donde actual y virtual converjan, el instante donde todo el pasado y todo el futuro de una vida intersecan. Esa imagen es, como ya hemos indicado, la imagen-cristal: la unidad indisoluble de una imagen actual y ‘su’ imagen virtual, la intersección del presente actual con su ya-no o su todavía-no, la virtualidad de su futuro pero, también, la de su pasado.
Es ahí por tanto, en la última escena, cuando el protagonista va con los nuevos compañeros al monte, después de haberse tomado una “pastillita”, que logra verlo todo: donde todos los recuerdos puros, hayan o no sido actualizados, acceden al mismo tiempo a la conciencia, ahí donde percepción y recuerdo es solo uno, ahí donde todos los momentos de su vida –los pasados y los futuros- se salvan y son guardados, en un instante que es idéntico al siguiente, y al siguiente, y al siguiente… 

Marienband o la memoria involuntaria

Es esa última escena muy parecida al final de Ciudadano Kane, cuando se desvela el secreto: rosebund; y es también lo que también sucede con todo el hotel de Marienband en El año pasado en Marienband. Ambos, el trineo y el hotel, son objetos que han atesorado y guardado todo el tiempo –pasado y futuro, actual y virtual- y que el cine, en ese esculpir en el tiempo en el que se basa, es capaz de hacer aparecer en toda su profunda temporalidad.
Todo entonces en la película de Linklater, sobre todo ese truco que se saca de la manga, va en la honda de subrayar esa última secuencia, de hacerla referir a una temporalidad absoluta. Y es ahí donde descansa su no saber que se trae entre manos. Porque es precisamente esa capacidad de la imagen lo que el cine, el buen cine, logra sin recursos extra de ningún tipo.
            El hombre, con tanto Después de…, veía que no lograba coger a la vida, que ésta se le escapaba siempre entre los dedos y que, si no hacer un documental, sí que podría estirar un poco más la semejanza del cine con la vida para tomarle mejor el pulso a ambos. El resultado es una película muy buena salvo donde se piensa que descansa toda su bondad.

sábado, 6 de julio de 2013

PENSAR LO INCREÍBLE, REPRESENTAR LO IMPOSIBLE

Reflexión estético-política con ocasión del estreno de la película ‘Hannah Arendt’


 
Se ha estrenado recientemente en los cines la última película de Margarethe von Trotta titulada Hannah Arendt. Aunque los medios generalistas, en esa jerga paniaguada y niveladora, hablan de biopic no lo es en absoluto. El interés de von Trotta no es diseccionar el perfil biográfico de Arendt como el de reactualizar una serie de problemas con los que aún –y lo que te rondaré morena- estamos intentando salir indemnes. Es más: la película no es un mojón más en la rica filmografía de la directora alemana sino que forma parte de una trilogía con la que ha intentado entrar a debatir la situación actual de una memoria que no está cómoda en ninguna parte. Así, este film cierra un trabajo sobre la memoria y la lucha contra el olvido que inició con una película en torno a Rosa Luxemburgo y que continuó en 2003 con Rosenstrasse, centrado en el único movimiento real de protesta que se vivió durante los años del nacionalsocialismo por parte de unos judíos refugiados en una fábrica del centro de Berlín


Para entrar en materia, quizá, unas palabras de la directora: “lo que hizo Hannah Arendt fue mirar atrás, hacia esa época oscura e intentar comprender. Fue una pensadora independiente, una filósofa muy abierta al mundo, curiosa con todo lo nuevo. Hay una frase de ella que siempre cito porque me parece muy destacable: ‘Hay que pensar sin apoyos, sin nada a lo que agarrarse’”. Veamos por tanto en qué consiste ese ‘pensar sin apoyos’ y que lección estética se puede sacer de todo esto.

I

Olvidar y recordar parecen que son en la actualidad los ejes dialécticos con los que la filosofía trata de enarbolar un discurso capaz de tomarle el pulso a una realidad donde todavía la herida dejada por los mitos elegíacos de la Modernidad –por mucho ‘post’ con el que tratemos de camuflar el asunto– es más que patentes. Porque si malo es seguir bailándole el agua a la capacidad de la razón ilustrada, peor si cabe es dar por bueno el solar ruinoso en el que nos encontramos y hacer tábula rasa con el pasado.


¿Cómo reactualizar el pasado para que sea comprendido no como ajuste de cuentas sino como emplazamiento para la emancipación?, ¿cómo dar cumplida cuenta de las injusticias cometidas al reguero de víctimas que construyen la historia sin por ello abrir el melón y tratar de dar cambiazo a la historia? Es decir: ¿cómo resarcir al olvido sin por ello instaurar otro régimen de posiciones, de vencedores y vencidos? Porque si de lo que se trata es de eso, de invertir las posiciones, poco o nada se consigue sino establecer las condiciones para que, esta vez sí, acontezca otra vez lo increíble.


Ese es el problema al que se enfrentó Arendt y que todavía hoy supone el aldabonazo de salida para muchos discursos filosóficos. Porque si hay una genealogía básica en la acontecer filosófico occidental, esa es la que parte del idealismo absoluto de Hegel –esa comprensión de la Historia como desvelamiento objetivo y necesario del Espíritu Absoluto– y que, tras la estela de Adorno y Benjamin, tratan de pensar “lo otro” de la historia. Lo otro, entonces, como lo innecesario, lo olvidado, lo vencido y excluido de un discurso que necesitaba hacer coincidir causa y fin, necesidad y libertad, para seguir avanzando en los momentos de síntesis hasta la autoconciencia definitiva.



Porque, no ya solo en ese “después de Auschwitz”, sino casi a cada paso que ha dado la historia: ¿de qué vale un desenvolvimiento definitivo, una autoconciencia creadora emancipada, si por el camino no ha habido otra cosa que dolor, injusticia y muerte? El Angelus Novus de Benjamin es esa dialéctica suspensiva que no trata de fundirse en momentos de síntesis alguno sino dejar el futuro abierto a cuantas reactualizaciones sean necesarias. “Ser profeta”, en lenguaje bíblico, no es adivinar el futuro, sino abrirlo a la posibilidad más increíble: la actualidad mesiánica de la historia, la restitución de todas las causas perdida.


Así, por tanto, un primer esclarecimiento: si Heidegger trata de pensar ese olvido de la razón metafísica, lo suyo no es sino un camuflaje de la propia razón para asentarse en otro nivel, en otra etapa donde se hace necesario pensar el olvido del olvido como contreréplica necesaria para elevar a la enésima la propia violencia del pensar metafísico. El quedar cifrada la postmodernidad en un trabajo de duelo respecto a ese olvido con el que no se sabe muy bien qué hacer evidencia el triunfo del pensamiento heideggeriano y hace patente que los esfuerzos por desanclar al pensamiento de su coraza de poder son ahora –si cabe desde Auschwitz– más que necesarios. La polémica que desató las tesis de Arendt no son sino la evidencia de que a todo pensar le cuesta desasirse de la fuerza del presente, de su puñetazo en la mesa con el que trata de hacerse oír.


En el núcleo de esta problemática colea una misma pregunta: ¿es posible superar la Modernidad? El que Arendt fuera discípula de Heidegger, más allá del folletín vodevilesco y de la obviedad de la paradoja, da que pensar: ¿no son los intentos de la pensadora un tratar con la propia enfermedad de forma valiente y nada melancólica, sin poner paños calientes y sabiendo que toda cura, toda reparación, no es sino elevar lo imposible a rango de posible repetición? Arendt piensa la Verwindung heideggeriana –la posibilidad de la superación de la Modernidad- sin el patetismo cínico de la convalecencia y sin hacer de la postmodernidad la sanación de una enfermedad intratable. Si hay algún dato que nos permita atisbar una salida a la postmodernidad es que Vattimo nos parece ya un cansino de tomo y lomo.


Si, como comenta Rancière, “la modernidad se volvió entonces algo así como un destino fatal fundado sobre un olvido fundamental”, lo que está más que claro a estas alturas del partido es que no había necesidad de hacer de tal dato un eje vertebrador para una época avergonzada de su propia impotencia. Pensar, por tanto, de otra manera, dejarse de sandeces de sanatorio y atreverse a ver en el desgarrón de la razón no la posibilidad para liquar todo calado filosófico sino, casi todo lo contrario, para atisbar la posibilidad –¿la última? – de pensar de una vez y por todas lo impensado, lo increíble, lo imposible.


Pero vayamos a la película. Su trama nuclear se centra en los acontecimientos que dieron forma a uno de los más polémicos libros de la pensadora judía: Eichmann en Jerusalén, cuyo subtítulo es Un informe sobre la banalidad del mal. La sucesión de hechos, siquiera conocida por todos, es la siguiente: los servicios secretos de Israel detienen a Eichmann en Buenos Aires. Extraditado a territorio judío, el estado israelí le juzga de crímenes contra la Humanidad condenándole a la pena de muerte. Pero, en esto como en todo, lo importante son los silencios que surgen en –y entre– la narración. Justicia y venganza, olvido y memoria, culpabilidad e inocencia, conciliar lo particular y lo universal; dar visibilidad a lo sucedido, luchar para que no se olvide, pero también ajusticiar al culpable, darle lo que se merece, su merecido, invertir las tornas –con el beneplácito del Derecho Penal– para restituir la pérdida. Hannah Arendt –presente en el juicio como corresponsal del New Yorker– se sitúa en el centro concéntrico para pensar las paradojas que, a poco que se escrute, marcan el proceso. Y la polémica, ahora como entonces, está servida.


Si Eichmann concita en torno a su persona todas las paradojas bárbaras de la Modernidad, lo que descubre Arendt es que ese mal endémico que asola a la humanidad no nace de una innata capacidad auspiciada por la reflexión sino, todo lo contrario, por una dejación de principios con visos a perpetuar la mitología moderna: burocratización, tecnologización,…; los totalitarismos como encarnación del poder de la razón moderna encaden al sujeto a una narración ideológica donde el pensar es un exceso no permitido, un dispositivo tecnológico más administrado por las redes del sistema. Es decir, en el penúltimo estadio de la razón moderna capitalista, la ideología no tiene que ver con la verdad o la falsedad sino con dispositivos tecnológicos de control social. Si en la fase “clásica” el desarrollo moderno la ideología estaba sostenida en relaciones a una comprensión “verdadera” del mundo, lo que sucedió fue una paulatina tecnologización de tales mecánicas de adiestramiento social. Es ese caldo de cultivo despersonalizado donde Arendt comprueba que la maldad se inmiscuye en los relaciones de producción merced a una despersonalización de los sujetos.



Es decir, y retomando lo anterior, no hay coartada posible y, en el límite, los antagonismos conviven en la eclosión del mal. Pensar –pensar metafísicamente– es atrincherarse en las cloacas de la violencia, es imponer la lógica de la causalidad eficiente hasta el límite tecnológico. Pero, en el otro polo, no hacerlo, no pensar, es consentir en desasirse de lo específicamente humano, es dar por buena siempre esas circunstancias fenomenológicas. ¿Qué hacer entonces? La pregunta entonces de la filosofía después de Auschwitz es cómo pensar la diferencia del propio pensar, la fractura del pensar en ese momento en el que o se desfonda o se aviene a la lógica maquínica de lo perverso.


Lo que descubre por tanto Arendt es que la historia que nos habían contado no cuadraba del todo. Enfrentado con el nazi, se constata que no es un asesino despiadado sino un hombre cualquiera que, si hubiera que destacarlo por algo, sería por su burocrática eficiencia. Esa es la cualidad principal que Arendt ve en todo aquel horror: su banalidad, su mediocridad que solo logra rango de excelencia maquínica al ponerse al servicio de una industrialización mecanizada del asesinato. Esto no quiere decir que no fuese culpable, que no hubiera que ser juzgado. En este sentido, la reflexión de Arendt intenta ser exclusivamente un «informe de los hechos» que solo trata de comprender, no de juzgar. La propia pensadora alega que «un tal alejamiento de la realidad e irreflexión en uno puedan generar más desgracias que todos los impulsos malvados intrínsecos del ser humano juntos, eso era de hecho la lección que se podía aprender en Jerusalén. Pero era una lección y no una explicación del fenómeno ni una teoría sobre él».


Pero es en ese escalón, en esa trabazón ideológica que hace del máximo culpable el inocente perfecto, donde el impulso filosófico de Arendt se las ve y se las desea con la intelligentsia del momento: ¿cómo puede ser que se destaque la solvencia burocrática para intentar comprender el Holocausto?, ¿cómo, incluso, en la mecanización del exterminio, Arendt señala incluso a la propia víctima, a los de su mismo pueblo, como piezas importantes al servicio del engranaje? Las palabras de la filósofa golpean todavía con la fuerza de lo increíble: “donde todos son culpables, nadie lo es. Las confesiones de una culpa colectiva son la mejor salvaguardia contra el descubrimiento de los culpables”, escribió en Sobre la violencia. Aún todavía en el verano de 2000, cuando se editó en Tel Aviv una traducción al hebreo de Eichmann en Jerusalén, volvió a encenderse la polémica.


Lo que significan las tesis de Arendt es que el Holocausto es un acontecimiento increíble, una novedad tan en el límite del propio pensamiento que circunscribirse a la dialéctica del delito/castigo no roza ni de lejos la profundidad de la catástrofe. Incluso, el querer apresar semejante magnicidio en la lógica causal de los acontecimientos no hace sino dejar, como ya hemos indicado más arriba, la puerta abierta para su repetición. Reinsertarlo en la lógica sintética de los acontecimientos, sellarlo repartiendo prebendas de culpabilidades e inocencias, no supone sino su reinserción en la economía de lo posible.


Para Arendt no se trataría por tanto de cerrar la puerta bajo la apariencia de la justicia reparada sino encontrar su nexo de unión con la realidad en la que aconteció para que, definitivamente, no vuelva a ocurrir. Y es que, dentro de su imposibilidad, rodeando el aura de terror que causó, Arendt descubre la simpleza de lo banal, la normalidad de lo corriente.


Frente al "mal radical" de ascendencia kantiana, Arendt descubre la “banalidd del mal” como el síntoma decadente de una conciencia que, presa de un juego ideológico fácil de llevar a cabo, hace dejación de principios justo en el momento que cree estar siendo más consecuente. No pensar, expurgar la dicotomía moral del bien y del mal, disociar la acción de la conciencia, insertar la praxis de lleno dentro de lo esperado, de lo que se nos dice es lícito esperar. Es decir: dentro de su imposibilidad, acontecimientos como el Holocausto no dejan de ser fácilmente pensables.


El riesgo que corrió de Arendt estuvo en atreverse a pensar el acontecimiento lejos de la retahíla de lugares comunes, de la victimización facilona y de la lógica causal cifrada en que a tal delito tal castigo. El mantener el recuerdo de lo sucedido solo puede lograrse, siguiendo las conclusiones de Arendt, dejando espacio a otro pensamiento, a una reflexión que se tope con la exclusiva diferencia radical de lo acontecido sin reinsertarlo en la lógica de las posibilidades. Es decir: decir lo imposible es la única salvaguarda para que el terror no se repita.


II


Es precisamente a este punto donde queríamos dirigir nuestras reflexiones. Porque, ¿cómo decir ese imposible?, ¿cómo hacer remitir la historia a su siniestro doblez sin por ello establecer especularmente una salida que no es más que la coartada que necesita el propio pensamiento para volver a acontecer? Sin duda alguna: desde el arte.


Porque el arte tiene para sí la misión de apuntar y señalar a ese emplazamiento imposible pero sin traspasarlo nunca, sin irrumpir en su facticidad. El arte, en esa distancia irresoluble, reinventa a cada momento un lugar dialéctico nunca sellado sino abierto a la posibilidad de lo por-venir. Es decir, el arte ejercita la memoria pero no para recodificarla e insertarla, sino para experimentar el desarraigo que posibilite a cada momento el tiempo-ahora mesiánico, disyuntivo y disensual de la espera.


Si para Hannah Arendt, las palabras y los pensamientos son impotentes frente a la banalidad del mal que todo esto representa, si para Benjamin la catástrofe es “que ‘esto’ siga sucediendo’”, el arte señala la indecibilidad, la posibilidad siempre-otra, la de la sociedad por venir comprendida como ámbito de testimonio y memoria, de responsabilidad y esperanza de modo de ninguna manera se deje solo a los vencidos.


No se trata ya más –no se debería de tratar- de revelar la esencia metafísico-aurática, ni de auspiciar un ámbito para la redención de corte schilleriano. Ese posicionamiento de intereses, al converger con el plan utópico de la Modernidad, no haría sino ahondar más en el descalabro, en la herida; no remitiría sino a posibilitar un olvido del olvido, cínico y postmoderno. De lo que se trata más bien es de remover las coordenadas de lo fáctico para no olvidar que, como dice Benjamin, “para los oprimidos el estado de excepción es permanente”. Es decir, auspiciar la posibilidad de la sociedad por-venir, aquella donde, si el otro no es acogido sí que hay al menos la posibilidad de un lenguaje para nombrar al otro más allá de la lógica de la reinserción consensuada.


Ahora bien, si Arendt se preguntaba por una razón otra capaz de comprender lo incomprensible, si realizó un salto al vacío para dinamitar los antagonismos de un pensar que bascula especularmente pero sin salirse nunca del círculo vicioso de violencia y venganza sobre el que se eleva, el arte realiza también él una torsión sobre su propio eje para dar cabida a esa futurabilidad de la ausencia como garantía de emancipación. Es decir, si el pensar transciende su propia fundamentación atreviéndose a no contentarse con parches anestésicos, el arte opera un cambio en sus coordenadas para que su noción fundamental de autonomía sea capaz, esta vez sí, de acoger toda otredad, de evadirse del círculo antagónico y sea más, mucho más, que el emplazamiento para una redención que siempre ha quedado presa de la violencia imperativa de la razón idealista.




¿Cómo realiza esto? Sin duda alguna que sería demasiado largo diseccionar las estrategias que el arte tiene para esto; pero sí, y de esto trata este pequeño texto, se puede poner sobre la mesa la perfecta ilación entre el pensar de una filosofía que trata de salirse del círculo viciado de lo fáctico que proporciona la toma de posiciones ilustrada, una reflexión política capaz de dar acogida al otro, y un arte comprendido –en su adjetivación como político o crítico- como algo más que un simple campo de pruebas, cómo un laboratorio donde ahondar en la (im)posibilidad de la utopía.


No es por otra razón, pensamos, el hecho innegable de una cada vez mayor importancia al vínculo genético entre memoria e historia, entre recuerdo y olvido; no es por otra razón el que también sea innegable la cada vez mayor atención que se presta a la problemática en torno a la representación que el Holocausto suscita. A este respecto, aún con el error de bulto que toda ecuación reduccionista conlleva, no es difícil coincidir –hablando de Arendt y el arte- en un mismo intento: el de escapar de las redes representacionales del pensar metafísico y esencialista sin por ello caer en la salvajada especular, en el olvido del olvido. Escapar a la presencia del presente, del acontecer de un ser que se autoimpone evidenciando una violencia y, con ello, un olvido; escapar a una tecnología del pensar que lo absolutiza todo en una conciencia que se sobra y se basta a sí misma para levantar muros de contención.


Política y estética se conjugan entonces en un mismo fin para abrirse al juego dialéctico de las diferencias, un juego sin síntesis posible donde lo universal no juegue siempre de cara al vencedor sino que oscile en nódulos de heterogeneidad y de diferencias alternativas. Es decir, no se trata solo de dar voz a los olvidados, no se trata de impartir una justicia “reparadora”, no se trata de representar lo acontecido: se trata de crear espacio para ejercicios de simbolización que generen espacios críticos y disensuales.


La pregunta a destruir, entonces, es la misma: ¿a quién acoger?, ¿qué representar? No se puede ya más “acoger al otro” mediante procesos ideológicos de identificación socio-políticos; no se puede ya más representar lo acaecido según el canon mimético de la reproducción de la historia. Básicamente: el problema estético de cómo representar el Holocausto es el mismo problema político de cómo acoger al otro. Representar sin apropiarnos de su tragedia, sin querer hacer de ello un asalto de la propia razón para enmascarar otro olvido del olvido con el que volver a poner los relojes de la barbarie a cero; acoger al otro no insertándole en la lógica de dar voz/quitar voz sino haciendo funcionar una identificación imposible en el núcleo de lo social, un –por ejemplo- “todos somos judíos alemanes” que irrumpa disruptiva y disensualmente en la toma de posiciones –de competencias, tiempos y espacios– respecto al espectro de lo social.


El emplazamiento de lo imposible de la sociedad por-venir, ahí donde media la distancia disyuntiva con el otro –un estar-juntos estando-separados como diría Rancière– tiene su precisa réplica en el emplazamiento también de lo imposible donde se rememora el Holocausto. Porque si no hay política del consenso que acoja al otro sin remitirle a regímenes de identificación y producción que nieguen su individualidad, tampoco hay régimen representacional para dar cabida a lo increíble de una historia para la que cualquier ficción –ficción representacional- se queda más que corta.


Si la pregunta política por el acogimiento del otro se puede rastrear, por ejemplo, en el ejercicio disensual de Rancière, en el antagonismo de Laclau, en el estado de excepción de Agamben o en el evento de Badiou, la pregunta estética –doble especular de aquella– podría hacerse en los siguientes términos: ¿cómo mediar en ese irrepresentable que supone el acontecimiento increíble de Auschwitz?, ¿qué distancia tomar respecto al acontecimiento imposible? Obviamente no sirve una medida representacional, un ejercicio de ficción que intente reproducir lo sucedido: si no hay imaginación capaz de imaginar lo sucedido no hay tampoco puesta en escena capaz de dar la talla, de situarse a la altura; y, si la hubiere, ésta no supondría ninguna dialéctica memoria/historia capaz de despertar el olvido.


Por contra, la teoría de los sublime de Lyotard tampoco vale. Para éste, la no-figuración del arte moderno remitiría entonces a lo sublime del horror de querer olvidar: como huella de la catástrofe, como testimonio del olvido de lo ha habido, como la inscripción de la huella de ese mismo irrepresentable. La ecuación que hace funcionar Lyotard es sencilla: la existencia de acontecimientos que exceden lo representable lleva pareja la necesidad de invocar a un arte que, al menos, testimonie de ese impensable. Ese nuevo arte de lo sublime sería entonces un relato del testigo, un arte no preocupado tanto en contar el acontecimiento como en testimoniar su ha habido.


Sin embargo, esta coincidencia entre un impensable en el corazón del acontecimiento y un Irrepresentable en el corazón del arte es interpretada en relación a la necesidad del espíritu –según el proyecto de dominio de sí del pensamiento occidental- de olvidar incluso el olvido para poder presentarse como dueño de sí. Así, el deber moderno del arte iría en la dirección de dejar constancia de ese impresentable de la razón que se postula como la voluntad de acabar con el testigo que siempre supone el Otro: si la razón descubre cómo uno de sus polos descansa en la figura del exterminio dedicada a suprimir de su seno toda alteridad, el arte sublime sería el encargado de testimoniar el querer borrar la huella de esa exterminación, de querer olvidar el olvido para así, poder continuar. No es por otra razón que Rancière considera que el pensamiento de Lyotard es una radicalización de la dialéctica de Adorno que “transforma la ‘imposibilidad’ del arte después de Auschwitz en un arte de lo impresentable”.


Queda, entonces, una tercera vía ejemplarizada en el inicio de la película Shoah de Claude Lanzmann. Allí Simon Srebnik, uno de los dos únicos supervivientes del campo de Chelmno, vuelve al lugar del acontecimiento para rememorar lo sucedido, para recordar en el sentido benjaminiano del término: recuerdo como recordación, como Eingedenken, como un acto de revivir lo recordado capaz de detener el tiempo y salvarlo del olvido de la historia.


El barrido de cámara sobre lo que fuera campo de exterminio confronta la palabra que testimonia con el silencio en el que parece sumido tal lugar. La palabra, el testimonio del testigo, se resuelve así incapaz de llenar todo ese silencio: es esa inadecuación, esa imposibilidad de llenar el silencio, lo que es y debe ser representado según una nueva lógica de la ficción que no se levante como un procedimiento que media entre las historias, sino como un modo de tocar lo increíble del acontecimiento de lo inhumano.


Y es que esa ‘imposibilidad de llenar con las palabras el lugar’ remite a una increencia: aunque quede un superviviente, aunque lo cuente, no se le creerá. Es decir, no hay ni habrá nunca lengua propia para decir el exterminio, no hay ni habrá palabra capaz de llenar lo imposible de lo inhumano, de llenar el acontecimiento del que ahora solo resta un infinito silencio. Lo real que se abre en la ficción es el emplazamiento de lo increíble: palabra e imagen, palabra y lugar, quedan ahora remitidos a una disyunción en el límite por la cual abren el acontecimiento a su carácter de increíble; es la mediación imposible del silencio lo que redunda en la vinculación disyuntiva capaz de tocar lo increíble de todo acontecimiento inhumano.


En definitiva, si, como dice Reyes Mate, “com-pasión es aceptar la pregunta que nos dirige el otro”, lo que está claro es que para dar respuesta a esta pregunta no hay medida alguna, ni en relación a acoger al otro, ni en relación a una lógica representacional digamos clásica. Lo que hay que ejercitar, por contra, es una desmedida como emplazamiento imposible, como topología de una heterología de tiempos y espacios. Sólo haciendo funcionar la medida de la des-medida, la medida siempre disyuntiva del disenso como emergencia siempre imposible de identificaciones, se hará pertinente que Auschwitz, pese a estar en nuestra memoria, no vuelva a suceder. Si hay un lugar donde política y estética se toquen es aquí, en la emergencia de un lugar donde decir lo imposible, donde lo social remita a un juego de desidentificaciones disensuales, donde lo ha-habido no se levante como representación ni como testimonio sino como palabra-silencio a la espera de su por-venir.


Quizá era imposible que Eichmann, en esa ascendencia de la palabra compasión, sufriera con nosotros. Pero lo que está claro es que prohibiendo y zanjando la respuesta, desesperando en la espera, no se logra nada. Eso fue lo que, en definitiva, trató de hacer Hannah Arendt: aclarar las condiciones por las que las pregunta debería seguir haciéndose, aunque no hubiese modo de responderla o, como poco, de traducirla. Solo manteniendo la pregunta abierta a la esperanza se está en condiciones de no desesperar, de recordar lo increíble para, precisamente, no vuelva a suceder.